Málaga

El Cristo de Mena. La destrucción en la IIª República

El Cristo de Mena constituye sin lugar a dudas una de las imágenes devocionales más importantes de la Semana Santa de Málaga. Sin embargo y a pesar de su popular denominación, el actual Cristo no es el original. Los terribles sucesos que se desarrollaron en gran parte de España en general y en Málaga, Sevilla o Córdoba en particular, durante la democrática, ejemplar y pacífica IIª República Española, provocaron la destrucción de patrimonio religioso y artístico de incalculable valor. Conventos, colegios, retablos, pasos, tronos… Imágenes… fueron pasto del odio y de las llamas.
El presente artículo es una recopilación de textos cuya referencia se indica tras cada uno de los epígrafes y cuya fuente original rogamos consultar, en particular el excelente blog http://malaganoesololalameda.blogspot.com.es que tal y como indica en su presentación «intenta recabar imágenes de la Semana Santa de Málaga que ya no se procesionan. Especial referencia a aquellas que fueron destruidas en los sucesos del mes de Mayo de 1931, significando el fin de una etapa brillante en la que se había producido la fundación de la Agrupación de Cofradías».



EL CRISTO DE MENA
La imagen del Cristo de la Buena Muerte y Ánimas fue bendecida en 1942, año en que se produjo su primera salida procesional, en una etapa difícil y de reconstrucción de la Semana Mayor malagueña, tras los tristes sucesos de mayo de 1931 en que la talla primigenia desapareció y supuso un antes y un después para la mayoría de las corporaciones nazarenas. Este hecho supondría un fuerte varapalo para la Congregación, que aún hoy no se ha esclarecido –producto de la leyenda– y que pareció resurgir de las cenizas con el actual crucificado que talló el escultor malagueño Francisco Palma Burgos.
La escultura, que costó 30.000 de las antiguas pesetas y sufragadas por un grupo de congregantes, es una reinterpretación del original, como si el escultor Pedro de Mena hubiera guiado las manos de Palma desde el cielo. Es lo que algunos han llamado la recreación admirable de lo único, la recreación del Cristo de Mena, aunque no es una copia exacta. Las diferencias entre ambos Cristos son obvias: el de Palma presenta unas proporciones un poco más grandes, la pierna izquierda descansa sobre la derecha (en el de Mena es al contrario), tiene los cabellos de forma distinta y el anudado del paño de pureza lo tiene en el lado derecho, mientras que Mena lo talló en la parte izquierda. Pero en líneas generales coinciden la plástica de la escultura y el tamaño de los brazos, que son más cortos con respecto al resto de la imagen. A pesar de todo ello, el Cristo continúa llamándose de Mena recordando al que desapareció, y que dio y da nombre y se le conoce popularmente, desde sus orígenes, a esta cofradía. En 2008 fue restaurado por Maite Real Palma, que realizó los trabajos de limpieza y recuperación del mismo.
El rostro del crucificado de Palma representa la muerte personificada. Tiene la boca entreabierta y se le aprecian los detalles de los dientes y la lengua. Por las sienes cae la sangre de la corona de espinas (que un congregante elabora cada año y que se le impone antes de la salida procesional) hasta empapar y enlazar los cabellos rizados. Las manos y los pies, desfigurados. Los brazos y las piernas están amoratados. Los ojos inertes. El reguero de sangre fluye por todo el cuerpo, del mismo modo que el que mana de la herida del costado derecho. Cristo pende de una cruz arbórea yerto, aunque su cuerpo, de complexión fuerte, irradia amor. Todo está consumado. Una imagen que impresiona, que impacta. Todo una lección de anatomía, según describe el doctor Aurelio Díaz en su estudio anatómico de la talla, que es de estilo neobarroco. Un Cristo al que le han hecho peticiones miles de malagueños.
