Córdoba, El Rocío

Mis dos medallas

Despertó
la mañana. Un rayo de sol entró por el cristal de mi ventana acariciando mi
cuarto con una luz diferente. Yo sabía que aquél día sería distinto, especial…
mis padres me habían dicho que aquello jamás había sucedido. Y que era posible
que jamás volviese a suceder. Cuando era niño, siempre eran especiales aquellos
días de enero. Eran tiempos de blancura; sin dobleces, sin miradas esquivas,
sólo nosotros y Ella….y tu gente, nuestra gente, entonces aún era nuestra
gente… Entramos por la puerta de tu casa, y allí estabas, como si fuese
Miércoles en lugar de domingo.



Era un sueño; Capuchinos era un sueño. Un sueño
maravilloso de bambalinas y de cera, de flor blanca y de faldones verdes. Y Tú,
sólo Tú, impregnándolo todo con tu inmaculada blancura, esperándome en tu
palio. Me quedé frente a ti sin saber qué decir, sin saber qué hacer. No olía a
azahar en la calle ni calentaba el sol de primavera, y sin embargo, habitabas
tu peana de plata tras tu candelería, esperando ansiosa el momento en que tu
cuadrilla te llevara hasta el Cielo por obra y gracia del martillo del timonel
de tu Grandeza. Entonces ocurrió. Un sonido diferente se escuchó en la orilla
de tu Reino. Y se abrieron tus puertas. Y una corte de gentes engalanadas de
otro tiempo cruzó el cancel de tu morada, con el Simpecado de su fe al frente,
y una ofrenda de aquella música ancestral que lo inundó todo de un hechizo
infinito y puro…. Y en el espíritu, la
Blanca Paloma que
gobierna la marisma, la que manda en Almonte y pastorea desde hace siete siglos
cada rincón de Andalucía… no estaba aquí, pero todos la sentimos como si así
fuera, como si hubiese surcado las escaleras del convento, navegando, y se
acercase lentamente, para pararse frente a la Paloma
capuchina… fue mágico, celestial… y entronizaron su Bendita efigie entre los
cirios que te alumbran. Y un ¡A esta es! se escuchó entre el silencio sublime.
Y pude ver, sentir, tu mecía aquella increíble mañana, de aquél insólito
veinticuatro de enero que el destino quiso regalarnos para que habitara nuestra
memoria como el más bello de los recuerdos. Desde entonces, mi corazón tiene
dos verdades, dos amores. Uno que florece en primavera y otro que riega mi fe
cada Pentecostés; los dos puros, blancos y eternos, los dos hermosos y
fascinantes, dos amores simbolizados en dos medallas de plata que atesora mi
orgulloso pecho…

Llevo
en mi pecho

mis
dos medallas,
en
mis adentros 
atesoradas.
Cordón
dorado
de
mi Rocío,
deseos
de plata
por
el camino.
De
blanco y verde,
Paz
y Esperanza,
tu
me proteges
Paloma
Blanca.
Son
dos amores
de
peregrino
los
que florecen
en
Capuchinos.
Mis
dos luceros
las
devociones
que
yo venero
entre
oraciones
por
ellas muero.

Guillermo Rodríguez

El domingo 24 de enero de 1982 la hermandad de Ntra. Sra.
Del Rocío de Córdoba y la hermandad de
 la Paz se hermanaron en un precioso acto en el que se hizo entrega
de una imagen de
 la Virgen del Rocío,  en plata y marfil que fue entronizada en
la delantera del paso de palio de
 la Reina de Capuchinos, figurando desde entonces en su estación de
penitencia del Miércoles Santo, en una singular ceremonia oficiada por Fray
Ricardo de Córdoba. La importancia histórica de la fecha es doble. Por un lado
porque supuso el origen de una relación que se ha perpetuado en el tiempo y que
se traduce cada año en la presencia de una representación de cada hermandad en
la solemne salida de la otra; el Miércoles Santo una presidencia rociera camina
tras el manto de
 la Paz y cada comienzo de romería del Rocío, una representación de
la hermandad capuchina precede a la carreta del Simpecado de la corporación
rociera al iniciar su peregrinación a la aldea almonteña.  El otro
elemento histórico consiste en que, hasta el momento, ha sido la única vez que
el paso de palio de
 la Virgen de la Paz se ha montado en su totalidad dentro de la Iglesia Conventual del Santo Ángel.

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