Córdoba

La crónica perdida: todo se ha consumado

La llama de la Pasión comenzó a extinguirse paulatinamente el Viernes Santo, como hace más de dos mil años lo hizo la vida del Divino Salvador. Un Viernes Santo que en la ciudad de Córdoba comienza temprano, bajo el cálido sol de la primavera, cuando el Señor de la Caridad protagoniza el tradicional Vía Crucis que le lleva cada año a la Santa Iglesia Catedral a hombros de sus legionarios y envuelto en una marea de fieles que siempre le acompaña para alimentarse de la Caridad infinita de quien da la vida por salvar a la humanidad.

Porque cada mañana del Viernes Santo, tiene lugar en Córdoba un acontecimiento cultual, que cuenta con una presencia masiva de público, convertido en honda tradición que tiene por protagonista al Señor de la Caridad, el Vía Crucis que preside el titular de la corporación del Jueves Santo. Una cita que este año deparó un gran número de hermosísimas escenas para el recuerdo otorgando cada año a este acontecimiento la categoría de extremadamente singular.

A primera hora de la tarde, todas las miradas de este soleado Viernes del Señor se dirigían a poniente donde el gran regalo de esta inolvidable Semana Santa se ofrecía a los cordobeses. Una nueva cofradía que viene a enriquecer a la Córdoba Cofrade, la Conversión, que ha cumplido con las expectativas creadas en torno a una cofradía que debe añadir a la jornada el contrapunto que tanto precisa. Elegante y sobria la puesta en escena de la corporación a lo largo de todo su itinerario. Con la satisfacción de poder presenciar la escena de la Conversión y la impactante imagen del Santísimo Cristo de la Oración y Caridad acompañado de los dos ladrones bajo el cielo de Córdoba, en el nuevo y flamante paso adquirido por la Corporación de Electromecánicas, la cofradía se desenvolvió demostrando ese sabor a barrio y a Cofradía elegante que está sabiendo cuajar paulatinamente con cada salida procesional.

Especialmente intenso fue el momento en que la cofradía llegó a la Santa Iglesia Catedral, demostrando que esta cofradía tiene perfectamente clara cuál ha de ser la prioridad esencial de una salida procesional lo que permite aventurar una madurez que sorprende por su juventud aunque no tanto conociendo quienes la dirigen. La simbiosis entre la cuadrilla de Enrique Garrido y la Agrupación Musical San Miguel Arcángel, brillante a lo largo de todo el itinerario, pusieron el resto para dejar un dulce regusto en todos los afortunados que acudieron a ser partícipes de la histórica presencia de la cofradía por las calles cordobesas.

La Soledad se ha convertido, con el paso de los años, en una cofradía que es toda una delicia contemplar por las calles de Córdoba. Un cortejo extremadamente cuidado, que presenta una imagen envidiable desde que se incorporó el nuevo e impecable hábito. Cortejo que se ha visto incrementado sensiblemente en los últimos años, lo que propicia que la puesta en escena de la cofradía haya ganado muchos enteros y que este año vivía un acontecimiento histórico, toda vez que ha sido la última vez que la cofradía salía de Santiago, habida cuenta de su traslado a la Parroquia de Guadalupe cuya fecha está aún por concretar. 

La sobriedad de su cuerpo de nazarenos es todo un ejemplo y una llamada a la introspección y a la oración a la que probablemente ayuda el hecho de que el Viernes Santo sea tradicionalmente el día con menos público en la calle de toda la Semana Santa de Córdoba, sin bullas ni excesos derivados. Una circunstancia amplificada este año, por mor de las condiciones climatológicas que han convertido en valientes a los cordobeses que se han dado cita en las calles para encontrarse con sus cofradías.

Bellísima la dolorosa de Luis Álvarez Duarte, como siempre, presidiendo el magnífico conjunto, derivado de la renovación estética que emprendió la cofradía en 2004, en el que se ha convertido el altar itinerante,  que combina caoba y bronce, en el que la Virgen de la Soledad derrama su esencia por las calles de la ciudad. Un resultado excelente al que colabora el buen hacer del capataz que tiene el privilegio de llevarla, camino del mayor templo de la diócesis, Carlos Lara, que ha sabido imprimir al caminar de la Virgen que pena en soledad en el Monte Calvario, de la cadencia precisa y el son perfecto para un paso de estas características. 