El conjunto de esta representación pasionista lo completa la figura de María Magdalena, que arrodillada, llora desconsolada a los pies del Santísimo Cristo. No puede comprender como Jesús ha acabado en la cruz. También obra de Palma Burgos en 1945, forma el Calvario tradicional anterior a 1931 y presenta una larga cabellera suelta sobre la que circunda una aureola. En 2006 fue restaurada por Estrella Arcos, que llevó a cabo una profunda labor para devolverle todo su esplendor original.
LOS SUCESOS
El 11 y 12 de mayo de 1931 Málaga
escribió una de sus páginas más tristes de su historia. La mecha se prendió un día antes en
Madrid. En el Círculo Monárquico Independiente, un grupo de republicanos se
enfrentó a algunos partidarios del huido rey Alfonso XIII cuando éstos pusieron
la Marcha Real en un magnetofón situado en un balcón. Instantes después, las
ventanas de la residencia de los jesuitas de la calle Flor expulsaban lenguas
de fuego y los republicanos se dirigieron a atacar al diario ‘ABC’, defensor de
la Monarquía. A partir de ahí, las chispas de la barbarie fueron saltando a
otras ciudades como Córdoba o Alicante. Sin embargo, en ninguna de ellas alcanzaron
la virulencia y las consecuencias de Málaga, como afirma el historiador Antonio
García Sánchez. Una ciudad que en dos días perdió gran parte de su patrimonio
artístico, religioso, cultural y documental con siglos de existencia.
La tarde del lunes 11 de mayo,
las calles del Centro Histórico bullían de gentes llegadas desde todos los
puntos de la ciudad al rebufo de las noticias que la prensa traía de lo
acontecido en Madrid. Algo se mascaba en el ambiente y se materializó con los
primeros sucesos, que tuvieron lugar en los conventos del Servicio Doméstico,
Barcenillas y la Sagrada Familia, en la zona de la Victoria. La actuación de la
autoridad civil, encarnada en aquel momento en el presidente de la Diputación,
Enrique Mapelli, ante la ausencia por viaje a Madrid del alcalde, Emilio Baeza,
y el gobernador civil, Antonio Jaén Morente, evitó que se produjeran daños. Sin
embargo, aquello sólo fue un espejismo.
Sobre las 23.00 horas, la locura
se desató. Siguiendo el fiel reflejo de lo ocurrido en Madrid, la residencia de
los jesuitas fue el primer objetivo de las iras del pueblo. Una gran pira
frente a la iglesia del Sagrado Corazón consumía muebles, objetos litúrgicos,
imágenes… Después, el edificio era pasto de las llamas. El siguiente objetivo
fue el Palacio Episcopal, «el símbolo del poder espacial del clero», como lo
define el historiador José Jiménez Guerrero en su obra ‘La quema de conventos
en Málaga. Mayo de 1931′. Le siguieron el periódico monárquico y conservador
‘La Unión Mercantil’ y la parroquia de Santo Domingo, en el barrio del Perchel.
«A pesar de que tenían otras
iglesias cercanas en el Centro, cruzaron el puente y se fueron a Santo Domingo
porque estaba en un barrio obrero y porque allí tenían su sede las dos
cofradías más emblemáticas de Málaga: la de la Esperanza, vinculada a personas
de relevancia política y social, y Mena, que tenía la imagen del Cristo que era
el símbolo de la Semana Santa», cuenta Jiménez Guerrero, para quien hubo «una
premeditación» a la hora de actuar.
Después, se atacaron hasta 40
edificios entre conventos, iglesias, colegios religiosos, el almacén de
alimentos de la familia Kreisel en la calle Don Iñigo o el propio diario
conservador. La declaración del estado de guerra el día 12 por la mañana fue el
primer paso para la normalización, aunque se siguieron produciendo episodios
violentos. Imágenes de escultores como Pedro de Mena o la escuela malagueña del
siglo XVIII, cuadros de Alonso Cano, documentos (registros de bautizos, bodas y
fallecimientos), elementos litúrgicos y los propios inmuebles (las iglesias de
la Merced y la Aurora María desaparecieron para siempre) fueron pasto de las
llamas de la intolerancia.
