El Cirineo

El Cirineo: Un grito de libertad

No piensen que van a olvidar los que han atizado con el látigo del discurso trasnochado a curas y
capillitas, que seguimos aquí y somos un blanco fácil para colgarse medallitas
de progre a nuestra costa. Estamos en agosto y el calor infernal y la ausencia
de actividad, provoca una calma chicha que no es más que un espejismo. Pero
llegará septiembre y con las primeras lluvias del otoño, bufones y titiriteros,
individuos de diverso pelaje que han ascendido para demostrar científicamente
el Principio de Peter, ese que establece que los seres humanos ascienden hasta
alcanzar su nivel de incompetencia, recordarán que tienen al alcance de la mano
el socorrido recurso de atacar, insultar, vilipendiar y perseguir a inquisidores
comeniños con sotana que no pagan el IBI y se apropian del monumento del pueblo
y a quienes molestan con sus ensayos, moviendo muebles, la placidez de las
silenciosas noches de la tierra de San Rafael, esa estatua con alas gracias a la
cual la ciudad entera celebra el Día del Perol, y que una semana al año
ensucian las impolutas calles de toneladas de cera que hacen que ciudadanos y
ciudadanas caigan al suelo mientras destrozan el sueño de trabajadores y
trabajadoras con esa música infernal que tanto atenta contra la integridad de
sus tímpanos.

