Córdoba, El Cirineo

El Cirineo: Unas horas, sólo unas horas para que Capuchinos vuelva a ser el Cielo

Anoche soñé que era miércoles, y no un miércoles cualquiera. El aire olía diferente, una mezcla maravillosa de azahar, incienso y cera derretida. Soñé con un cielo azul maravilloso y con el astro rey gobernando poderoso en el firmamento. Me vi caminando ilusionado entre el gentío ávido de cofradías para buscar uno de los momentos más mágicos de todos aquellos que me gusta saborear cada semana de Nisán. Me vi ocupando un lugar de privilegio a orillas del sendero de gloria que año tras año recorre los rincones del sentimiento y esperé pacientemente a que las puertas del hogar de mis devociones dormidas se abriese de par en par como una flor con la llegada de la primavera.

La cruz de guía inundó la plaza entera, y un aplauso de satisfacción recorrió las almas de la bulla que se arremolinaba a mi alrededor. Y un cortejo, mi cortejo, comenzó a abrirse paso entre las miradas que esperaban, avanzando cadencioso entre el calor y la fe de un pueblo que deseaba con todas sus fuerzas sentir lo que estaba sintiendo en aquél preciso instante. Una simbiosis perfecta que fusionaba lo antiguo y lo contemporáneo, nuestras vivencias y las de nuestros predecesores, y que se convirtió en un nuevo tesoro para el joyero de nuestros recuerdos.
Súbitamente tres golpes de llamador impusieron el silencio y se apagaron de repente los murmullos y las risas infantiles. Y la voz de quien guía a los ángeles sobre los que caminas retumbó en mis entrañas como el verbo del muecín que convoca a la oración. Quietud y recogimiento, rachear costalero y emoción contenida. Tu paso atravesando el cancel de la frontera que separa los sueños de las vivencias. Y el éxtasis… la marcha real, y el izquierdo poderoso de tus cirineos. Y el universo frente a mi, para permitirme beber de tu glorioso elixir y rociarme del divino fluir del maná que destila tu presencia. 
Dos instantes, fueron sólo eso, instantes, y un millón de sensaciones… y tu trasera para verte marchar dejando en mi retina otro momento inédito e irrepetible. El mundo entero podrá haber vivido lo mismo que yo y nadie lo habrá sentido de manera idéntica… podré mirarte toda la vida y jamás volveré a sentir un sentimiento como aquél. Porque cada segundo vivido en la ribera de tu Divina Majestad es único, Señor y eso forma parte del por qué te quiero con toda mi alma. Cada copo del néctar divino con que rocías mi corazón es diferente a los demás. Y te fuiste poco a poco… sin correr… al compás de las lágrimas que recorrían mis mejillas.
Se fue regando la calle de gotas de cera blanca mientras el sosiego volvió a apoderarse de mi espíritu a la espera de Ella. Y entonces sucedió. Los ciriales anunciaron tu presencia y de nuevo el martillo fue pregonero de lo iba a acontecer. Los varales acariciaron las jambas de la puerta de tu hogar y lentamente, muy lentamente, el oasis de tu palio fue eclipsando el celeste que nos cubría. A medida que las bambalinas iban regalándose, centímetro a centímetro, el resto de la creación empezaba a carecer de sentido, porque nada importa si Tú estás ahí. Y de nuevo la marcha real al compás de una cadencia diferente. Y de nuevo el rachear de tus hijos, y de nuevo la explosión de sensaciones… y el brillo en la mirada. 
El aroma de la candelería se entremezcló con el incienso que precede tu realeza y la flor que se derrama en tu delantera… y la magia se convirtió en verdad y pude mirar tus ojos y sentir cómo me mirabas… con ternura de madre, con majestad de reina, con grandeza de mujer… y en aquél preciso instante comprendí que había nacido solamente para estar allí, justo en aquél momento, en ese punto concreto del cosmos… y que si tus bambalinas se mecen en la pupila de mis emociones por mí puede esperar el Cielo, porque ésta es la Gloria, el Edén prometido y no hay más Paraíso que vivir en tu presencia por toda la eternidad…
Entonces desperté, en la soledad de mi cuarto, en la oscuridad de la madrugada… y reparé que quedan unas horas para teneros frente a frente, para alimentarme de vuestra luz y para poder soñar despierto… unas horas, sólo unas horas, para que Capuchinos vuelva a ser el Cielo.
Guillermo Rodríguez

Recordatorio El Cirineo

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