Cuando la Virgen de la Soledad se aleja y la Santa Cruz se pierde en el horizonte de nuestras oraciones, permanece en el ambiente el regusto dulce de haber sido testigo del transitar de una cofradía perfectamente concebida, que materializa exactamente lo que pretende, y que ha logrado encontrar el punto justo de su propia idiosincrasia.

La Hermandad de la Expiración es siempre un ejemplo de sobriedad, de compostura, de amor por los matices, de cuidado del detalle y de mesura en sus formas. Un conglomerado de elementos que convierte siempre en una experiencia provechosa su contemplación. Nada sobra y nada falta en su puesta en escena. Todos los elementos que conforman la cofradía se aplican en la dosis adecuada, y ello propicia que sea un deleite presenciar su transitar. Los dos pasos de la cofradía son buena muestra de ello. La zancada precisa y la frecuencia perfecta son el denominador común de los hombres que llevan sobre sus hombros al misterio de la Expiración y a la Virgen del Rosario. Dos cuadrillas mandadas por dos jóvenes capataces con un presente incontestable y un futuro ilimitado, cada uno con su estilo y su propia idiosincrasia.

La mano de Ángel Carrero ha logrado que la cuadrilla de la Expiración se haya ganado, por derecho propio, un importante hueco entre las cuadrillas referencia de las cofradías cordobesas de negro, merced a su trabajo constante y a la creencia de que, sí bien el elemento físico es esencial para construir una buena cuadrilla costalera, no es el único ingrediente que precisa para que una buena cuadrilla se convierta en una de alto nivel. Así lo entiende Carrero y así lo transmite con presteza a sus hombres, siendo una de las señas de identidad de la cuadrilla que ha conformado con gran acierto para portar al misterio cada Viernes Santo.

Por su parte, el trabajo que Jesús Ortigosa viene desarrollando al frente de la cuadrilla de la Virgen del Rosario es una evidencia que nadie puede negar. Su potencial como capataz está fuera de toda duda y así lo atestigua el hecho de que su nombre haya sido elegido en los últimos años para hacerse cargo de pasos no precisamente sencillos de gestionar, lo que habla muy bien de su valentía a la hora de afrontar grandes retos y de la capacidad para solventarlos. Sin embargo, el nivel alcanzado al frente del palio de la corporación de San Pablo supera el trabajo desarrollado en el resto de pasos que tiene la responsabilidad de mandar convirtiendo el discurrir de la dolorosa de Álvarez Duarte en uno de los momentos insustituibles de cada Semana Santa.

Las horas fueron transcurriendo hasta convertir la tarde en noche. Una noche que adquiere ante la infinita presencia del Cristo de la Clemencia la categoría de sublime. Jesús ha muerto, ha sufrido el cruel tormento que avanzaron los profetas, pero aún así su bello rostro aparece sereno clavado en el madero, como queriendo perdonar al espectador que lo contempla. Acompañado por un repertorio de muchos quilates, concebido por la Banda de Cornetas y Tambores Coronación de Espinas de Córdoba, que permitió cumplir el sueño que muchos albergaban de presenciar el caminar pausado y elegante del primer paso de la cofradía servita al son de una banda de cornetas y tambores.

Detrás, la desgarrada expresión de la Virgen de los Dolores, siempre inabarcable a la compresión humana, siempre eterna, impregnada su esencia en el alma imperecedera de la ciudad que el Viernes Santo es más suya que nunca. La Señora de Córdoba avanza bellísima tras el Crucificado. Los que la esperan a su paso tratan de consolar su pena pensando que en pocos días la Dolorosa de la ciudad por excelencia estará de nuevo en sus calles para una celebración jubilosa. Elegancia con mayúsculas es su devenir de regreso a San Jacinto, donde quienes habitan su residencia la anhelan más que nunca, para hallar consuelo a su soledad.

