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Córdoba

El Traslado de los Titulares de la Estrella de Triana a su capilla por Miguel Ángel Badía

Excelente reportaje de nuestro compañero Miguel Ángel Badía del Traslado de Nuestro Padre Jesús de las Penas, María Santísima de la Estrella, Titulares de la Pontificia, Real, Ilustre y Fervorosa Hermandad Sacramental y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús de las Penas, María Santísima de la Estrella, Triunfo del Santo Lignum Crucis, San Francisco de Paula y Santas Justa y Rufina a su capilla, sita en la C/ San Jacinto, el pasado 16 de marzo, tras los cultos celebrados en San Jacinto.

Corría el año de 1560 cuando se funda en Triana, en una capilla del convento de la Victoria perteneciente a los Frailes Mínimos de San Francisco de Paula, una hermandad de luz bajo el patrocinio de Nuestra Señora de la Estrella.

Las reglas de esta hermandad, formada por capitanes de barcos con la misión de fletar las mercaderías que en la ciudad de Sevilla entraban y salían por la mar para las Indias y Flandes, fueron protocolizadas en la escribanía de Gaspar de Toledo el primer día de septiembre de 1566 y aprobadas por Su Majestad Felipe II el día 24 de diciembre de ese mismo año. En 1570, la comunidad de frailes concedía a la Hermandad un sitio junto a su iglesia para que se labrara una capilla, al igual que cedía en el interior del templo otra Capilla con el objeto de que allí fueran colocadas las imágenes y poder celebrar sus fiestas y juntas.
En el año de 1600, la hermandad de Nuestra Señora de la Estrella se une a la de San Francisco de Paula.

En 1644, en el barrio de Triana, en la ermita de un antiguo Hospital allí existente bajo la advocación de Nuestra Señora de la Candelaria, un hombre devoto, de nombre Diego Granado y Mosquera, fundó una hermandad titulada de las Penas de Cristo Nuestro Señor, Triunfo de la Cruz y Amparo de María Santísima. La hermandad labró capilla a sus propias expensas pero era ésta tan pequeña que en la Semana Santa debían de instalarse los pasos en la propia ermita pues en aquellos días no la ocupaban los hermanos de la Candelaria.

A iniciativa del mencionado Diego Granado, la hermandad de las Penas gestó la fusión con la de la Estrella. De este modo, los hermanos de las Penas, en Cabildo General celebrado el 17 de junio de 1674, acordaron su unión con los de la Estrella, quienes tomaron también acuerdo de fusión en Cabildo el día 21 de junio de ese mismo año. Así, el 15 de julio de 1674, las hermandades otorgaron conjuntamente escritura de fusión ante el escribano público Hernando Gómez de Frías, acordando también la redacción de nuevas reglas que se formarían con lo mejor de ambas. La hermandad resultante se titularía de «Nuestra Señora de la Estrella, Santo Cristo de las Penas, Triunfo del Santo Lignum Crucis y San Francisco de Paula».
Al establecerse esta concordia, la cofradía de las Penas donó al Convento de Frailes Mínimos la imagen de un Crucificado con el tabernáculo que poseía, siendo colocada en la enfermería y luego en un altar del templo. 

La cofradía después de su fusión entre Estrella y Penas, hacía estación de penitencia a la real Parroquia de Señora Santa Ana con tres pasos.
En el primero iba una cruz verde sobre un mundo y, enroscada en él, la serpiente con la manzana en la boca. Del clavo de los pies de la cruz salían dos palmas que terminaban en los brazos y en el centro de éstos, una corona de laurel. Al pie del Sagrado Madero había una María con una estrella y a un lado una calavera en significación de la muerte.
En el segundo paso, el del Señor, se representaba el Monte Calvario en el que el Redentor, desnudo y sentado sobre una peña, espera la crucifixión en actitud de oración ante el Eterno Padre. La Santa Cruz iba en medio tendida mientras dos judíos preparaban lo necesario para dicho acto, mostrándose en el suelo la túnica y el vaso de mirra.
En el tercer paso figuraba la Santísima Virgen, ostentando en su mano la reliquia del Santo Lignum Crucis que de antiguo poseía la Hermandad. En los tiempos de apogeo se adornaba el paso con muy ricos objetos de plata. La Sagrada Imagen, una de las más hermosas de la ciudad atribuida a la gubia de Juan Martínez Montañés, tuvo tanta fama y celebridad que hubo empeño en poseerla, asegurándose como tradición que una noche trataron de robarla.

