Córdoba, El Cirineo

El Cirineo: Querida Isabel


Querida Isabel:
Permíteme la licencia de tutearte. Se que tú, adalid de la igualdad más igualitaria entre sexos, razas, religiones y clases, gustarás de este modo de hablarnos a pesar de que no nos conozcamos todavía de nada. 

He de reconocerte que este fin de semana de lluvia inmisericorde para algunos, a pesar de la fartita que siempre hase para otros, me has sorprendido. No porque te hayas tragado aquél discurso que nos brindaste en tu primera fase de glorioso mandato, facilón, progre y maniqueo de izquierdas vs. derechas, buenos vs. malos, demócratas vs. fascistas… en el que las primeras opciones son siempre la misma cosa y en el que todoloquehuelaaincienso está encajado, se quiera o no se quiera en la segunda parte del binomio junto con los pederastas y los que sacaban bajo palio al dictador que ni tú ni yo sufrimos nunca gracias a Dios y a la Constitución, porque éramos muy niños cuando vivía sus últimos días. Y no porque hayas claudicado de esa obsesión enfermiza de que sea imposible verte cerca de un incensario o un cirio y que venías pregonando desde aquella noche de tapeo en María Auxiliadora, porque eso y ser un buen alcalde son conceptos indiscutiblemente antagónicos, sino por algunos de tus impagables gestos.
No seré yo quien critique que acudieses a San Andrés a ver a la Virgen, después de haberte exigido que estuvieras donde te correspondía en función de tu responsabilidad. Si, he dicho exigido, porque eso es lo que debemos hacer los ciudadanos con los cargos públicos que nos ha tocado sufrir, exigir que hagan lo que deben cuando deben, y tu sitio, como máxima representante de la ciudad de San Rafael, no el del cuadro, sino el Custodio, el auténtico, el que no se puede esconder con la excusa de una oportuna restauración y reside en el espíritu del pueblo, el que es cristiano y el que no, estaba el sábado junto a la Esperanza, que también lo es de cristianos y agnósticos, que buscan en su esencia esa fuerza necesaria para seguir caminando en su lucha cotidiana, más allá de sus creencias íntimas o públicas. 
Porque si realmente quieres ser la persona que se erija en representante de un pueblo que casi no te conoce y desde luego no te ha votado mayoritariamente, tienes que ser consciente, pregunta a Rosa, de que en su espíritu más profundo está enraizada de manera inevitable esa religiosidad popular de la que un dirigente que pretende ser mayoritario jamás puede renegar, le guste o no. Esa religiosidad que tanto odio despierta en algunos de tus socios firmantes, los oficiales que se dedican a hacer posturitas indignadas en redes sociales redactando 140 caracteres con la mano izquierda, mientras se aferran con la derecha a la silla de Capitulares que ya perdieron en San Telmo por jugar a ser los más chulos del barrio, y los extraoficiales que se pasean en bici por la Corredera sin más programa ni objetivo que el de quienes se esconden cobardemente bajo unas siglas que los que no formamos parte de ellas jamás deberíamos enunciar en primera persona sino en tercera y que llevan décadas pululando en las alcantarillas intentando minar inútilmente aquello con lo no podrán acabar jamás.
Me sorprendiste, Isabel, porque mirando tu expresión no parecías en modo alguno estar pasando un mal rato, ni haciendo gestos de cara a la galería. Sí, ya se que muchos habrán dicho que como buena política debes saber estar en cualquier sitio y actuar convenientemente, lo que viene siendo engañar a los que te rodean, poniendo sonrisas cuando lo que te apetecería era otra cosa, ¿qué se yo?, estar en un campeonato de dómino o cualquier otro evento cultural de similares características. Yo creo sinceramente, Isabel, que si hubieses estado haciendo brindis al sol, no cara al sol, no me malinterpretes, hubieses entregado la medalla, dejado que tus amigos de Cordópolis te dejasen guapa en tres o cuatro fotos (ya ves que nuestra Eva también lo logra), y a correr. Pero no, tú te quedaste en San Andrés, compartiendo la espiritualidad y el dolor del momento, y en un instante que se me antojó sublime, tocaste el llamador para que la Reina de la Esperanza fuese elevada al cielo por el pueblo de Córdoba representado en esa gloriosa fracción de segundo por la primera de los cordobeses y las cordobesas. Y tú Isabel, con esa expresión que recordaba a Saulo levantándose tras caer del caballo, le mostraste al pueblo soberano, que al contrario de lo que algunos predican, las cofradías no tienen signo político y que la religiosidad popular va mucho más allá de puertas que se abren o no y de mafiosos discursos de inmatriculaciones o expropiaciones. 
Tú sabes bien, Isabel, que quien ladra desde la cercanía del sillón contiguo, el mismo con el que pactaste estar donde estuviste, como le garantizó al hombre de la vara dorada que te presentaron el sábado, sólo lo hará hasta alcanzar el límite que separa contentar a su cada vez más reducido pesebre de votos y no perder la última cuota de poder que volverá a tener en mucho tiempo, y por eso protestará, pero poco… Como sabes que a los otros, los que se esconden detrás de los que compartieron tapitas contigo y tus chicos, los que no les dejaron entrar tras firmar, sólo les mueve el odio enfermizo por lo sagrado y en realidad no les importa la vara de mando, sino imponer a los demás su pensamiento único anti todo, que tú, como buena demócrata que respeta el mandato del pueblo, jamás asumirá como propio por antidemocrático, radikal, antisistema y totalitario.
No te preocupes si ahora te atizan desde todos los ángulos, es normal, acabas de derribar el muro que tú misma comenzaste a construir, y eso no es fácil de comprender por el común de los mortales. Persevera en el camino emprendido y triunfarás en el logro de tus objetivos. Deja que vocifere el que te acompaña y cree que gobierna y lo único que está haciendo es conducir a los suyos a un sumidero sin retorno, soporta estoicamente las embestidas de los feligreses de Coleta Morada con vergüenza torera (con perdón) y saca a pasear al de la cera en el suelo y la tasa cofrade de cuando en cuando, con mucha mano izquierda, para contentar a los más anticlericales de los tuyos, y después agarra el extintor y ¡a trabajar!, dando una de cal y otra de arena, como buena socia-lista… y lo habrás conseguido, habrás ocupado ese centro que como bien saben en la ciudad de más abajo del Guadalquivir (los de los ERE, ya sabes) es donde se encuentran las victorias. Y no escuches a los que te digan que todo esto no es más que una artimaña inteligentemente orquestada por tí y los tuyos que consiste en dejar que los que te rodean griten y griten, y salir después del burladero tú para ocupar los medios, el centro del ruedo (otra vez con perdón) apaciguando al respetable y logrando el triunfo de la moderación, apagando los fuegos que tus subalternos encienden, o tú misma o tu mozo de espadas si se tercia, total con pedir perdón luego… Yo se bien que no es una estrategia, sino que tú eres así, honesta, sincera y cercana…
Por eso Isabel, te doy las gracias y la enhorabuena, por darnos a todos una lección de democracia con mayúsculas, altura de miras y grandeza política… gracias por ser la alcaldesa que los cordobeses nos merecemos…
Siempre tuyo…
Guillermo Rodríguez «El Cirineo»
(no confundir con el usurpador de morado)

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