Málaga

Málaga: Tocando el cielo con la punta de los dedos

Hay momentos en los que tan sólo con estirar el brazo se
puede tocar el cielo. Y el Jueves Santo malagueño está repleto de ellos. Es el
día elegido para disfrutar de grandes tronos, de desfiles militares (la Legión,
por excelencia, es aclamada por la multitud), de hermandades tan antiguas como
la de Viñeros, de cofradías con tanto reclamo como la Esperanza. Es la noche
mágica del romero bendecido, de la rosa apuñalada en el pecho de la Zamarrilla,
de la última Cena, de la solemne Santa Cruz y del Chiquito paseando por sus
calles percheleras.
Pero también es la jornada más concurrida y, por ende, la
más alborotada y festiva. Los bares, las cafeterías, las terrazas, los balcones
con vistas, hay gente para llenar cada hueco sin remisión. Y ayer no quiso
nadie quedarse fuera del espectáculo que brindaba la noche. Como el resto de la
semana, el buen tiempo motivó aún más la presencia de público en las aceras, en
las sillas y tribunas. Aún era Jueves Santo, aún quedaban unas horas antes de
cambiar el rictus, todavía no había lugar para abrazar la mayor de las
tristezas. El fervor aún se permitía lanzar vítores a sus imágenes.
La tarde del Jueves Santo comenzaba temprano en El
Molinillo. A las tres, ya se había congregado un buen número de personas en la
plazuela del Santísimo Cristo de la Sangre, a las puertas de San Felipe Neri.
Esperaban la salida de la Santa Cruz, una cofradía que como único trono porta a
Nuestra Señora de los Dolores en su Amparo y Misericordia. La Virgen llora al
pie de la cruz en la que ha fallecido su hijo. Puntuales emprendieron su
penitencia. Los tambores roncos precedían el cortejo de capirotes negros con
cinturones de esparto y velas negras que aún llevaban apagadas. Desde el
interior de la iglesia sonaron los primeros acordes de la banda de música Las
Flores.
El sol caía con fuerza, la multitud se acogió al silencio.
La procesión inició su recorrido por la calle Gaona. Se escucharon tan sólo las
órdenes del capataz y los comentarios de un grupo de turistas alemanes que
parecía un tanto descarriado. «Quietos, despacito», ordenaba el
mayordomo para librar las complicadas medidas de la puerta. Frente al Museo del
Vidrio se escuchó la primera saeta, calladita, cercana, susurrante. Con la
Dolorosa parada ante la voz del lamento hecha canción terminó la parada para
empezar el giro de 90 grados hacia la calle sinuosa. La Virgen con la corona de
espinas en la mano izquierda, con la cruz vacía a la espalda, sin el cuerpo ya
de su Hijo amado, con su manto de terciopelo negro sin bordados, con el desamparo
y la soledad marcados en su rostro abrió con solemnidad el Jueves Santo.
La Hermandad de la Santa Cruz se constituyó por un grupo de
jóvenes albaceas de la cofradía de la Pollinica a principio de la década de los
80, según explican en su página web. La pretensión era ofrecer una propuesta de
corte mas serio, más rigurosa, en contrate con el desfile infantil que todos
los años abre la Pasión malagueña. Durante su primera época, la hermandad
celebraba la procesión por la feligresía de San Felipe Neri, en la noche del
Viernes de Dolores. No fue hasta 2001 cuando se acordó el ingreso en la
Agrupación de Cofradías y desde entonces se incorporó al Jueves Santo.
Después de seguir su camino por las calles más estrechas y
singulares del centro, tras ser tocada por la agrupación San Lorenzo Mártir de
Viñeros a su paso por Arcos de la Cabeza, Santa Cruz atravesó la calle Fajardo
cuando una masa heterogénea aguardaba para ver cómo la Sagrada Cena salía de su
casa hermandad en Puerta Nueva. Sin variar un minuto de su cita programada se
vieron la cruz guía y los primeros capirotes rojos que acompañaban a Jesús y
sus apóstoles en la última cena, la comida con la que celebraban la Pascua
judía y que representaría el principio del fin de la estancia en la tierra del
Hijo de Dios. Los balcones se llenaron de afortunados con vistas privilegiadas.
Alejados de empujones y estrecheces verían la escena completa desde arriba. Las
campanas tocaron y comenzaron a sonar los tambores de la agrupación musical
Dulce Nombre de Jesús. Ya asomaban las cabezas de varal y el dorado de un trono
repleto de detalles. Los invitados al banquete echaron su mirada a la ciudad
con una marcha triunfal para guiar sus pasos y el Señor con el cáliz en la mano
y consciente de su amargo destino más inmediato compartía con sus apóstoles sus
últimas horas en libertad. Hacia el Pasillo de Santa Isabel tomó como si
anduviese sola la impresionante escena en la que el Señor instituye la
eucaristía, obra del sevillano Luis Álvarez Duarte de 1971.
