El Cirineo

El Cirineo: Todos en el mismo barco

«El Papa pide a los obispos del sur que cuiden a las hermandades«. Ese era el titular de muchas páginas cofrades hace apenas una semana. Un titular que asépticamente podría antojarse gratificante, optimista, clarificador de los nuevos tiempos que corren por el Vaticano y por extensión de los innovadores vientos que empiezan a soplar con fuerza entre la clase sacerdotal. Sin embargo, tras ese primer instante de apreciación positiva, no he podido dejar de cuestionarme, ¿por qué es preciso que el Sumo Pontífice solicite a sus ministros que «cuiden y acompañen a las hermandades»?. ¿No debería ser esta una consigna innecesaria?, ¿No tendría que estar absolutamente asumido por el clero que las hermandades forman parte de esa «piedad popular andaluza» que está profundamente arraigada en nuestra manera de sentir la religión?. ¿Es posible que a estas alturas sea noticia que el Papa haga estas declaraciones en presencia de Monseñor Asenjo y Monseñor Martínez, arzobispos respectivamente de Sevilla y Granada?. Y si damos un pasito más allá, ¿no resulta incluso chocante que tenga venir Francisco I a decir lo que en buena lógica debería estar perfectamente enraizado en la relación entre las hermandades y quienes han de guiarlas espiritualmente?.