Cada año, la llegada del Sepulcro se convierte en uno de los puntos culminantes de la Semana Santa. Una cofradía que pone en práctica el auténtico significado de la palabra perfección, desde el primer nazareno, hasta el paso de palio. La imagen señorial del cortejo, desenvolviéndose con pulcritud y anticipando la llegada de la urna que contiene al Señor y posteriormente el palio de la sagrada conversación, es una de las escenas que gustan degustar los paladares más exquisitos. Un cuerpo de nazarenos con un cuidado del detalle digno de todo elogio, que hace años se convirtió en ejemplo a imitar por las cofradías cordobesas, pero que sigue provocando la admiración a su paso.

Una perfección que se aprecia igualmente con la llegada de ambos pasos de la cofradía. El espectacular paso de estética manierista que preside el Señor, diseñado por Jorge Mellado, con talla de Juan Pérez, orfebrería de Manuel Valera, óleos de Luis López de Pereda y bordados de Jesús Rosado, toda una catequesis en movimiento, está llevado a hombros por una de las mejores cuadrillas de Córdoba, sin discusión. Mandada por la experta mano de Luis Miguel Carrión «Curro», la cuadrilla del Sepulcro es, desde hace muchos años, una de las referencias del mundo del costal en la ciudad de San Rafael, espejo en el que muchos se han mirado y fuente de la que otros tantos han bebido, de un modo u otro, para perfeccionar el universo del costal en esta ciudad.

Tal vez de manera no tan acusada, pero algo similar ocurre con el paso de palio de Nuestra Señora del Desconsuelo, cuya singular zancada es otra de las señas de identidad de la corporación de la Compañía. La entrada de ambos pasos en carrera oficial y su discurrir bajo la Puerta del Puente, particularmente en el caso del paso del Señor, ha vuelto a erigirse en uno de momentos más satisfactorios de esta Semana Santa. Un hecho que por frecuente ya no extraña a casi ningún cofrades, pero que merece ser destacado en justicia, subrayando la genuina esencia de verdad costalera que emana del magisterio de quien sigue siendo, el mejor capataz de Córdoba.

La cofradía del Campo de la Verdad siempre es el contrapunto perfecto a la sobriedad del Viernes Santo en la ciudad de San Rafael. Un contrapunto que tiene una de sus señas de identidad en el sonido arrollador de la Banda de Cornetas y Tambores Caído y Fuensanta, para la que tan especial es tocar cada año detrás del Cristo descendido, que siempre lo inunda todo desde que su brillante forma de interpretar sonaba con fuerza desde las inmediaciones de la Calahorra. La entrada del paso de misterio en Carrera Oficial gozó de una impactante rotundidad. El acompañamiento a su caminar de las marchas interpretadas por la formación musical cordobesa, fueron el contrapunto perfecto para que el buen hacer de la cuadrilla de costaleros del Cristo del Descendimiento.

Detrás, la Virgen del Buen Fin, incandescente bajo el logrado palio que con su alegre movimiento concita cada año la atención del respetable, con ese halo de esperanza y alegría que es la metáfora perfecta que desprende el alborozado caminar, aderezado con la dosis perfecta de elegancia, de la dolorosa del Campo de la Verdad, anunciando que tras la muerte existe algo mucho más importante, lo que los cofrades celebramos en realidad, lo que ha de venir en apenas unas horas, la Resurrección, el auténtico Buen Fin de todo lo ocurrido. La Virgen se incorporó al itinerario común y atravesó la Puerta del Puente al compás de “Pasa la Macarena” interpretada magistralmente por la Banda de Música Enrique Galán y provocando un esbozo de alegría entre quienes esperan, como agua de mayo cada año, la llegada del palio rojo de la Virgen del Buen Fin. El contraste perfecto a la sobriedad predominante cada Viernes Santo y la nota de color que convierte en certidumbre y en luz el llanto y el lamento de la muerte y la cruz.

 

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