El Cirineo

El Cirineo: Parásitos

“Los parásitos son seres vivos que viven temporal o periódicamente a expensas de otro, nutriéndose de él, pero sin matarle”. Esta es una de las múltiples definiciones que podemos encontrar, a poco que rasquemos, de este concepto que, a cualquiera que en sus años juveniles haya cursado asignaturas relacionadas con la biología, ha llamado poderosamente la atención. Por un lado por la morbosa curiosidad que despierta el hecho de constatar que existen seres que gozan de la capacidad genética de vivir a costa de los demás, sin necesidad de dar un palo al agua, prácticamente ni de moverse (el gran sueño español, triunfar sin trabajar), simplemente con el don natural de saber estar donde toca y cuando toca y tener una amplias tragaderas, al mismo tiempo que desarrollar sus cualidades innatas sin dejarse arrastrar en ningún caso por el más mínimo escrúpulo o remordimiento para nutrirse y crecer.

Seguramente algunos estarán pensando, “ya está el chalado este del Cirineo hablando de cosas raras, ¿pero esta no es una página cofrade? Lo de la Mezquita y los colgados del Corán pase, pero hablarnos de bichos ya es lo que nos faltaba…” Calma, calma, que no cunda el pánico. Párense un instante a pensar y llegarán a la misma conclusión que yo. Si tuviésemos que destacar un ser vivo que se desarrolla con una facilidad pasmosa por el organismo cofrade, sin lugar a dudas es el parásito.
Los parásitos cofrades son seres que carecen de talento conocido, más allá de saber ponerse de rodillas en el momento oportuno y tragar lo que haga falta con tal de tener una silla en una Junta de Gobierno o en sus alrededores o un carguillo cualquiera que dé un mínimo lustre a su gris “lucha cotidiana”. Pueden surgir y desarrollarse prácticamente en todos los ámbitos cofrades. Alrededor de un martillo, por ejemplo, generalmente aferrados a un zanco como si la vida les fuera en ello, soñando tocar de cuando en cuando el martillo para alguna chicotá prescindible por alguna calle prescindible. A veces estos especímenes intentan convertirse en guía vital o espiritual de la nada, arengando a los cuatro niñatos que se dejan manipular por cualquier figura con “autoridad moral suficiente” que les sirva de referencia, que existen bajo casi todos los pasos de nuestras cofradías (de esta otra subespecie hablaremos en otra ocasión), en la creencia de convertirse en caudillos de grupitos de presión o francotiradores en la red si es menester y que lo que hacen realmente es ocultar de este modo su incapacidad manifiesta para ser auténticos líderes de nadie con un mínimo de materia gris. En ocasiones, estos individuos alcanzan su cota máxima de crecimiento y desarrollo en esta área ocupando el puesto de “segundo de”. Esto suele ocurrir, aunque no siempre, cuando el capataz carece de la categoría suficiente y la seguridad precisa como para no acojonarse por tener cerca a alguien que sepa de qué va el cuento. Cuando esto sucede se produce el “síndrome del mal capataz” que consiste en rodearse de inútiles por miedo a que le hagan sombra. Es entonces cuando se genera el caldo de cultivo propicio para que los parásitos se multipliquen a su alrededor. El riesgo entonces no es para el capataz, sino para la cuadrilla, que sufrirá física y mentalmente las consecuencias en cada chicotá en que tengan la mala suerte de que el parásito de turno perpetre una levantá.
Los parásitos, no obstante, se materializan en otros ámbitos del universo cofrade. Por ejemplo alrededor de la priostía. Es frecuente que las hermandades acudan a personas con especial sensibilidad (sin dobles intenciones) para ocupar el cargo de prioste y desarrollar el talento que poseen, en ocasiones mucho, en otras reducido y muchas veces ninguno. Este es otro de los círculos en los que un parásito con la experiencia suficiente puede vivir del cuento durante años. El procedimiento suele consistir en dorar convenientemente la píldora al titular del puesto, sobrepasando el límite de lo soportable para estómagos normales, y al mismo tiempo ir abonando ocasionalmente el terreno para que, llegado el caso, puedan algún día ocupar el puesto principal. Esto último raramente ocurre, porque cualquier dirigente con un mínimo de inteligencia, es consciente de que estos seres no tienen capacidad alguna para desarrollar la labor deseada y que su única cualidad estriba en “hacer la pelota” a los que corresponda a la cara, sin menoscabo de ejercer de sastre despiadado en las cavernas, y si hay que apuñalar espaldas, se apuñalan sin rubor alguno. El resultado de su labor suele derivar en la destitución del titular, bien porque no tolera que nadie cuestione su divinidad y las maniobras han llegado a sus oídos, bien porque la labor del parásito que ha querido crecer más allá de sus posibilidades (es el único caso en que el parásito termina por matar a su fuente de nutrición) ha logrado que los que deciden, prescindan de quien “ha cometido tantos errores”.
Podríamos seguir poniendo ejemplos casi hasta el infinito. En realidad, el caldo de cultivo para esta subespecie, puede darse en cualquier área de las que existen en una cofradía o sus alrededores, en torno al diputado mayor de gobierno, del tesorero, del secretario o del propio hermano mayor, especialmente este último una fuente inagotable de alimentación. También suelen desarrollarse con frecuencia en las bandas, en las cercanías de los directores o incensando a los compositores.
La aparición de los parásitos se potencia indiscutiblemente con el ego de dirigentes de nivel alto o medio, necesitados de juglares que loen sus hazañas. Y la forma de liberarse de ellos pasa necesariamente por la extirpación del problema, no solamente del parásito, sino también del ser vivo del que se alimenta y beneficia. El daño al organismo global no lo provoca únicamente el que se alimenta de podredumbre sino también del que lo causa, no sólo del que se nutre de la carroña sino también de los que van dejando muertos por el camino.
Lo saben bien en el cole, una buena loción es excelente para acabar con los piojos, pero si el problema está muy arraigado, si es algo estructural, habrá que pagarlo con el cabello, llegado el caso, no queda otra.
Guillermo Rodríguez

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