Si analizamos la realidad, llegamos a la triste conclusión de que la comunicación dista mucho, muchísimo, de ser fluida y de que la convivencia no es, con carácter general, precisamente idílica. A lo largo de los siglos han sido múltiples los encontronazos entre la jerarquía eclesiástica y las cofradías. Pero no es preciso retrotraernos siglos atrás. En los últimos cien años, podemos encontrar muchos desencuentros que o bien han sido acallados por el correr de los tiempos o por el silencio de algunos y la inacción de muchos. Algunos de ellos curiosamente gozan, por derivación, de actualidad cofrade en los últimos tiempos.
Cinco décadas ha tardado Nuestra Señora de las Angustias en regresar a S. Agustín y leyendo parte de lo mucho que se ha escrito en los últimos días, parecería que el motivo de que la Señora se marchase de su casa fuese otro. Sin embargo, no hay que profundizar en legajos antiguos ni en documentos ocultos para conocer la realidad. La hermandad decidió solicitar a Palacio el cambio de Sede Canónica por un grave desencuentro con quien entonces era superior de la comunidad dominica de S. Agustín. Las actas de la propia hermandad así lo atestiguan y se hace clara referencia a ello en su propia web, no es ningún secreto. No fue por el mal estado del templo como se ha escrito en algún medio de comunicación ni hubo razones sociales que hicieran que la corporación decidiera irse a un templo del centro en lugar de permanecer en uno de barrio como se ha leído en algún absurdo e ignorante comentario, impregnado de toda la intención política del mundo, que ha jalonado algunas de las recientes noticias que se han hecho eco del acontecimiento.
Con total seguridad, lo que provocó la marcha de la Señora se alimentó de la culpa de ambas partes, pero lo que es incuestionable es que, tal y como las mencionadas actas recogen, el traslado al templo de la calle Capitulares empezó a fraguarse en 1960 a raíz de unas obras que el superior se empecinó en ejecutar de una forma determinada, sí o sí, como diría el encarcelado Del Nido, que implicaban entre otras cosas, que «el trono permaneciera todo el año fuera de la Iglesia y que se montase en el exterior del Templo ese año el paso de la Señora se montó en el huerto para realizar la salida procesional, resguardado de la intemperie bajo un andamiaje entoldado, imaginen las consecuencias en caso de fuertes lluvias, tan frecuentes en las últimos años), el tapiado de la puerta que comunicaba el templo con el huerto lo que impedía la salida del paso a la calle para la procesión, la demolición de las habitaciones de la hermandad y el reparto de los enseres en «lugares no aptos para su perfecta conservación». Esta es la verdad, lejos de «cuidar a la hermandad» y demostrando una miopía infinita y un desprecio absoluto por la devoción del barrio y de todo un pueblo, se propició el éxodo del maravilloso grupo escultórico que tallara Juan de Mesa.
La realidad es que encontramos con mayor frecuencia de la deseada este tipo de actitudes en buena parte de las parroquias de nuestra ciudad. Por ignorancia o por desprecio, han sido numerosos los agravios sufridos por algunas hermandades. Pasos que tienen que montarse y desmontarse a la carrera y salir precipitadamente la misma madrugada inmediatamente posterior a la Estación de Penitencia porque «molestan» en templos, prácticamente vacíos salvo cuando se llenan de nazarenos, párrocos que impiden la formación de hermandades en sus parroquias haciendo oídos sordos a la solicitud de parte de su feligresía, como si la Casa de Dios fuera suya y no de todos, hermandades a las que se les niega el pan y la sal a la hora de montar sus cultos, consiliarios que llevan el título porque no les queda más remedio pero que jamás han hecho absolutamente nada por cultivar el alma de su rebaño cofrade, hermandades apercibidas y a las que se les muestra la puerta de la calle cuando «no se pliegan como deberían», un diezmo impuesto que terminarán pagando únicamente las hermandades de la capital, algunas de las cuales ya hacen malabares para sobrevivir, mientras desde la provincia ni siquiera se envían las cuentas para su aprobación sin que ocurra nada, dirigentes eclesiásticos poniéndose de perfil ante solicitudes de intervención y amparo, golpes de estado en los entes que nos representan orquestados desde arriba, muy arriba -en lo jerárquico y curiosamente en la redacción de este artículo-, poniendo a dedo a dirigentes ante el silencio cobarde y cómplice de casi todos… Y no es algo exclusivo de nuestra ciudad, pregunten por ejemplo a nuestros vecinos de más abajo del Guadalquivir, por la “inestimable colaboración” con las corporaciones de su feligresía de los que a lo largo de las décadas han ostentado el mando en la trianera S. Jacinto o los motivos por los que alguna hermandad abandonó S. Román para no tener que seguir poniendo la otra mejilla.
Resulta llamativo que muchos de los que se han venido rasgando las vestiduras en los últimos meses porque la Universitaria no se incorporase al Martes Santo de 2014, no dijeran absolutamente nada y guardasen un vergonzante silencio cuando fueron literalmente expulsados de San Pedro de Alcántara junto con la Hermandad del Rocío de Córdoba para entregarle la gestión del templo al movimiento neocatecumenal (kikos), un grupo mal llamado secta por muchos cristianos, que goza de un poder evidente entre parte de la jerarquía eclesiástica. La Agrupación de Cofradías calló, las hermandades callaron y la prensa “cofrade” calló… todos culpables por omisión de la afrenta, porque fue eso, una afrenta soportada con humildad y paciencia. Es cierto que ambas hermandades, sobre todo la de Gloria, han salido ganando con el cambio, pero eso no resta un ápice de la humillación de que te expulsen de tu casa.
Se cuentan con los dedos de dos manos, siendo generosos, a aquellos que desde el sacerdocio han comprendido el potencial de este universo como instrumento de acercamiento del pueblo a Dios. La grandeza de algunos de ellos, como Fray Ricardo de Córdoba o el Padre González de Quevedo hace que compensen en calidad la escasez de pastores cercanos a nuestras hermandades, a la religiosidad popular de la que habla el Papa Francisco.
Que buena parte del clero vive de espaldas a las cofradías es una cuestión innegable. Cierto es que mucha culpa de ello la tenemos los propios cofrades, que no hemos sabido mostrar el incalculable potencial que atesora esa religiosidad popular o porque no hemos querido. En cierto modo a las cofradías les ha resultado más cómodo vivir más o menos separados “de los curas”, haciendo bueno el dicho «cada cuál en su casa y Dios en la de todos». Por otra parte, muchas veces nos empeñamos en demostrar que tener una hermandad en una iglesia ocasiona más problemas que ventajas. Cultos semivacíos, una acción social en muchas ocasiones manifiestamente mejorable, cabildos suspendidos por consiliarios entre un griterío ensordecedor, fractura social en ciertas hermandades que trasciende cualquier comportamiento mínimamente cercano al que debe tener un cristiano, hermanos enfrentados en los tribunales… La conclusión es que estamos desaprovechando una oportunidad histórica de enganchar a ese pueblo que abandonó los templos cuando el catolicismo dejó de ser la religión oficial de Estado y no sabemos si esté será el último tren.
Ahora, sobre todo tras la celebración del Vía Crucis Magno del pasado 14 de septiembre, parece que algunos «le han visto la punta al movimiento cofrade» y han entendido que hay un filón por explotar. Bienvenidos sean los que han caído del caballo y visto la luz, aunque haya sido después de mucho tiempo. Nunca es tarde si la dicha es buena. Quiera Dios que las palabras de este Papa que parece haber venido a revolucionarlo todo -bendita revolución- ponga las cosas por fin en su sitio. No olvidemos nunca que estamos todos en el mismo barco, aunque a veces lo disimulemos perfectamente.






Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Suscríbete

Introduce tu correo electrónico para recibir todas las novedades. 


Powered by WordPress Popup