Córdoba

Mi promesa

Dijo una vez el poeta que
promesas no son promesas si no cuesta lo ofrecido. Me contaron que siendo muy
niño, por razones de trabajo, llegó la Semana Santa sin poder regresar a
orillas del Guadalquivir. Siempre volvíamos por aquellas fechas al hogar, para respirar
esa fusión de azahar, incienso y cera que existe en Andalucía. Pero en aquella ocasión
no fue posible. Mi padre nunca hablaba de ello, pero mi madre me explicó que aquél
Miércoles Santo, cuando llegó la hora en que la cruz de guía debía pisar las piedras
de Capuchinos, él se enclaustró en la celda de su cuarto y no volvió a salir hasta
la mañana siguiente. Siempre pensé que debió ser duro, pero que quizás no fue
lo suficientemente fuerte para afrontarlo, que en realidad “no era para tanto…”;
hasta aquel extraño sueño…

Ya se sabe qué sucede cuando
estamos en los brazos de Morfeo; desconozco los motivos, ni qué pedí a cambio,
pero había hecho promesa de faltar a mi cita de cada primavera con mi túnica
blanca, como uno más en el firmamento de luminarias que alumbran sus benditas
pupilas. En mi sueño, llegaba el Domingo de Ramos con un intenso aroma a
cofradía. Podía escuchar cornetas en la lejanía, respirar el relajante frescor
de la mañana de abril y sentir el sonido del fleco de bellota golpeteando contra
los varales de plata: De pronto, el domingo se convirtió en Martes Santo. Yo
rezaba frente a su palio casi terminado, a expensas únicamente de la profusa ofrenda
del florista de su edén errante, observando su gloria y fantaseando que la Señora imaginaba al humilde Rey de los Cielos navegando en un mar de sentimientos.
Súbitamente comencé a
experimentar una indescriptible desazón. Había llegado el momento de cumplir mi
promesa. Me invadió la angustia y la tristeza, y una erupción de lágrimas se
derramó del volcán de mi alma, sintiéndome incapaz de inspirar. Y entonces, mi
naturaleza se rebeló y mi espíritu fue consciente de que era imposible cumplir
aquella promesa… y todo mi ser se desbocó en un arrebato de locura que me lanzó
a una frenética carrera buscando sus orillas… rompí mi promesa… no pude hacerla
realidad…
Me desperté con
una extraña sensación, envuelto en el recuerdo de mi padre y la injusticia de
mi dictamen emitido, de mi prejuicio. Y fui plenamente consciente del dolor que
debió sufrir su corazón, porque él no pudo descontar la distancia y tuvo que
tragarse el tormento y las lágrimas en silencio, en la soledad de su cárcel de
lejanía…
Despierta
Córdoba mía
bella princesa encantada.
Sabores
de primavera,
palmas,
domingo de Ramos,
incienso,
flores y cera,
un
redoble de tambores
y
sonidos de cornetas.
Y entre el fresco aroma
de
mi tierra, se respira
un
amargo olor
de
una promesa que cautiva
mi
ansia de cofradía.
Y llora mi alma
pensando
en el lento
caminar
del nazareno
y
un palio mecido
al
son de Campanilleros.
El
Martes Santo es preludio
de
pasiones y delirios.
Vestida
con blanco manto
espera
en trono de Reina,
San
Rafael entretanto
contemplando
su belleza
se
ha dormido allá en lo alto.
Sueña
entre las flores
con
el rostro de su hijo,
con
su andar sereno
y
con su paso entre el gentío,
y
siente un escalofrío.
Lucen
los claveles,
lirios
y gladiolos
para
Ti Paloma Blanca,
saetas
y palmas,
Córdoba
entera te canta.
Y
la ilusión que se muere
entre
penas concebidas.
Las
lágrimas me caían
porque
la Paz de María
llenaba
otros corazones
y
hasta el mío no alcanzaba
sino
a través de oraciones.
La
puerta cerrada,
 sólo yo con mi agonía,
pensando
en silencio
quiero
verte Madre Mía…
la
promesa se rompía.
Loco
fui a buscarles,
sin
verte en la calle
Padre
Mío no me quedo,
lo
intenté Señora
y
te juro que no puedo.
Te
vi Señor caminando
quise
sentir tu mirada.
Y me inundó la alegría
con
las notas de una marcha,
y
una saeta se oía
de
una voz rota y gitana
que
sonaba a Andalucía.
Y entre los clamores
de
su barrio, mi Sultana
bailaba
Rocío,
Jueves
Santo Madrugada,
el
pueblo ¡Guapa! gritaba.
Aquella
promesa
la
rompí sediento
de
la Paz y la Esperanza
que
brindó María,
llenando
toda mi alma.
Mi
promesa se rompió
que
yo no puedo quedarme
separado de tu amor
se
que sabrás perdonarme,
culpable
fue el corazón.

Guillermo Rodríguez

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