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El Cirineo

El Cirineo: ¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?

A lo largo de los siglos, el ser
humano ha desarrollado paulatinamente la tendencia de enmascarar bajo
artificios del lenguaje lo que dice cuando por algún motivo no desea que su
pensamiento sea conocido de manera transparente por el común de los mortales.
Ciertamente la riqueza del vocabulario permite la utilización de la técnica del
eufemismo para evitar las denominadas palabras tabú y ocultar bajo un velo de
palabrería biensonante el auténtico significado de lo que se pregona a los
cuatro vientos. Un ejemplo cercano física y temporalmente lo podemos encontrar en la alcaldesa de Córdoba que cuando dice «tras la restauración del cuadro de San Rafael estará a disposición de todos los cordobeses para que puedan disfrutar de él» lo que realmente quiere decir es haré lo que sea necesario para sacar a San Rafael del Ayuntamiento tal y como pregoné en cuanto tomé posesión de mi cargo.

Esta técnica encuentra su
depuración hasta el extremo de lo lacerante entre la clase política que tenemos
la mala suerte de padecer, y dentro de la multiplicidad de ejemplos que
podríamos emplear para atestiguarlo, están los numerosos casos en los que
cierta tendencia esconde tras determinadas expresiones la verdadera esencia de
su mensaje.
Por ejemplificar nuevamente, cuando en
determinados foros se abandera la causa palestina, justificando el uso de la
violencia en forma de terrorismo porque presuntamente el estado opresor no
ofrece alternativa para su defensa, el viciado lenguaje oculta un antisionismo,
un antisemitismo evidente, que algunos identifican con la extrema derecha y que
en cambio es moneda común en el otro extremo de la cuerda. Y esta perversión
del vocabulario alcanza sus cotas más elevadas de cinismo cuando tras
palabrería barata no ya se manipula el lenguaje para que parezca que se dice lo
que no se dice, sino que directamente se miente. Buena muestra de ello son las últimas
declaraciones de esa especie de mafioso disfrazado de justiciero de película de
Charles Bronson llamado Varoufakis. Cuando este individuo, que admite haber
grabado sus reuniones confidenciales con las autoridades de la Unión (que no
son entes abstractos de poderosos, “manque” le pese al señor cuyo apellido
significa curiosamente bolsa para guardar dinero, sino personas elegidas en
procesos democráticos y que representan a todos los europeos que hemos pagado
el sueldo y los desmanes de este exministro hasta que alguien lo puso de
patitas en la calle), pregona en una entrevista que “la primavera griega ha
sido aplastada no por tanques sino por los bancos” no enmascara con palabras
grandilocuentes un mensaje que prefiere transmitir oculto bajo un manto de
eufemismo, sino que directamente miente. Lo que trasciende de su mensaje es que
la sociedad actual se debate entre dos bandos, el pueblo, entendido como esa
entidad absolutamente honorable que lucha por sus derechos y la justicia social
y que es profundamente solidario con sus semejantes (nada que ver con ese
vecino que todos tenemos que paga o cobra facturas en B y al que le importa un
pito el bien común o mira para otro lado cuando escucha cómo le pegan a un niño a una maltratada), y los poderosos, los dueños del dinero, la casta (¿les
suena?) que viven a nuestra costa y quieren someter al ciudadano ahogando sus
naturales exigencias de libertad.
Varoufakis miente, al igual que
todos estos charlatanes que venimos padeciendo en España desde el tristemente
famoso 14 M, que se han materializado en toda una fuerza política de odiadores
profesionales del status quo que tanto esfuerzo ha costado alcanzar a varias
generaciones de este país y que con sus ventajas y sus miserias y defectos han
posibilitado que en España, y por extensión en toda Europa, gocemos de un progreso
desconocido en cualquier otra época histórica y desde luego inexistente en
todos esos países desde los que llegan oleadas de personas desesperadas por
habitar este universo gobernado por oligarcas que nos oprimen, o esos otros
donde la escasez provoca colas interminables en los supermercados y que a
algunos de estos charlatanes les parece el paraíso.
De existir dos bandos, uno
estaría formado por los que no pagan lo que deben y el otro por todos los
demás, los que sufrimos mes a mes para pagar nuestra hipoteca mientras papá estado nos detrae una parte del salario, ese que tanto esfuerzo nos cuesta ganar, para
entre otras cosas prestarle una millonada a esa Grecia “aplastada por los
bancos” y pagarle el sueldo a estos predicadores baratos, que nos mienten a
sabiendas de que nos están mintiendo.
Y lo más grave no es que engañen
al pueblo, sino que obtienen réditos políticos a costa de la desesperación de
muchos, de momento en forma de sillones en parlamentos autonómicos y
ayuntamientos y en breve entre los diputados. Por si ello fuera poco han
empujado a otras opciones políticas, asustadas por haber sido adelantadas por
la hipotética izquierda, a lanzarse al abismo de la charlatanería más
repugnante, esa que en mi pueblo se llama mentir como bellacos, de tal suerte
(o mala suerte) que a día de hoy tenemos desplegada por toda la geografía
nacional (cuando digo nacional incluyo a Cataluña) a una auténtica pléyade de
