⚓ Costal

La Lenta Cera Ardida: ¡Venga de frente! y La Saga de los Santiago

Blas Jesús Muñoz. La lenta cera ardida se acerca al mundo de abajo. Para ello hemos escogido una obra (¡Venga de frente!) de Juan María Gallardo Espinosa, publicada por ABEC Editores. Así, les mostramos la sinopsis de esta interesantísima obra que aparece en el sitio web de la editorial, amén de escoger un fragmento del libro en el que se detiene en las figuras de los afamados capataces Manuel y Antonio Santiago. Disfruten.
¡Venga de frente!, es una obra
que da a conocer al lector el fenómeno y la evolución del mundo de los hermanos
costaleros en la Semana Santa de Sevilla desde sus orígenes hasta nuestros
días, desde una perspectiva de la realidad personal vivida por el autor.
En la primera parte del libro se
trata el proceso de transición de los cagadores profesionales a los hermanos
costaleros, el roll de los capataces en el periodo de transición, la difícil
delimitación entre la devoción y la afición, los ensayos, la figura de los
capataces no profesionales, el periodo de consolidación de las cuadrillas de
hermanos costaleros, los tipos de cuadrillas de hermanos, la figura del
costalero como héroe mal visto, el transito del costalero al ir y volver de la
Catedral, las cuadrillas con poca calidad, los grupos de presión, el boom de
los hermanos costaleros, la masificación de las cuadrillas, el ansia de ser
costalero, las relaciones de los costaleros con las Juntas de Gobierno de las
Hermandades, el alcance de la música y las bandas, los pasos que más pesan, el
neo profesionalismo, los capataces que sacan varios pasos, los costaleros que
repiten, los movimientos migratorios, el dinero en las cuadrillas de los
hermanos costaleros, los profesionales sin remuneración, el futuro incierto, la
ropa, el costalero anónimo, la imagen y la tecnología, y el adiós del costalero.
La segunda parte se centra en el
estudio de algunos de los principales capataces con más repercusión en el mundo
del costal, tales como; Antonio Santiago, los Ariza, Alberto Gallardo, Antonio
Hierro, Luis León Y Rufino Madrigal, Juan Manuel Martin, Ismael Vargas, Manuel
Villanueva, Manuel Vizcaya y Antonio Álvarez.
La Saga de los Santiago

Manolo había nacido en 1930, en
la Puerta Osario, donde su padre regentaba una zapatería y él terminaba
trabajando. A finales de los años cuarenta, su pasión por el costal le lleva a
pedir a Rafael Franco la oportunidad de incorporarse a la cuadrilla que sacaba
Los Caballos. El capataz accede, pues le conocía bien, debido a que el padre de
Manuel era mayordomo de dicha Hermandad y el del conocido como «El
Fatiga», gestionaba el cobro de las cuotas de varias hermandades, entre
ellas el de la Exaltación. 
Tras salir algunos años, Manolo
se retira. Posteriormente, y pasado el tiempo, se encomienda a la Virgen de la
Hiniesta y le promete hacerse costalero suyo. Es allí donde conoce a Salvador
Dorado y es igualado en la primera trabajadera, dándose la circunstancia que en
la segunda iba otro costalero que después también sería capataz, Pepe Luque. Debido
al cariñoso y humilde carácter que siempre tuvo Manolo, ese año, aprovechando
la posibilidad del negocio familiar, regaló un juego de alpargatas a cada costalero
del palio. Comienza ahí la genial relación que siempre mantenía con la gente de
abajo y tanto lo caracterizó. Eso le brindó al año siguiente la posibilidad de
ir con Salvador de «mirón», que era acompañarlo por fuera, pero sin
tocar el llamador. Fue en su segundo año cuando, llegado el paso de palio de la
hiniesta a la calle Duque Cornejo, Dorado le dio la oportunidad de llamar por
primera vez, a partir de ese momento pasó a formar parte del equipo de
ayudantes de Salvador Dorado, cuyo segundo hasta que falleció a mitad de los
años sesenta, fue «Espejitos».
Siendo segundo de Salvador, continúa
hasta 1977, y finalizada esa Semana Santa lo llaman de La Resurrección para que
se haga cargo de la confección de la cuadrilla de hermanos costaleros. En la
misma fecha lo buscan también del Cristo de Burgos para el mismo cometido y,
aunque Manolo intenta respetar a su primero y que sea él el responsable
compaginándolo con San Bernardo -cofradía que comandaba el Miércoles Santo-, no
se mantenga firme y cada uno tira por un lado, rompiéndose así un binomio que
había durado veinticinco años.