Por muy ridículo que pueda
antojarse el argumento, no duden ni por un instante que ciertos personajillos
lo esgrimirán, olvidando cínicamente cualquier beneficio que el universo
cofrade genere para la ciudadanía, y no me refiero exclusivamente al manido
aspecto económico, que cuando quieran hacemos cuentas y comparamos con otras
manifestaciones subvencionadas y que jamás se han materializado en riqueza
alguna, sino en otra clase de beneficio.
Es cierto que en multitud de
ocasiones, las cofradías, o mejor dicho los cofrades, no somos precisamente un
ejemplo de absolutamente nada. Más bien al contrario, determinadas actuaciones
desarrolladas en el seno de nuestras corporaciones hacen que a muchos se les
caiga la cara de vergüenza. Al fin y al cabo, las hermandades no son más que
asociaciones de fieles, es decir de personas, que como tales, están repletas de
virtudes y defectos y que inundan con sus bondades y sus miserias humanas
cualquier entidad en la que se hallen inmersos. En las cofradías, como no puede
ser de otro modo, se reproduce exactamente la sociedad que nos ha tocado vivir,
no son ni pueden ser excepciones, y por tanto, en ellas existen personas
maravillosas y perfectos bastardos, individuos con una riqueza personal e
intelectual excepcional y sujetos que son incapaces de aportar ni siquiera un
cero a la izquierda. Gentes que rebosan bondad por los poros de su piel y
auténticos sinvergüenzas. Quien pretenda que las hermandades o la iglesia, han
de ser entidades perfectas e inmaculadas vive inmerso en una irrealidad
preocupante.
Pero más allá de los defectos, lo
que la iglesia o las hermandades generan en beneficio colectivo de la sociedad
en la que se desarrollan es incuestionable y únicamente un necio o un sectario
sería capaz de negarlo. Basta con pensar en Cáritas, en la obra social de
cualquiera de nuestras hermandades o en esos chavales que están tocando
cornetas o ensayando bajo una trabajadera en lugar de hacer sabe Dios qué, para
ser conscientes de la inmensa labor que el universo cofrade realiza en
beneficio del bien común y que algunos niegan u olvidan.
Sucede que esta es la parte que sospechosamente
obvian aquellos que han elegido todo lo que huela a incienso para lograr la
fama y alcanzar un puesto en el olimpo de los que viven a costa de nuestros
impuestos. Hoy, en la ingrata ciudad de Córdoba es tan sencillo como decir que
la iglesia ha robado la Mezquita para vender discos (cinco en lugar de tres,
tampoco nos volvamos locos), ocupar primeras planas en periódicos y en ocasiones
hasta para ser concejal. Porque además de ser presas asequibles que jamás se
ocultan, la iglesia y las hermandades rara vez se defienden de manera
contundente con lo que insultarlas sale absolutamente gratis.
Estén preparados porque el curso
cofrade que estamos a punto de ver amanecer promete ser de lo más entretenido.
Ya estamos gozando de los primeros escarceos estivales, con prohibición de la
Marcha Real incluida en ciertos pueblos del Estado Español (como diría un buen
progresista) a la salida de “los santos”, o de asistencia a eventos católicos
de cargos públicos (he dicho católicos, porque a los musulmanes acuden sin
complejo alguno), o amenazas de destinar la subvención que hasta ahora recaía
en las hermandades a otra cosa… he dicho bien, destinarla a otra cosa en forma
de ONG que en el fondo termine financiando a cualquier asociación perroflauta
de fomento del consumo de cannabis y derivados y que algunos denominarán
cultural, porque quien piense que si las subvenciones a las cofradías
desaparecen, el dinero se va a ahorrar, vive en el mundo de Rojanieves y los Siete
Liberados.
No les quepa duda de que el acoso
va a ser de lo más intenso. Olviden la segunda puerta de la Catedral porque no
llegará, con expresidente delegado o sin él, al menos no a corto plazo. No
llegará porque más allá de la incompetencia de unos y otros a la hora de llevar
adelante un proyecto que dicen defender, los nuevos anticlericales utilizarán
el asunto como moneda de cambio para cualquier otra cosa y porque se trata de
un asunto extraordinariamente atractivo para el político medio que nos ha
tocado sufrir, ese yonki del foco y del micro cuyo único interés consiste en
intentar ser centro de atención llueva, truene o ventee como manera segura y
certera de seguir medrando en sus miserables existencias sin dar un palo al
agua, a costa del sudor de aquellos a los que dicen defender.
Llegarán los ensayos de bandas y
con ellos las denuncias, la persecución, las advertencias y las sanciones, y
las noches de frío y costal cuajadas de horarios y recorridos denegados.
Saldrán a la palestra los que olvidaron a los cofrades y que ahora parecen
interesarles por obra y gracia del rédito electoral, y se publicarán
entrevistas de capataces, hermanos mayores y directores de bandas indignados con
lo sucedido… pero poco más ocurrirá. Escasas serán las voces que se atrevan a
plantar cara con contundencia a una persecución que paulatinamente irá ganando
en intensidad, que veremos dónde tiene el límite y será mucho más complicado de
contrarrestar cuando se encuentre en plena ebullición.
No se engañen, en el fondo lo que pretenden quienes atacan nuestras cosas es impedir el ejercicio público de nuestro proceder como ciudadanos, que pregonemos a los cuatro vientos nuestras legítimas creencias y en última instancia que vivamos en libertad. Cuando cierto presidente, de cuyo nombre no quiero acordarme y que es origen del desastre que nos asola, dijo aquello de que «la fe debe vivirse en el ámbito privado y no en el público» no fue casual, sino absolutamente premeditado. Algunos quieren ocultarnos en güetos de silencio para que parezca que no existimos y en nuestra mano está impedirlo.
Los cofrades, los cristianos,
debemos ser capaces de reaccionar ante la provocación y el ataque, con
inteligencia, huyendo del victimismo y buscando el difícil equilibrio entre evitar
la publicidad gratuita para quienes la pretenden a nuestra costa y poner de
manifiesto lo que ocurre sin ocultar jamás la verdad. Hemos de ser firmes, esgrimiendo
nuestros derechos, con fortaleza, respeto y determinación, con el argumento de
la ley y la defensa de la dignidad. No permitamos que nadie, envuelto en la
bandera de la venganza totalitaria, nos robe nuestro bien más preciado, la
libertad. Si estamos dispuestos a levantar la voz será imposible acallarla,
pero si por el contrario soportamos estoicamente la persecución en silencio,
permitiendo que lentamente seamos arrinconados, terminarán por doblegarnos.
Morir de pie vale más
que vivir cien años de rodillas
por miedo a la tempestad;
defendiendo mientras viva
mi Credo y mi Libertad



Guillermo Rodríguez











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