vendeburras que han adquirido poder local con argumentos como acabar “con los
niños que se mueren de hambre en las calles de Madrid”, pasarse “la ley por el
forro” (esa que aplico selectivamente en función de mi santa voluntad) para que
los okupas no terminen donde merecen (como poco fuera de edificios públicos, es
decir NUESTROS, de todos los ciudadanos, y en su caso puestos a disposición de
la justicia) o el cotizadísimo “el pueblo debe acabar con los corruptos” para
al día siguiente regalar puestos en la administración a personajillos cuyos
mayores logros han consistido en insultar a aquellos núcleos de población que
no son de su agrado (católicos, judíos o simplemente de cualquier opción
política diferente a la suya), formar parte del mismo “movimiento social” o ser
familia carnal o política del embustero de turno.
Resulta fundamental concretar que
cuando todos estos cuentacuentos utilizan la palabra pueblo, no se refieren a
todo el pueblo, sino exclusivamente a esa parte del mismo que opina como ellos,
a aquél sector de población que considera de su cuerda, de su club, y el resto…
el resto es el enemigo, que hay que deslegitimar, atacar, vilipendiar y en su
caso eliminar. Y entre aquellos que son el enemigo, que nadie lo dude a estas
alturas, está la Iglesia, que tampoco es un ente abstracto de individuos con
sotana sino que se compone de todos los católicos, incluidos los que integran las
cofradías, que representan un fenómeno asociativo, que en primer lugar identifican
con esa España rancia que pretenden borrar del mapa y de la historia, como si
nunca hubiese existido, al igual que está haciendo el Estado Islámico
eliminando aquellos vestigios de la historia que no cuadra con su concepción
única de la realidad y que supone un movimiento que no dominan y que entienden
que difícilmente podrán controlar. Los antidemócratas, que es lo que realmente
son, no utilizan sus cartas para vencer legítimamente en el contrapeso de
poderes, de tal modo que puedan materializar su pensamiento, sino que intentan
minar al contrario hasta hacerlo desaparecer. En buena lid, un movimiento que
fue ejemplo de democracia y jamás se plegó ante el poder ni siquiera en tiempos
del dictador ferrolano es imposible que sea dominado fácilmente.
Por eso somos objetivo de su
furia, por la identificación con un sector político que unos y otros han hecho
durante años, desde la más profunda ignorancia de la realidad de las
hermandades y la profunda heterogeneidad de sus integrantes y por representar un
amplio sector de la población que si es descabezada y despojada de elementos
aglutinadores, como el sentimiento de pertenencia a un grupo, será más sencillo
de doblegar, someter y en su caso de anular.
Cuando todos estos charlatanes
anticlericales esgrimen el argumento de convertir en laica una sociedad que ya
lo es y defienden que los cargos públicos no deben asistir a eventos
religiosos, haciendo dejación de parte de sus funciones en el ejercicio de su
responsabilidad, jamás quieren decir religiosos, sino católicos, porque basta
con repasar las hemerotecas de estas últimas semanas para demostrar científicamente
que no tienen empacho alguno en acudir a eventos religiosos organizados por
otras confesiones.
Cargos electos de Izquierda Unida
y del partido del tipo de la coleta, entre otros pertenecientes al mismo
espectro, han acudido, sin esconderse en ningún momento, a actos organizados
por comunidades musulmanas, lo cual no supondría ninguna objeción salvo por el
pequeño detalle de haber defendido hasta la saciedad, y seguir haciéndolo, que los
cargos públicos no deben acudir a eventos religiosos en defensa de su
concepción peculiar de estado laicista (que no laico). Llegados a este punto,
caben diversas interpretaciones, la primera de ellas implica que no consideren
el Islam como una religión, la segunda que desconozcan el significado del
término religión y que nadie les haya enseñado a distinguirlo de cristianismo o
catolicismo, la tercera es que hayan abrazado la fe musulmana y por tanto acudan
a celebrar actos como el fin de Ramadán en el ejercicio de su libertad individual
y no como cargos públicos, y la cuarta es que cuando dicen “no acudir a eventos
religiosos”, mientan y realmente lo que quieran decir es que los cargos públicos
pueden acudir a actos religiosos de cualquier confesión excepto la católica.
Juzguen ustedes mismos, cuál de las opciones les parece la correcta. Yo, desde
luego, tengo mi visión subjetiva y particular, nos toman por imbéciles, en el
convencimiento de que no nos damos cuenta. La sorpresa que se van a llevar
cuando descubran lo contrario será mayúscula, supongo.

Desconozco cuál es el motivo de
que militar en un partido político y acceder a un cargo público provoque este generalizado
trastorno del lenguaje, del mismo modo que desconozco si tiene cura. Si alguien
conoce antídoto, por favor que sea tan amable de facilitarlo a nuestra clase
gobernante (es un decir) para que sean capaces de una puñetera vez de llamar al
pan pan y al vino vino y a la persecución al catolicismo y a las cofradías,
pues eso, persecución al catolicismo y a las cofradías, sin subterfugios,
eufemismos y medias verdades. Porque por mucho que les cueste entenderlo, el
pueblo no es gilipollas y termina dándose cuenta del timo, que no quepa duda a
nadie.
Guillermo Rodríguez

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