El STMO. CRISTO DE LA BUENA MUERTE Y ÁNIMAS
Obra de Pedro de Mena y Medrano
en el siglo XVII (probablemente después de 1663).
Considerada como la obra cumbre
en la historia del Crucificado de la escultura española, significando la
pérdida de mayor relieve de todos los tiempos 
de la Semana Santa malagueña.
El erudito y pintor Antonio
Palomino en 1724 («Vida de artistas españoles») señaló por primera
vez la paternidad de esta obra, atribuyéndola a Pedro de Mena y Medrano; le fue
encargada por el obispo, el dominico Fray Alonso de Santo Tomás, con quien
guardaba una gran amistad. El artista granadino ejecutaría la obra una vez
terminado su trabajo en la sillería del coro de la Catedral de Málaga, por
tanto entre 1658 y 1662. Sin embargo, cierto sector opina que fue después de
1663, al volver de su viaje a Madrid donde vio el Crucificado de Montserrate de
Alonso Cano, que le sirvió de inspiración dadas determinadas similitudes entre
ambas imágenes.
El encargo era para la sala de
profundis o capítulo de culpas del convento dominico. Pero cambió de ubicación
desconociéndose el año exacto. Pudo producirse el referido cambio en torno a
1790, cuando se acometieron en la mencionada sala unas reformas. El nuevo lugar
donde se colocó la imagen fue en la parte alta del retablo de madera del Altar
Mayor de la ya parroquia de Santo Domingo.
Allí estuvo hasta el año 1883,
año en el que fue, podemos decir, encontrada por el padre jesuita Moga.
Entendió que quizá se trataba de la imagen a la que se había referido el
erudito Antonio Palomino en su obra, y que se atribuía a Pedro de Mena. Ordenó
que fuera descendida, comprobándose el deficiente estado de conservación en el
que estaba, faltándole dedos de las manos y de los pies. Se aprobó su
restauración por la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo; esta restauración
fue llevada a cabo por el profesor Antonio Gutiérrez de León, que era hermano
de la Archicofradía de la Sangre. Restaurado, fue colocado en la segunda
capilla de la nave derecha, contigua a la de Ntra. Sra. Soledad. La Hermandad
del Stmo Cristo de la Buena Muerte decidió permutarla con su primera imagen
Titular que probablemente pasó al Altar Mayor. Comenzó a conocerse como el
Cristo de Mena, generando rápidamente una fuerte corriente devocional. A ella
no escaparon los jóvenes de los barrios de la Trinidad y el Perchel, siendo
conocidos en un principio como los «niños de la Mena» y
posteriormente como «menosos»; este calificativo según Orueta
«se da en Málaga a los jóvenes del pueblo que se distinguen por su vida
desarreglada y por el cuidado excesivo que ponen en sus personas».
Para la Hermandad supuso una
importante revitalización; tal es así que decidió procesionarla en 1884. Sin embargo, este empuje fue
temporal, languideciendo la Hermandad en los últimos años del siglo XIX y
principios del XX.
En 1914 en la rebotica de Esteban
Pérez-Bryan Souviron, se estaban manteniendo las primeras conversaciones  para una futura fusión con la pujante,
relevante e histórica Cofradía de Ntra. Sra. de la Soledad. El 16 de junio de
1915 ambas celebraron Cabildos por separado, y pocos meses después, el 22 de
agosto, se constituía oficialmente la Congregación actual; se aprobaron los
primeros estatutos y fue nombrado Hermano Mayor Ricardo Gross Orueta, marqués
de la Casa Loring y presidente por entonces de la Real Academia de Bellas Artes
de San Telmo de Málaga.
En la Semana Santa de 1916, el
Cristo de Mena volvía a las calles de Málaga.