Durante el tiempo que trabajaron
juntos se produjo el debut en Sevilla de una cuadrilla de hermanos en plena
Semana Santa. No olvidemos que la primera vez que un paso sale exclusivamente
con hermanos lo hace desde El Salvador y el capataz es Luis León, que cuenta
con la ayuda de los responsables que entonces sacaban El Amor: Dorado y
Santiago. Nos referimos al paso de gloria de la Virgen de Las Aguas, que lo
estuvo haciendo en su palio de tumbilla -y que serviría de modelo al actual de
la Virgen de Los Reyes- hasta finales de los setenta.
Este hecho dio lugar a que el
anhelo de salir de costalero en Semana Santa corriese como la pólvora entre los
jóvenes cofrades, llegando en 1973 en la Hermandad de Los Estudiantes y bajo el
mandato como hermano mayor de Ricardo Mena Bernal, la creación de una cuadrilla
únicamente compuesta por hermanos. Dicho sea de paso que, aunque realmente el
Martes Santo todos eran hermanos, al principio de los treinta y tantos que
acudieron sólo unos pocos eran de la universitaria corporación. Bajo el amparo
de dicho dirigente y con el consentimiento del capataz, que es encandilado por
el hecho de que sus hombres cobrarán la cofradía aún sin trabajarla, se
organizan ensayos alrededor de los jardines de la Universidad. Dorado sacaba
los pasos y dejaba a un par de hombres de confianza junto al aventajado
Santiago, que era quien mandaba el ensayo; Salvador, mientras tanto, era
entretenido al cobijo de algunas viandas en las tabernas de los aledaños, y sin
darse cuenta germinó lo que no había sido más que un proyecto.
Al año siguiente se organizan
cuadrillas de hermanos en El Amor y San Esteban y la fiebre se extiende a todas
las hermandades. Llegado 1978, en que se conjugan las dos posibilidades,
hermanos y profesionales, los asalariados acuden a que se les escuche en el
Consejo General de Hermandades y Cofradías y se emite la prohibición de que se
saquen pasos a la calle mandados por capataces no profesionales, intentando
salvaguardar la profesión y el sustento de unos hombres que con su sudor y
trabajo no sólo se ganaban la vida, sino que engrandecían la Semana Santa y la
cristiana devoción. Esto no duraría más que un año, pues muchas son las
hermandades que apuestan definitivamente por las cuadrillas propias de
hermanos.
Manuel Santiago , que ya no
estaba con Dorado, se unió a Ariza con la condición de que su hijo Antonio
Santiago fuese con él. Entre 1978 y 1979, además de las ya citadas, los llaman
de la Paz., Los Caballos, La Macarena, Los Javieres… el sueño va cuajando por
todos los barrios e iglesias, eran años en que los costaleros disfrutaban
sobremanera de los ensayos y la gente de a pie, incrédula, incluso acudía a
verlos prepararse. Las convivencias posteriores a los entrenamientos acabaron
de cimentar la incursión del hermano en el costal.
Antonio Santiago, hijo del genial
Manolo, acompañó a su padre auxiliando a Salvador Dorado y a los Ariza, casi
siempre en los pasos de Cristo, y más tarde salió de costalero en la de Los
Caballos y Los Panaderos. Antonio entiende que la
diferencia trivial entre los tiempos pasados y actuales, a nivel de cuadrillas,
está en la falta de devoción que los profesionales tenían en un alto porcentaje
y en el celo de casi todos los costaleros de hoy respecto a la imagen que
portan por el hecho de ser hermanos. Las edades no son las mismas, pues antes
había hombres más longevos en el trabajo. Nos lo ejemplifica con un peón de
Salvador, «Catafra», poseedor de una descomunal fuerza, pues
trabajaba en la Campsa y movía bidones llenos de combustible constantemente
haciéndolo con una facilidad pasmosa; pues bien, ese hombre tenía la misma edad
que el capataz y estuvo en activo hasta bien entrado en los sesenta años de
edad, algo impensable hoy. Las cuadrillas envejecían y se renovaban muy poco,
con lo que fueron muriendo por lo imperativo de vida natural.