La falta de documentos de la Hermandad de las Santas Justa y Rufina impide determinar su antigüedad, aunque es de presumir sea mucha respecto a la devoción que siempre ha conservado Sevilla a estas esclarecidas mártires, sus patronas, y principalmente por los alfareros, por quienes se supone fundada. Se encuentra memoria de su altar en la Iglesia de Santa Ana desde el año de 1589 por unas mandas de misas en testamento.

Se tiene constancia de que a principios del siglo XIX ya se encontraba integrado en la Hermandad el gremio de Alfareros, a pesar de la ley prohibitiva de todo carácter gremial en las Hermandades a partir de 1783.
La forzada ocupación de los conventos sevillanos en 1809 por las tropas francesas, allanando con pleno vandalismo también el Convento de la Victoria con la expulsión de sus moradores, dio un golpe mortal a nuestra cofradía que conoció la destrucción parcial y lenta del famoso monasterio y aún dentro de la iglesia, la ruina de su propia capilla de la que anteriormente se ha hecho mención. Por ello, la cofradía hubo de trasladar sus imágenes a otra capilla de la misma iglesia en lo poco que quedaba en pie.
La reducción del convento y el periodo liberal hicieron que nuestra Hermandad llegara casi a la extinción hasta 1835, en que obligada por la exclaustración ordenada por la desamortización de Mendizábal, hubo de trasladarse al Convento de San Jacinto, exclaustrado y abandonado por la Orden Dominica ese mismo año. Las imágenes fueron situadas en los altares del crucero.
De todo este periodo sólo hay constancia de la solemnísima fiesta celebrada el 19 de julio de 1818 en honor de las Santas Justa y Rufina en el templo de Santa Ana, en cuya tarde salieron procesionalmente, vestidas a la romana, en muy adornadas andas y acompañando a Su Divina Majestad que iba en su custodia.

Finalizada la guerra civil entre carlistas y cristinos, que había asolado España desde 1833, existen propósitos de reanudar las actividades de la Hermandad propugnadas por los afanosos alfareros entre 1839 y 1840, pero un pleito sobre la pintura y dorado del paso neutralizó todos los esfuerzos.
Otra nueva tentativa fue auspiciada en 1851 por el celoso exclaustrado capuchino Padre Miguel Mijares, cura de la Real Parroquia de Santa Ana. Un domingo de septiembre de 1859 se iniciaron los cultos con función y solemne procesión con las patronas alfareras, e igualmente lucido quinario en honor del Santo Cristo de las Penas.

El Miércoles Santo de 1891, merced a la iniciativa de varios jóvenes bajo la dirección del virtuoso sacerdote y capellán de San Jacinto, Padre Eusebio Ortega, realizó estación de penitencia, estrenando pasos, ropas e insignias bordadas en oro.
Se procedió a la redacción de nuevas reglas, aprobadas el 21 de febrero de 1891 por el arzobispo de Sevilla, Don Benedicto Sanz y Forés. Desde aquella época, la cofradía continuó realizando su estación de penitencia desde el Convento de San Jacinto en la tarde del Domingo de Ramos, siendo la única que la efectuara en 1932, el Jueves Santo, sufriendo varios atentados en su recorrido.
A solicitud de la Hermandad, que acuerda en Cabildo transformar en Capilla su casa de hermandad, un decreto de 25 de junio de 1973, dado por el Cardenal Bueno Monreal, autorizó la adaptación del inmueble en oratorio semipúblico y erigiéndolo en sede canónica de la Corporación.
Bendecida la nueva Capilla en Sábado de Pasión de 1976, ese Domingo de Ramos, 11 de abril, salió del Convento de San Jacinto para, tras realizar la Estación de Penitencia, entrar en su nueva sede.

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