El desfile prosiguió con los terciopelos azules que abren
camino a María Santísima de La Paz, tallada también por el imaginero andaluz.
La Virgen de La Paz se meció con la deliciosa marcha que interpretaba la banda
que lleva su nombre. Pasos a la izquierda para enfilar la puerta y empezaron a
verse los guantes blancos de los portadores agarrados a la cabeza del varal. El
barroquismo de los arbotantes repujados en plata fueron recibidos con aplausos,
faltaban tan sólo unos pasos para ver la cara de la Dolorosa y el enorme trono
en todo su esplendor. Con su manto azul bordado centímetro a centímetro en oro,
al igual que su palio, lucía radiante. «Preciosa», comentaban algunos
ante la grandiosidad del conjunto. Los tambores cerraban el cortejo que no volvería
a su encierro hasta las doce de la madrugada.
La tribuna de los pobres y la rampa de la Aurora era ayer un
punto en el que anclarse para no perder detalle. Justo después de que pudieran
ver como los dos tronos de la Sagrada Cena hicieran la curva desde Puerta Nueva
contemplaron el cortejo procesional de Nuestro Padre Jesús Nazareno de Viñeros
y la Virgen del Traspaso y Soledad. En los escalones, una sombrilla de playa
mitigaba el calor de unos pocos. Los demás se derretían abrasados por un sol
justiciero.
Con una mecida especial el Cristo de Viñeros saludó a la
tribuna improvisada. Con su madero cargado en el hombro izquierdo, la túnica
burdeos con bordados en oro y los pies descalzos pisando lirios morados, el
trono dorado con sus cuatro grandes faroles de plata avanzaba por el Pasillo
Santa Isabel con el ritmo suave que le confieren unos portadores aún frescos
poco después de la salida. La cruz estaba sujeta con una parra en la que se
podían ver racimos de uvas como símbolo del gremio de viñeros, fundadores de la
hermandad, que se remonta al siglo XVII. Sin embargo, hasta 1962 no se produjo
la fusión del Nazareno y Traspaso y Soledad.
El público se puso en pie ante el paso de la Virgen sin
palio, con el manto de luto bordado y una corona de oro que hacia resaltar su
semblante pálido y tembloroso. Rosas en color crema adornaron el altar dorado
por el que caminó nuevamente sobre el pueblo de Málaga. Ya había tres cofradías
en la calle para celebrar un Jueves Santo que se presumía catártico.
Maribel inició el Jueves Santo bien temprano. A las 7:30
salió de Chiclana. Su objetivo, presenciar el desembarco de la legión. El año
pasado vieron a la cofradía en la calle y ayer no se querían perder a los
militares en su llegada al puerto de Málaga. Con otros tres amigos, cogió
posiciones luego frente a la casa hermandad. Desde las dos de la tarde,
pertrechados con sus sillas, se dispusieron a ver la procesión. Cinco horas más
tarde, las se abrieron las puertas, minutos antes de la hora señalada, a las
19:50. El salón de tronos lució en todo su esplendor mostrando a la ciudad al
Santísimo Cristo de la Buena Muerte y Ánimas y Nuestra Señora de la Soledad.
Málaga entera estaba en la calle para cubrir con un manto humano infranqueable
el pasillo realizado a la cofradía desde su salida en Santo Domingo hasta la
incorporación al recorrido oficial en la Alameda Principal.
Empezaron a formar los legionarios frente a las imágenes. De
la iglesia, vecina a la casa hermandad, comenzaron a salir los nazarenos de
luto. Se escuchó la corneta y las primeras campanas para llamar a los hombres
del trono. Tambores roncos acompañaban a la cruz guía.
«Vamos a rezar una plegaria para que concedan una buena
estación de penitencia», pidieron desde la cofradía mediante altavoces.
«Cristo se entregó por nosotros y por nuestra salvación», recordaron,
así que «pongámonos los capirotes, metamos el hombre bajo el varal para
proclamar nuestra fe», dijeron antes de rezar un Padre Nuestro y un Ave
María y pedir la protección de los sagrados titulares durante el recorrido.
A las ocho comenzó a salir el Cristo de la Buena Muerte con
el clásico Soy el novio de la muerte de la Legión, una de las escenas más
populares de la semana. Los hombres de trono también cantaban y en la primera
parada se escuchó una saeta espontánea. Jesús muerto en la cruz con María
Magdalena a sus pies, con su cara descompuesta por el dolor marchó con paso
firme hacia la calle Cerezuela. Con la mirada al cielo, los legionarios
cantaban su historia mientras que el gentío enmudecía. Algún «olé» se
escapaba en su camino y grandes aplausos vitorearon a los hombres de verde al
final de su canción.
Media hora después Nuestra Señora de la Soledad emprendió el
paso arropada por decenas de campanillas y las notas de la Banda Municipal de Torredonjimeno.