La lealtad, la entrega y el
espíritu de sacrificio también han sido disminuyendo. Antes una orden jamás era
cuestionada por un costalero y hoy todo es criticado. Antonio invita a los
costaleros a que trabajen con fidelidad a la Hermandad y las imágenes y no al
capataz por muy acordes que sean sus ideas o cómodos que se encuentren bajo sus
mandatos.
Confiesa sentirse tan a gusto en
los pasos, que ni ha cobrado, ni cobra en ninguno de ellos, a pesar del
«runrún» que no cesa a sus espaldas. Por ello no cree posible que se
vuelva a las cuadrillas pagadas, pues si en 1976 un costalero de la Esperanza
Macarena cobraba dos mil quinientas pesetas, hoy sería mucho el dinero
necesario para sufragar este trabajo de carga, pero con gran nivel de especialidades,
hablando en términos de salario de justicia.
En 2011 cumplió 40 años en el
martillo y su retirada ni la tiene prevista ni la ve cercana, pues a su gozo
personal une la satisfacción de ver como su hijo Antonio, tiene la misma pasión
que él y la misma que el abuelo, y le acompaña delante en todos los pasos desde
hace varias Semanas Santas, excepto en La Paz, donde trabaja en el último palo
de fijador.
El penitente: rudo pero ganador
En el año 1972 Los Ariza dejan de
sacar pasos y La Macarena, que era llevada por ellos, llama a Salvador Dorado,
que llevaba veinticinco años en Los Gitanos. Hasta entonces los hombres de
Ariza eran citados a las nueve de la noche en las inmediaciones del arco, de
manera que no podían salir el Jueves Santo por la tarde.
Como condición sine qua non ,
Salvador propone que no sólo no dejará de sacar Los Negritos sino que, con la
habilidad que poseía para conseguir las mejores condiciones para su gente, ésta
Hermandad proporcionará un autobús que transporte a la cuadrilla desde la calle
Recaredo hasta la Basílica. Además, no se produciría por éstas circunstancias
menoscabo alguno en cuanto al jornal que recibirán sus hombres.
Observamos aquí dos cosas
importantes, en primer lugar que se comienza a ver cierta exclusividad en La
Macarena con sus costaleros, la supo jugar sus cartas con inmejorable suerte y
conseguir las condiciones más favorables para sus peones, tanto en comodidad
como en prestaciones monetarias, sirva así de muestra saber que a los pocos
años de ir a La Macarena hizo un trueque con Rechi -capataz por entonces del
Silencio- y se trasladó hasta San Antonio Abad. Concluida la primera
«corría»  de la Madrugada, en
la céntrica iglesia y mientras aún se escuchaban los sones gozosos de la banda
de la Macarena, Salvador alertó a los suyos diciendo «¿Estáis escuchando
por dónde va todavía La Macarena?  pues
ya hemos terminado nosotros y además con el mismo sueldo…»
El reencuentro y la riña
Tras la ruptura entre Salvador
Dorado y Manolo Santiago éstos se llevaron un tiempo sin verse. Quiso el
destino que durante la Cuaresma de 1979 ambos se cruzaran fortuitamente por la
calle mientras Manolo iba con su hijo Antonio. Salvador, a pesar de ser hombre
de conocida aspereza en sus expresiones y modales, siempre había profesado gran
cariño a «Antoñito» por conocerlo desde su nacimiento. Manolo, tras
su característico beso al maestro -cosa que siendo muy suya no gustaba en
absoluto a Salvador- preguntó por el discurrir de las cosas y cómo no, también
de los pasos.
– ¿Qué tal va todo Salvador?
– Bien Manolo, todo bien…
Bueno, todo no, hay algo que no me ha gustado en absoluto…
– ¿Qué he podido decirle yo, que
tanto respeto su persona y su figura?…
– ¿Pues te parece poco haber
dejado que el niño se meta debajo de los pasos?
Y es que Antonio había ingresado
como costalero en la cuadrilla del misterio de Los Caballos.
Aún hoy Antonio no deja de
sorprenderse al recordad aquella muestra de cariño de Salvador delante suya,
pues era un hombre reservado para sus sentimientos y tosco en general.
Los besos
A día de hoy vemos como se ha
extendido entre capataces y costaleros una manera de saludarse y demostrarse
cariño que poco podría compaginar con la virilidad del trabajo duro y el
esfuerzo físico, nos referimos a los besos. Rara es la reunión de costaleros
donde no se ponga en práctica una desmedida letanía de besos entre los que se
encuentran. Hemos llegado a un punto en que parece como si alguien que no fuese
besado por otro no es del agrado de aquél. Ni tanto  ni tan calvo. Lo normal es alegrare al ver de
nuevo a alguien que es amigo y con el que hace tiempo que no se habla, pero no
es posible que se experimente semejante júbilo con todos los miembros de la
cuadrilla.