A partir de 1925 la Congregación
tuvo una feliz idea. Decidió  colocar la
imagen del Stmo. Cristo de la Buena Muerte y Ánimas, desde el inicio de la
Semana Santa, sobre un catafalco a fin de que muy de cerca pueda orarse ante él
y admirar a la vez las innumerables bellezas de tan rica joya de arte… puede
decirse sin temor a exageración, ha desfilado ante ella toda Málaga, siendo tal
la aglomeración de fieles en la capilla que hubo momentos que el tránsito se
hacía difícil por la misma. La admiración devocional, junto con la artística,
del Cristo de Mena se ponía de manifiesto en el número de visitas que se le
rendían. En esa Semana Santa de 1925 presiden la procesión, gracias a la
intermediación del Hermano Mayor Félix Sáenz Calvo, el Jefe del Estado, Miguel
Primo de Rivera, que llegó acompañado por el General Sanjurjo y el entonces
Coronel Francisco Franco, quien estaba al mando del Tercio de Extranjeros. Pero
fue bajo el mandato de Joaquín Mañas cuando se produjo la primera guardia
legionaria en el año 1927. Según Elías de Mateo, en 1928 la Legión Española
(aún con la denominación de El Tercio) nombra al Stmo. Cristo de la Buena
Muerte su Santo Protector, escoltándolo por primera vez en la procesión en
1930. La unión entre El Tercio y la Congregación era cada vez mayor.
En 1931 el Cristo de Mena
protagoniza por segunda vez, la primera fue en 1927, el cartel de la Semana
Santa, obra del gaditano Francisco Hoheleiter y Castro.
Pero el Jueves Santo de 1931 fue
distinto, la situación política era otra. «A la hora en punto de las
doce…Mena avanza por delante de la tribuna detrás de los tambores y las
cornetas de los Caballeros del Tercio…Todos los años, la bizarra tropa que
viene desde África a su procesión, es objeto de aclamaciones delirantes; pero
el ambiente de esta noche le es hostil. Un aplauso que alguien inicia provoca
estridor de silbidos y murmullos adversos. Entre la turba se escuchan
expresiones reprobatorias, y algunos puños se levantan sobre el nivel de las
cabezas. Frío glacial lo invade todo…El Cristo aparece en su trono de
entalladuras hiperbólicas y varales dorados, y entre las lámparas de
floraciones luminosas encubre el oro viejo de las tulipas; y se detiene
majestuoso.»(Las vestiduras recamadas, Salvador González Anaya, 1932).
El ambiente existente, aunque
hostil, no podía presagiar todo lo que sucedería poco más de un mes después. El
Cristo de Mena desapareció en el asalto e incendio de la parroquia de Santo
Domingo en la mañana del 12 de mayo de 1931. Figuró en la relación de pérdidas
elaborada por el académico Bermúdez Gil; incluso, Juan Temboury en una carta
que remitió en 1935 al que fuera Alcalde de Málaga, Emilio Baeza, afirmaba que
«en medio de la vía pública se organizaron hogueras a las que, con toda
tranquilidad, se arrojaron los cuadros de Manrique y Niño de Guevara y
esculturas tan maravillosas como el Cristo de Mena».  Las palabras de Félix Revello de Toro son
elocuentes: «Recuerdo que mi padre llegó llorando a la casa. Yo, pese a mi
corta edad, sabía que algo muy malo estaba ocurriendo y me escondí debajo del
sofá. ‘Han quemado al Cristo de Mena. Lo han quemado sin que nadie hiciera nada
por evitarlo…¡Qué horror, qué pena, que desastre!’ Esas fueron las palabras
de mi padre y rompió otra vez a llorar abrazado a mi madre. En la calle había
mucho ruido y el olor a quemado era insoportable…».
Sólo pudo salvarse, gracias a
Francisco Palma García, una pierna de esta imagen. La que causa la admiración
de cuantos la ven (Antonio Palomino, 1724). En la que pocas veces conseguirá el
arte andaluz morbidez más suave, contornos más puros y proporciones más
ajustadas y más hermosas (Ricardo Orueta, 1914). La que representaba el punto
cumbre de la evolución de la imagen de nuestro Redentor con un prodigioso
equilibrio entre lo humano y lo divino, convirtiendo ambas naturalezas en
armónica igualdad; la exacta representación del Dios y hombre verdadero, de la
encarnación del hijo de Dios (Juan Temboury, 1945).

