El Cirineo

El Cirineo: Tiempo de crisis

Se pongan como se pongan empiezan a vislumbrarse señales de peligro. La cosa va por ciclos, como siempre ha sido, y a los que tenemos cierta edad y vivimos la exasperante escasez de público y participantes de finales de los setenta que mutó en el gran boom de las cofradías de los ochenta y noventa, seguro que nos extraña menos que a las generaciones más jóvenes, pero las vacas flacas han venido para quedarse. Llámenme profeta del apocalipsis, pero la crisis está a punto de llegar… o tal vez sea mucho peor, y ya esté entre nosotros.

Sólo así se explica lo que estamos viendo en los últimos años en cofradías que en otro tiempo fueron prototipo y ejemplo del universo cofrade cordobés. Se agotan las fechas y hermandades como la Estrella o Expiración se ven abocadas a la desolación de una triste junta gestora, una situación absolutamente inimaginable en una hermandad como la de S. Pablo que siempre fue puntera, incluso revolucionaria, en el movimiento capillita de nuestra ciudad y que ahora ve con desesperación, lamentablemente de muy pocos por lo que parece, como nadie quiere hacerse cargo de la cofradía. Mientras tanto, en otro extremo de la ciudad, a expensas de la irrupción de un salvador de última hora que esté esperando el momento oportuno calculando segundos, la hermandad que durante décadas fue ejemplo de vitalidad y buena salud, la que fue envidia sana de muchos e insana de otros, apura los plazos sin que nadie parezca dar un paso al frente.
Podríamos filosofar pormenorizadamente repartiendo sesudas culpas a diestra y siniestra, entre los que están, los que estuvieron y los que quieren estar sin tener los arrestos suficientes para estar de verdad, de frente, pero que llevan toda la vida poniendo palos en las ruedas como el perro del hortelano. Discurrir sobre el porcentaje de responsabilidad que se puede otorgar a cuadrillas con demasiado poder para decidir y poca capacidad de sacrificio o preparación para encabezar un proyecto, o a sensu contrario, de la escasa vida interna que se deriva de no haber trabajado la creación de cuadrillas realmente propias, o echarle la culpa a las bandas, al exceso de hermandades, a su concentración geográfica o a lo que se quiera, pero la cuestión es que el asunto no es sencillo de analizar, porque precisamente estamos hablando de dos modelos antagónicos, una hermandad con cuadrillas potentes frente a otra que sistemáticamente ha huido de ese modelo para no difuminar los contrapesos del poder interno.
Y los dos modelos parecen haber entrado en una crisis de muy difícil solución, probablemente porque no estamos ante una crisis de modelos sino de toda nuestra Semana Santa. Es perfectamente factible que este sea el gravísimo problema que nos vamos a encontrar en gran parte de las cofradías cordobesas en los próximos años, ya lo dice el refrán “cuando las barbas de tu vecino veas pelar…”. Puede que suene demagógico y muy lejano teniendo en cuenta los últimos procesos electorales, convertidos en remedos de batallas campales, que hemos sufrido en el último año, pero hay muchas señales que invitan a pensar que lo que está a punto de suceder en estas dos hermandades se va a reproducir en muchas otras. En nuestras cofradías se está matando la gallina de los huevos de oro desde hace muchos años, quemando a generaciones enteras de cofrades (o potenciales cofrades) y echando a la gente de las casas de hermandad, porque la auténtica riqueza de las hermandades, que nadie se engañe, no está en una caja más o menos llena de billetes de cruz de mayo o un patrimonio relativamente importante, sino en los recursos humanos de los que se dispone para vivir. Las luchas internas han alcanzado un nivel de podredumbre tal que los perdedores que inevitablemente trufan las cunetas (valga la metáfora) se marchan a sus hogares con tal grado de hastío que no regresan jamás. Porque en lugar de trabajar unos juntos a otros, muchos se han preocupado más en destruir al contrario, al que piensa distinto, convirtiéndolo en enemigo, que en trabajar unidos por un bien común enriqueciéndose de la sabiduría de los demás. Porque se ha conseguido que muchos hermanos no estén cómodos en unas casas de hermandad que han terminado por ser cualquier cosa menos una casa de hermandad. 

Y a resultas de estas batallas sin vencedores y preñadas de vencidos, nuestras cofradías han entrado en barrena… con una parte de ellas expulsada para siempre del paraíso, otra parte sentando cátedra desde las tabernas y cafeterías (o páginas web, asumamos la parte alícuota que nos corresponde) y unos pocos recogiendo el testigo en hermandades moribundas… hasta que el cansancio les obliga a decidir entre la hermandad y su salud, física o familiar… y al final del proceso, cofradías asfixiadas y sin futuro, abocadas a una junta gestora o a algo mucho peor. Tengan todos en cuenta que los estatutos de nuestras hermandades tienen un capítulo que hablan de su disolución. ¿Agorero? ¿Exagerado? Sigan creyendo si lo desean que es imposible que suceda que una hermandad se quede en casa al llegar Semana Santa o directamente que dejen de existir, y párense a pensar qué habrían respondido si alguien hace diez años les hubiese dicho que nadie quiere coger la vara dorada en una hermandad como las que originan esta humilde reflexión.

Pues la broma, la broma macabra… ya se ha hecho realidad.
Guillermo Rodríguez


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