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La historia al otro lado del Guadalquivir

Esther Mª Ojeda. Cuando
se habla de “el Cachorro de Sevilla”, hay dos cosas que siempre acuden
irremediablemente a nuestra mente: una es la mirada perdida en el cielo del
conmovedor crucificado a las puertas de la muerte y la otra la leyenda que,
como tal, ha llegado hasta nuestros días gracias a la tradición oral en la que
todo parecía indicar que la realización del Cristo de la Expiración estuvo
inspirada en la muerte de aquel célebre gitano de la Cava de Triana del que la
talla realizada por el imaginero Ruiz Gijón también heredó el sobrenombre.
Sin
embargo, son muchos los que quedan aún por saber que la historia de la
hermandad del agonizante crucificado de Triana se consolidó de la mano de una
hermandad constituida en torno a una Virgen bajo la advocación de Patrocinio
que había sido encontrada en el fondo de un pozo – supuestamente a la que los
cristianos escondieron debido a la anterior invasión árabe –  y con la que se fusionó finalmente en el año
1689.
El
impresionante dramatismo impreso en el rostro del Cachorro logró desde el
principio conmover y captar la atención del espectador dando lugar a una de las
grandes devociones de la capital hispalense y llegando hasta un siglo XIX en el
que las epidemias y tantas otras adversidades formaban parte indivisible del
día a día, motivo por el que eran del todo habituales las rogativas típicas de
aquellos años, las cuales estuvieron presididas en numerosas ocasiones por la
talla del Santísimo Cristo de la Expiración. No obstante, no fue hasta la mitad
del siglo XIX cuando el Cachorro comenzó a cruzar el río en su estación de
penitencia para llegar hasta la Catedral y empezar a regalarnos al fin esa
escena tan buscada y posteriormente tantas veces retratada por los objetivos de
las cámaras que, aún hoy siguen obcecándose en inmortalizar la silueta del Cachorro
dibujándose sobre el puente de Triana.

Según
atestigua la propia hermandad, es a principios del siglo XX cuando la imagen
del cortejo procesional empieza a definirse y a configurarse con el aspecto que
se conoce ya en la actualidad hasta que finalmente, concretamente en el año
1909, se acuerda que el hábito nazareno se caracterice en lo sucesivo por el
cubre rostro negro y la capa blanca. Unas palabras que quedaban constatadas con
la fotografía que la propia cuenta de Twitter de la corporación (@HdadCachorro)
se encargó de publicar días atrás y que mostraban la entrada del Santísimo
Cristo en el popular puente que comunica su barrio con el resto de la ciudad. Una
imagen que demuestra cómo ya en la remota década de 1910, la gente se agolpaba
abarrotando las calles al paso del impactante crucificado de Triana.

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