LA LEYENDA
Existe en la memoria colectiva
malagueña un tema que goza de especial atractivo, sobre todo en la órbita
cofrade: la suerte que corrió la imagen del Cristo de la Buena Muerte y Ánimas.
Desde el mismo momento de su desaparición circuló la noticia de su posible
salvación y de su ocultamiento en algún lugar nunca especificado. Uno de los
argumentos más repetidos para apoyar esta tesis radica en el hecho de que nunca
se encontraron los restos quemados de la popular imagen. Sólo, es conocido, se
salvó una de sus piernas, gracias a la intervención del escultor imaginero
antequerano Francisco Palma García.
Los rumores sobre la salvación y
pronta aparición de la talla del Crucificado alcanzaron tal relieve, sobre todo
cuando de ellos se hicieron eco personas de relevancia, que en 1932, el
presidente de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo, Salvador González
Anaya, aunque resaltaba su pesimismo, encomendó al académico Francisco Palma
García que, «ante la persistencia de rumores sobre la existencia del Cristo de
Mena», realizase las gestiones oportunas para averiguar lo que había de cierto.
No faltó la publicación de artículos en la prensa, firmados por ciudadanos,
reseñando la circunstancia de la salvación, y en sentido contrario. Sin
embargo, los datos documentales que se han podido recabar avalan la tesis de la
destrucción de la imagen.
La versión policial participaba
en estos extremos tal y como se acreditaba en un documento, fechado el 15 de
mayo de 1931, que el comisario jefe de la Policía de Málaga, Ricardo Gordián,
remitió al juez instructor, teniente coronel Ángel Aguilera Gallo, que entendía
sobre el sumario de diligencias previas abierto contra conocidas personas de
ideología comunista de la Málaga de la época. En él, al referirse a la
intervención del concejal Andrés Rodríguez señalaba que: «Fue el que capitaneó
los grupos que asaltaron, saquearon e incendiaron la Iglesia de Santo Domingo;
y al decirle un individuo que aún no se había podido averiguar si se había quemado la Imagen del Santo Cristo de Mena, contestó que allí
se quemaba todo
». Esta afirmación quedaría sin valor efectivo ya que a petición
del juez instructor la causa fue finalmente sobreseída.
Incluso, la aportación realizada
desde la familia Palma incide en el hecho de la destrucción. Y lo hace,
especialmente, a través de una carta remitida por Francisco Palma Burgos a su
hermano José María en la que le narraba ciertos detalles que le habían sido
relatados por Julio Trenas, amigo de la familia, acerca de lo acaecido aquella
aciaga noche. Según su informe, el imaginero Palma García, ayudado por uno de
los jefes del servicio de Bomberos, apellidado Ramírez, «descolgó al Cristo, y
le rompió los brazos (…), los unió al cuerpo, lo envolvió con el manto de la
Virgen (…) y entre humos, crujidos y ruinas de hecatombe quedó en su tumba a
esperar su nueva resurrección. Unos soldados que estaban en la puerta les
prometieron no abandonar la iglesia. Más tarde hubo una nueva orden (…) y
entraron y quemaron el Cristo. Aquí hay un lapso de tiempo que se prestó a
dudas que alguien entrara y lo robara, pero desgraciadamente se quemó….».
Y volvemos al principio. ¿Es que
realmente la imagen del Cristo de Mena fue salvada y permanece oculta en algún
lugar? Y, caso de su destrucción ¿cómo no fueron hallados los restos
calcinados? ¿Se debió esta circunstancia al hecho de que la destrucción del
templo fue de tal envergadura que los derrumbes hicieron inviable la
localización? O, tal vez, no se difundió la noticia aunque sí habían sido localizados.