El impresionante trono dorado adornado con flores blancas y su manto de
terciopelo negro bordado en oro se meció con suavidad. La Virgen de las
facciones sencillas y las manos entrelazada, la Dolorosa que dentro de dos años
será coronada canónicamente rezó sobre Málaga un nuevo Jueves Santo.
Del Perchel alto al bajo, el barrio se llenó en la
tarde-noche del Jueves Santo. Con los últimos rayos de luz sobre el cielo de
Málaga, Nuestro Padre Jesús de la Misericordia se ponía en la calle bajo al
jolgorio del barrio malagueño. El Chiquito, más pequeño que la talla normal de
los Cristos de Málaga, era el señor de la Cofradía. La talla de Cristóbal
Velasco, con una rodilla hincada en el suelo y cargando la pesada cruz, daba
sus últimos pasos ante el monte Gólgota o Calvario.
Los capirotes burdeos abrían el camino para el Señor de la
Misericordia desde la Parroquia de Nuestra Señora del Carmen. Los tronos, sin
embargo, tomaban la salida desde la Casa Hermandad, perdiéndose la magia de
sacarla desde la parroquia.
A su vera, aguardando, Nuestra Señora del Gran Poder, que se
hacía grande por su calle, Ancha del Carmen, con las aceras a rebosar. Con
elegancia y sobriedad, la Virgen caminaba a paso lento en su salida
procesional. No sería la más vista del día, pero sí una de las más queridas
entre sus fervientes creyentes.
Hubo una gran desbandada de malagueños tras el paso de
Nuestro Padre Jesús de la Misericordia, lo que deslució un poco la salida de
Nuestra Señora del Gran Poder.
El trono de la Virgen, uno de los más singulares de la
Semana Santa de Málaga, brilla por si mismo. El color plateado que, a la tenue
luz del día cuando puso el pie en la calle, daba una imagen celestial, llamó la
atención de los presentes en la salida desde El Perchel. Sin duda, es una de
las imágenes más bellas del Jueves Santo, quizá comparable con la gran simpleza
de Nuestra Señora de la Soledad de Mena.
Zamarrilla es algo especial en el barrio de
Trinidad-Perchel. Una de las grandes olvidadas del Jueves Santo se imponía otra
vez hacia el cielo impoluto de Málaga. Los nazarenos y hombres de trono
aprovechaban los últimos minutos antes de salir para hablar con los que no
veían desde hace un año. La Semana Santa tiene esto. 365 días sin ver a alguien
que en un momento se convierten en tus hermanos durante unas horas.
Calle Mármoles esperaba ansiosa la llegada de María
Santísima de la Amargura Coronada. La Dolorosa, atribuida a Antonio Gutiérrez
de León y Martínez, tiene luz propia en las calles de Málaga. Además siendo una
de las más conocidas en España.
Los pequeños comercios se entremezclan con las grandes
empresas en un barrio que parece olvidado durante todo el año pero que tiene su
semana grande con las procesiones percheleras.
La angustia de una madre que ve a su hijo en el lecho de
muerte, expuesto, subido en la cruz antes de exhalar su último aliento. La
desesperación de una mirada que busca el consuelo de los malagueños que cada
Jueves Santo salen a la calle a adorarla.
Poco antes llegaba el turno de uno de los Cristos más bellos
de la imaginería de la Semana Santa Malagueña. Desde la ermita de la Zamarilla,
dividiendo El Perchel y La Trinidad, el Santísimo Cristo de los Milagros
recibía las súplicas de sus más devotos.
Subido en la cruz, la mirada de Jesús, de impotencia ante su
futuro, buscando quizá un milagro, una llamada que le salve de la muerte. El
Puente de la Aurora, donde el Lunes Santo pasase el Señor de Málaga, volvía a
recibir un año más al Santísimo Cristo de los Milagros.
El verde y el morado tiñeron un año más las calles del
centro. La Reina de Málaga, soberbia, se imponía desde su trono. La
archicofradía del Paso y de la Esperanza salió desde su basílica para llenar de
deseos a los malagueños. Las camisetas de manga corto se tornaron en abrigos a
la espera de poder presenciar a Jesús Nazareno del Paso desde el Puente de la
Esperanza.
Como si fuese en volandas, llevado por los cientos de
cofrades que esperaban con sosiego a María Santísima de la Esperanza, que se
pasearía con elegancia a altas horas de la madrugada.
No son pocos los que esperan cada año a que el romero
bendecido impregne las calles para poder coger una ramita como si de un amuleto
se tratase. Málaga se volcó para recibir al Nazareno y a la Virgen. Varios
centenares de personas se acercaron al templo esperando el paso lento de las
imágenes.
La faz de Jesús Nazareno del Paso, una de las más
características de las imágenes del Jueves Santo, volvió a deslumbrar a un
público entregados a la archicofradía que cerraría un Jueves Santo Celestial.

Tan sólo restaban unas horas para que la ciudad se tiñese de
luto.



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