El Cirineo

El Cirineo: Lecciones de integridad

A veces el devenir de los acontecimientos induce a pensar que vivimos en una realidad paralela que nada tiene que ver con la verdad aunque este sea un concepto cada vez más difuso. Desde luego es evidente que rara vez se es plenamente consciente de que todas las decisiones que se toman en la vida tienen consecuencias, para bien o para mal. Pero así es. Luego aparece el factor diferencial del ego, de la soberbia e incluso la prepotencia. Todo ello sumado configura en ocasiones un cóctel que puede llegar a convertirse en una auténtica bomba de relojería.

Las últimas semanas están siendo sumamente intensas alrededor de nuestra pequeña parcela de universo cofrade y les mentiría si dijera que alcanzo a comprender determinadas reacciones, fundamentalmente porque no le otorgo a la voz que levantamos en un sentido u otro más importancia que la que creo humildemente que tiene. Cada día se vierten a la red cientos de miles de opiniones, muchas de ellas sin filtro alguno, que generalmente no tienen consecuencias y desde luego no generan una oleada intensa de reacciones en contra.
Sucede que cuando alguien intenta hacer algo diferente es inevitable provocar adhesiones inquebrantables y detractores recalcitrantes, esto es evidente y ha de ser asumido por cualquiera que quiera jugar a este juego. Sin embargo este curso natural se convierte en artificial cuando el hipotético maremágnum de reacciones en cadena tiene su origen, en mi opinión, en una entrevista realizada a un tercero cuyas respuestas no han gustado a alguien y no en un artículo concreto que se utiliza como excusa barata y que si se analiza con objetividad y distancia únicamente es susceptible de ser tachado de emplear un tono probablemente mejorable. Porque más allá del tono, que podrá considerarse irrespetuoso o sencillamente bañado en humor negro (aunque fuera negro como si no hubiese un mañana) la mayor parte del texto, que ni pretendo justificar ni del que intento convencer a nadie, no solamente no es reprochable, sino que ni siquiera puede ser catalogado de opinión sino de hechos objetivos. Que el cortejo de la Hermandad Universitaria termina casi antes de comenzar no es una opinión, es un hecho. Que las túnicas de los nazarenos de la Paz “abarcan toda la escala cromática”, al menos la que va desde el blanco hasta el hueso, llegando a alcanzar tonos cercanos al beig en algún que otro cubrerrostro y que la semejanza entre algunas de ellas es pura coincidencia tampoco es opinión es otro hecho, y yo como nazareno de la Paz lo compruebo desde muy cerca. A algunos cofrades les parece que decir estas cosas es un crimen contra nuestra Semana Santa y que atentan contra nuestra convivencia. Pues el cortejo de la Universitaria es ridículamente corto y decirlo es perfectamente compatible con pensar que la imagen de Miñarro es magnífica y por descontado no debería ofender a nadie. Y el de la Paz necesita con urgencia túnicas nuevas, y esto lo ve (sólo hay que mirar) Agamenón y su porquero, aunque ambos fuesen de Almería. Por cierto, aprovecho para confirmar que quien escribe «desde el gallinero» no nació en Córdoba, pero entiendo que eso no le inhabilita para opinar sobre Córdoba, ¿verdad?
No se exactamente si lo que pretenden algunos es que se oculte o directamente que se niegue la evidencia. Y no me salten ahora con el asunto del tono, porque ya he dicho que ahí puedo coincidir con ciertas respuestas, pero no me verán avanzar ni un centímetro más allá. Lo más llamativo es que si repasásemos las respuestas airadas de algunos de los que se han dedicado a regalar a la humanidad lecciones de integridad envueltos en la bandera del respeto, encontraríamos una secuencia de improperios, insultos o amenazas (y no solamente judiciales ni únicamente destinados a quien suscribía el texto sino a varios integrantes de nuestro equipo) que avergonzarían a cualquiera. Capataces, contraguías, vestidores, músicos, periodistas aficionados (tan aficionados como nosotros, la única diferencia es nosotros lo sabemos), fotógrafos o sencillamente «amigos de», algunos de los cuales están acostumbrados a decir lo que piensan sin coto, en la red o en las barras, y que ahora se indignan de una manera asombrosa, sin repasar sus propias respuestas, presentes o pasadas, o las de los suyos y aquí, todos tenemos memoria. Alguno nos ha llamado sinvergüenzas porque no hemos informado de un concierto de su banda, fíjense el nivel que hemos alcanzado, por supuesto sin haber enviado información alguna, cosa que sí sucede con bandas y hermandades de los cuatro puntos cardinales de Andalucía. Aún así no es menos cierto que como contrapeso, están los «montones» de Me Gusta y de felicitaciones que nos llegan todos los días. Sea como fuere, los artículos que en GdP incluyen alguna crítica más o menos directa hacia lo que sea, representan un pequeño porcentaje de la gran cantidad de artículos publicados y desafío a quien quiera a que demuestre lo contrario. De estos otros se olvidan casi siempre nuestros detractores; sin embargo asumimos que la cosa está así montada y que esto es lo que hay.
Dijo alguien hace ahora una semana que GdP está condenada a la desaparición. Bueno, yo se lo confirmo, desaparecerá algún día, como el resto de la humanidad, pero desde luego no será a consecuencia de una campaña de acoso y derribo orquestada por nadie aunque se sumen a ella todos aquellos que tienen cuentas pendientes y aprovechen que el Pisuerga pasa por Valladolid para sacar la vara o la escopeta. Dejará de existir cuando los que creamos este invento así lo decidamos, y ni un segundo antes, no se cansen ni atacando ni intentando dividirnos, porque ya les digo que no obtendrán fruto alguno. Lo dijo Antonio Varo en la magnífica entrevista (tanto por el entrevistado como por el entrevistador) publicada el pasado lunes, GdP es una página “muy radical y un tanto agresiva en su línea de los últimos tiempos y algunas cosas no me gustan, aunque otras veces dice cosas que yo pienso pero no me atrevo a decir”. Algunos llaman a esta forma de ser “Sálvame” pretendiendo ofender sin ser conscientes de la gracia que nos provoca la denominación, hasta el punto de que así se llama el grupo de Whatsapp de nuestro equipo redacción. De modo que no se cansen, gracias, con absoluta sinceridad, a los que de buena fe nos han dado su opinión en contra sobre el artículo del incendio o sobre cualquier otro, y al resto, a los que dan lecciones de integridad por “el tono de un artículo” y en su infinita incoherencia lo hacen insultando o amenazando a diestra y siniestra, no se aburran, es tan sencillo como buscar en otra parte, dejar de seguir o directamente bloquear. Dejen el masoquismo para otras facetas que ya es la vida suficientemente dura como para empeñarnos en leer aquello que detestamos. Les garantizo que sonreirán más y jamás tendrán la tentación de no pisar el freno del coche en un paso de cebra.  
Guillermo Rodríguez

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