Hoy podemos aportar el hallazgo
de un documento que avala que sí aparecieron los restos carbonizados de la
imagen. Se trata de una carta manuscrita del erudito malagueño y académico
Narciso Díaz de Escovar que envió a su amigo Miguel Ruiz Borrego, narrándole
algunos de los hechos ocurridos en Málaga durante los días 11 y 12 de mayo de
1931. Miguel vivía en Madrid. La relación de amistad arranca desde el tiempo en
el que fue profesor de la Escuela de Arte y Declamación, entidad que fue
fundada por su tío José, junto con Arturo Reyes y el propio Díaz de Escovar.
A pesar de que la carta a la que
hemos aludido no está fechada, hemos concretado que se realizó una semana
después de los acontecimientos, el 18 de mayo. La pista la ofrece el propio
autor al afirmar en una de sus frases que «ayer se abrieron las pocas iglesias
que han quedado para decir misa», hecho que sucedió el domingo 17 de mayo.
El texto es el siguiente:
«Querido Miguel: han pasado varios días y créeme que aún estoy como atontado
recordando a todas horas las escenas horrorosas que presencié, el incendio de
la Merced, el asalto de la Aurora y aquellos grupos de forajidos en la
embriaguez del odio y de la destrucción. Como académico de Bellas Artes, soy
uno de los designados de recoger entre lo que devuelven los restos de riqueza
artística y no hay nada que valga la pena. Lo bueno está destruido o guardado.
Se llevan los objetos al Parque de Segalerva y allí se ha llenado hasta el
techo dos magníficos salones. Se calcula lo entregado en unos 80.000 objetos y
aún siguen llevando o poniéndolos en portales y calles. Las iglesias
incendiadas, o completamente saqueadas, son de 30 a 40 y los santos que se
calculan quemados en unos 2.000. El daño pasa de muchos millones.
El Cristo de Mena que se creía
salvado, pues lo escondieron entre paños unos hermanos en un almacén, se quemó
luego. Han aparecido los carbones. Palma salvó una pierna y mi sobrino tiene un
pié casi carbonizado, pero se ve el hueco del clavo y se conservan dos dedos.
El San Juan de Dios de Santiago, la Dolorosa de los Mártires, la Virgen de San
Pablo, el Señor de la Puente, la Exaltación… todo quemado. Hoy me han dicho
que en la Trinidad quemaron todas las imágenes y por tanto habría perecido la
magnífica Virgen de la Paz de Ortiz y el notable San Onofre, escultura del
siglo XV.

Ayer se abrieron las pocas
iglesias que han quedado para decir misa (el Sagrario, Capilla Castrense,
Victoria, Hospital Noble y Capuchinas). No se cabía de gente, entre ellos
muchos hombres. Los templos saqueados han sido tapiados pues todos están llenos
de pedazos de retablos y de astillas, siendo fácil que pudieran de nuevo formar
hogueras. Se dice que hoy será el juicio sumarísimo de los que incendiaron el
Asilo del Niño Jesús. La cárcel está llena y se habla de enviar a Chafarinas a
mucha gente. Entre los detenidos está el médico Bolívar y el concejal
Rodríguez. Las tropas continúan en las calles en retenes y patrullas.
Los bomberos han sido héroes. Lo
merecían todos y Málaga no sabe qué hacer con ellos. Han estado trabajando sin
cesar desde el lunes al sábado. Es inútil pensar en procesiones. No han quedado
ni imágenes, ni mantos, ni túnicas, ni tronos. ¡Ay de nuestro Señor de Viñeros,
que antes de ser quemado lo tiraron del camarín al suelo! Al Cristo de Mena le
daban bofetadas diciendo ¡ahora que vengan los legionarios a darle guardia! La
Virgen de los Remedios y la Piedad ardieron. A la Virgen de Servitas la salvó
la noche antes Ricardo Gross, ¡qué espectáculo nos esperaba para nuestra
Virgen!».

Recordatorio Gran Poder 1939

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