En este sentido Antonio, al hilo
de la anterior anécdota, nos cuenta que su difunto padre era muy dado a ello.
Su humildad y bien hacer unidos a sus muestras de llaneza, le hacían alegrarse
de ver a los costaleros, a los del equipo de capataces, a los miembros de las
juntas de gobierno, a todos, y a todos abrazaba y besaba en la mejilla.
A pesar de que «El
Penitente»  no era dado a ello y le
comentaba su desaprobación, Manolo con su simpatía y sencillez lo seguía
haciendo incluso con su jefe de llamador. De ahí que Antonio nos diga que no vería
descabellado el asegurar que su padre impuso la moda de besarse entre la gente
de las trabajaderas. Meramente anecdótico, pero digno de reseñar.
El cariño de los de abajo
Como hemos visto, ya desde muy
joven, Antonio iba con su padre a las cofradías. Un año, yendo delante del
Cristo crucificado de San Bernardo, Manolo decidió adelantarse y dejar a su
hijo al mando. Estaban en la Avenida, enfilando hacia la Catedral, con lo que
entre el gentío Antonio, entregado a la labor de mando, perdió de vista a su
padre. Al parecer la «chicotá» fue más larga de lo que quería Manolo,
con lo que apresurado se volvió a recriminar a su hijo tal actitud.
A juzgar por lo que ahora
narramos, la reprimenda fue mayúscula, de tal manera que Antonio, que no tenía
más de quince años aunque metidos en el cuerpo de un hombre corpulento, rompió
a llorar de rabia. Ni pensaba que hubiese sido tan larga, ni que fuese el
lugar, ni el modo de decírselo, pues toda la gente de alrededor se percató de
aquello, el bochorno le pudo y no pudo reprimir el llanto.
Cuando Manolo tocó de nuevo el
llamador para levantar el paso, se levantó el faldón delantero, y uno de
aquellos costaleros de la afamada cuadrilla le dijo al capataz… «Manolo,
ya te puede ir hacia delante si quieres, que nosotros no levantaremos el paso
hasta que el niño vuelva a llamar, aquí el que manda es él» En ese
instante Manolo comprendió haberse excedido y no tuvo más remedio que acceder a
la petición de aquellos hombres que le dieron una lección de enseñanza y a la
vez de reconocimiento del cariño hacia su hijo. «Antoñito» agradeció
el gesto y aún hoy lo sigue recordando con nostalgia y orgullo, pues desde
entonces y hasta ahora ha notado el cariño y respeto de los costaleros hacia su
persona, tanto de los profesionales como de los hermanos.
La dureza de sus inicios en el
costal
Recuerda como especialmente duros
sus primeros años bajo el paso del Prendimiento, pues el escalón de estatura
que había entre la primera y la segunda trabajadera era grande, y aquella
delantera sufría la diferencia hasta que los palos fueron bien calzados. Eran
fechas, en que Antonio trabajaba como médico en Huelva y cambiaba turnos de
trabajo para no faltar a los ensayos y a veces se desplazaba con la hora justa
y falto de descanso, desde Sevilla hasta la vecina ciudad onubense.
En Los Caballos, recuerda un año
que, yendo en un zanco de la primera, notaba como el paso le iba dando una
brega desmesurada y percatándose de ellos un costalero de los viejos, conocido
por su habilidad en el acomodo de las ropas, se fue para Antonio y le dijo
«…anda niño salte, que te voy a poner bien esa ropa». Antonio
recuerda que cuando volvió a la trabajadera casi no llegaba al palo, y eso que
no había tocado la morcilla más que un periquete. «El Vargas» , como
era conocido el veterano costalero, era de los utilizados desde siempre por su
padre y «El Penitente» para la hechura de la ropa de casi todos los
que empezaban. Tenía una destreza en la elaboración y una pericia envidiada por
cualquiera.
Su defensa para las exigencias de
aquellos inicios eran su preparación y su juventud, Antonio practicaba
piragüismo y entre su nutrición, el entrenamiento y la edad, cualquier
dificultad era paliada con solvencia.
ISBN: 978-84-936907-5-5
Código: 20113
Páginas: 205
Formato: 17×24

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