Sevilla

Los Agujeros Negros de la Madrugá del Pánico (II)

Publicado por Juan Miguel Vega en el Diario El Mundo el 09/01/2005
Más de setenta días después de que ocurrieran los hechos, al día siguiente de celebrarse las elecciones que procuraron el relevo en la presidencia del Consejo de Cofradías y justo al comienzo de las vacaciones de verano (30 de junio de 2000), el entonces jefe superior de Policía, Julián Martínez Izquierdo, arropado por el hasta hace poco fiscal jefe de la Audiencia de Sevilla, Alfredo Flores, presentaba el informe con las conclusiones definitivas de la investigación por las multitudinarias avalanchas humanas registradas durante la Madrugá de aquel año.
El informe tenía 40 páginas, la mayor parte de ellas ocupadas por unos planos del centro de la ciudad donde eran señaladas las zonas en las que se produjeron las avalanchas. Los documentos comenzaban dando cuenta de lo que definía como «hechos objetivos».
«Las avalanchas —dice el documento— se producen entre las 5.30 y las 6 horas; se inician en la zona de la Campana ; causan 103 heridos. A las 6.15 horas es detenido David Sánchez Sánchez en la zona de las avalanchas, a quien se interviene un cuchillo de grandes dimensiones».

Luego, tanto Martínez Izquierdo como Flores harían ver que la «minuciosa investigación policial», cuyos resultados hubo que esperar varios meses, no decía sino lo mismo que la subdelegada del Gobierno, Rocío Roche, había expresado al día siguiente de ocurrir los hechos: «Un incidente aislado —esta vez ya no era exactamente el tipo del cuchillo—, cuyo origen nunca pudo averiguarse, desencadené la primera avalancha; la enorme masificación de la zona de la Campana expandió a miles de personas en diferentes direcciones y el pánico colectivo dio origen a nuevas avalanchas».
Eso fue todo. Los setenta días de profusa investigación no sirvieron sino para corroborar la primera teoría elaborada por los máximos representantes del orden público en Sevilla sobre las causas de los hechos, con la que no estaban de acuerdo los responsables municipales. Al informe, que fue presentado a bombo y platillo, se le incorporé como añadido a sus conclusiones una recomendación sobre la necesidad de acometer una reforma de la carrera oficial, cuyos detalles y fines sin embargo no concretaba. Tuviera o no esa intención, lo cierto es que dicha recomendación sirvió para desviar notablemente la atencién sobre el asunto que se investigaba.
Cinco años después, al repasar las páginas de este informe policial, se advierten muchas cosas que llaman la atención y que entonces pasaron desapercibidas. Un detalle aparentemente nimio es que la policía sólo tomó declaración a la mitad de las personas que resultaron heridas, 59 de 103. Eso, si damos por buenos los datos oficiales sobre heridos que ofrece la policía, ya que la Cruz Roja elevaba a 200 el número de personas que tuvieron que ser atendidas.
Mucho más llamativo e interesante resulta el informe de la policía silo cotejamos con el que, un mes antes (30 de mayo), elaboré sobre los mismos hechos el entonces delegado de la Madrugá en el Consejo, Manuel Rivera, en base a los datos que le suministraron las hermandades afectadas por las avalanchas y su propia experiencia como testigo directo de los hechos. Un testigo, por cierto, cuya declaración no fue requerida en ningún momento por la policía, a pesar de la insistencia con la que éste se ofreció para prestarla.

Rivera refiere en su informe —al que ha tenido acceso este diario- un hecho inquietante que pudo tener que ver con las turbamultas o al menos para facilitarías: «Este año, a pesar de mí intención, no he podido reunirme con los responsables de la Policía Nacional en los días previos a la Semana Santa al indicarme el comisario que, cuando tuviere asignados a los responsables de cada jornada, retenes, escoltas, etc. se pondrían en contacto conmigo, lo cual nunca sucedió».
La imprevisión policial que se evidencia en estas manifestaciones resulta especialmente grave, debido a que no eran pocos los indicios que en los días previos a la Semana Santa se habían detectado sobre las posibilidades de que ocurriese «algo». Cartas extrañas y pintadas ofensivas llevaron la inquietud a varias hermandades, sin que esa inquietud fuera tenida en cuenta por la Policía.
La primera de las contradicciones que se aprecia entre el informe del delegado de la Madrugá y el de la policía afecta a la hora del comienzo de los tumultos: en el del Consejo es diez minutos antes: las 5.20 horas. La segunda contradicción se aprecia a raíz de un detalle rocambolesco. Cuando, a las 5.35 de la madrugada, con las avalanchas en pleno apogeo y el caos desatado en la Campana , Rivera va en busca del responsable policial que aquella noche se encontraba de servicio en el palquillo del Consejo en la Campana , comprobó que el agente no estaba. ¿Un café inoportuno? ¿Alguna pesquisa?
La causa de la ausencia no aparece en el informe, pero sí que, cuando reaparece diez minutos más tarde, a requerimiento del responsable cofradiero éste le informa que el dispositivo policial está formado por 46 personas. El detalle preciso de la cifra hace pensar que debía de tenerla muy clara. Aquellos 46 policías eran muchos menos que los 181 que, según el informe de la Policía , estaban de servicio en ese momento.
La contradicción más destacada es que mientras la policía asegura que las avalanchas se expanden desde la Campana en todas direcciones a través de un ‘efecto dominó’, Rivera sostiene que la dirección de ésas fue justa la contraria. Todas se dirigían hacia la carrera oficial. Desde San Eloy y Laraña hacia la Campana y desde la Puerta de Jerez hacia la Avenida de la Constitución , aparte de las que se vivieron en las calles Gravina, Bailén, Cuna y Sor Ángela.
A la oscura luz de todo esto, decide ponerse a investigar por su cuenta. En julio recibe una carta anónima. La misiva no sólo contiene amenazas para que deje de investigar, también un recorte de prensa con unas declaraciones de Alfredo Flores, quien sugiere que Rivera podría estar incurriendo en un delito de ocultación de información, lo que no dejaba de ser otra amenaza. Pero Flores, como la Policía , tampoco llamó nunca a Rivera para que le contase qué sabía. Ni siquiera después de que éste denunciara haber recibido el amenazante anónimo.
A pesar de la insistencia del para aquel entonces ya ex delegado de la Madrugá , a finales del verano de aquel año, los responsables de todos los estamentos determinan ‘pasar página’ y olvidar los hechos. Ni desde el Ayuntamiento ni desde el Consejo se sigue insistiendo en reclamar «una información más creíble sobre las causas de aquellos hechos». El asunto, además, estaba ya archivado por el juez de instrucción número 4, quien, como la Policía y el fiscal, tampoco encontró culpables a quienes acusar de los tumultos, precisando en su auto la «inexistencia de un factor desencadenante conocido».
Ha sonado el teléfono. Nos llama el autor del libro que debió ser retirado del mercado para eliminar de sus páginas las manifestaciones de alguien relacionado con la seguridad que revelé a su autor haber llegado hasta quienes planearon las turbamultas, pero luego se desdijo. «No te empeñes. La verdad no se sabrá jamás. Es imposible». ¿Por qué? 24 días después de presentar el informe sobre la Madrugá , Martínez Izquierdo era cesado como Jefe de Policía para Andalucía Occidental.


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