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Ntra. Sra. de las Angustias. Referencia Iconográfica

Referencia Iconográfica

Aunque la cofradía se echó a andar en el siglo XVI, uno de sus momentos más trascendentes llega en la primera mitad del siglo XVII, cuando se decide encargar las actuales imágenes. Es probable que el primer titular fuera un cuadro en que se representaba a la Virgen abrazada a Cristo muerto. El lienzo, conocido como cuadro fundacional, se conserva en la casa de hermandad.

En 1626 la hermandad encargó la hechura de sus titulares al escultor Juan de Mesa y Velasco, cordobés afincado en Sevilla. El provincial de los agustinos, Fray Pedro Suárez de Góngora, antiguo prior de San Agustín, fue el intermediario en la operación. Juan de Mesa falleció el 26 de noviembre de 1627, cuando terminaba las imágenes. Su testamento así lo atestigua: «Estoy obligado a hacer una Virgen de la Soledad o Angustias para el convento de San Agustín de Córdoba, a la cual no le faltan tres días de trabajo».

Las imágenes, las más valiosas artísticamente de la Semana Santa cordobesa, se bendijeron el 18 de marzo de 1628 en San Agustín, entonces sede de la hermandad.

Los críticos de arte aseguran que se trata de una de las Piedades más hermosas de la cristiandad, a pesar de su peculiar composición. Sólo se conoce una restauración del grupo escultórico, la que realizó el profesor Peláez del Espino en 1976. Ese año la cofradía no hizo estación de penitencia el Jueves Santo, debido al delicado estado de conservación de la Virgen.

Nuestra Señora de las Angustias es una imagen de talla completa aunque pensada para vestir, sedente, que aparece con el rostro bañado en lágrimas (cuatro en cada mejilla). Muestra una sensación de dolor absoluto, que sin embargo no consigue ocultar su singular y delicada belleza, en la que se han extasiado miles de cordobeses a lo largo de los siglos. En su regazo porta la imagen de Cristo muerto, que destaca por su espléndida anatomía y por su unción sacra. El prodigioso brazo derecho cae a los pies de la Virgen, mientras el izquierdo se extiende de manera rígida a la izquierda de la Madre. Aunque se han propuesto otras disposiciones, algunas de las cuales se han ensayado incluso en procesión, una serie de cuadros de los siglos XVII y XVIII muestran que las imágenes siempre se han venerado tal y como hoy se encuentran, por lo que la hermandad las ha mantenido así. La Virgen sostiene una espina en su mano derecha, como si la hubiese acabado de sacar de una de las cejas del Señor, donde se puede ver la señal. Con la mano izquierda sostiene la conmovedora cabeza del Cristo.

La Virgen de las Angustias luce una magnífica corona de plata cincelada por Rafael Peidró y bendecida en 1953. Tiene dos mantos: uno negro bordado en 1817 y reformado en 1958 y otro morado, bordado en oro por las Adoratrices en 1976.

Valoración Artística

El padre maestro Fray Pedro de Góngora contrató con Juan de Mesa un grupo con Nuestra Señora de la Soledad o Angustias. Según consta en el testamento, el escultor declara que “… no le faltan tres días de trabajo”. Fray Pedro de Góngora había sido superior del convento de San Agustín de Córdoba durante varios mandatos, en 1609-12, en 1617-20 y nuevamente en la década de 1630. Fue elegido provincial de Andalucía en 1620. Era de familia noble cordobesa, buen predicador y personaje conocido tanto en Córdoba como en Sevilla. Por esta razón depositaron en él la confianza los cofrades de Nuestra Señora de las Angustias a la hora de encargar los nuevos titulares.

Según tradición recogida en un testimonio de 1722, el grupo escultórico llegó a Córdoba el 18 de marzo de 1628. El hermano mayor Francisco García de Paredes rinde cuentas al visitador general en noviembre de 1628 de los gastos ocasionados por la imagen, 4.003 reales, de los que Juan de Mesa había cobrado 500 por adelantado: “… una Ymagen de nuestra señora de las Angustias y un Cristo grande en los brazos, que se hizo de bulto en la ciudad de Sevilla, en hechura y encarnado”.
Las figuras que componen el grupo están talladas por separado. Mide la escultura de la Virgen 1,30 m de altura, que se corresponde con una estatura de 1.65 m . El Señor tiene 1,75 m. La Virgen es de talla completa, aunque resuelta de modo que necesita ser vestida. Tiene los brazos de gonces y el cráneo de forma esférica, tallado el pelo por delante en un flequillo y por detrás en una coca. Muy cuidada es la labor del vestido, compuesto de corpiño y una falda de turgentes y blandos pliegues.

La imagen del Señor se atiene a los cánones habituales de Mesa. Excelente es el rostro de Cristo muerto, con la frente lisa como corresponde a la relajación post mortem y con los ojos entreabiertos, dejando ver las pupilas dilatadas que han dirigido la última mirada al cielo. La lengua se entremete en los dientes y aparece casi en los labios, como fruto de la última exhalación. Serenidad y patetismo se unen en esta plasmación magistral del gesto frío de la muerte. En el torso, el vientre hundido y el pecho hinchado reflejan igualmente el impulso del último ahogo. Cae vertical el brazo izquierdo, signo de desfallecimiento y falta de vida, tal como es frecuente ver en la imagen de la Piedad. Pero es rara la posición del brazo derecho, que penetra estirado en el plano de fondo, como si la Virgen forzara el imposible abrazo del Hijo muerto.
Precisamente esta extraña postura de la figura de Cristo es lo que llevó a manifestar a José Hernández Díaz su discrepancia con la composición actual del grupo. Propuso en cambio una disposición diagonal de Cristo a los pies de la Virgen , de modo que posara la cabeza sobre sus rodillas, descansando el brazo derecho sobre la mano del mismo lado de la Señora. De este modo se conseguía que la dirección de la mirada de la Virgen fuera hacia el rostro de Cristo. La composición así resuelta recuerda la que vemos en otras piedades del Barroco y, singularmente, la que presentan Cristo y la Virgen en el paso de la Sagrada Mortaja, del ex-convento sevillano de la Paz.
Sin embargo hay sobradas pruebas de que la composición original debió ser la que tiene. Mesa se inspira claramente en la Piedad del Vaticano, realizada por Miguel Ángel en 1497. El escultor la conocería por un grabado, lo que explicaría la posición contraria del cuerpo de Cristo, que normalmente reposa en el brazo derecho de María. El grupo vaticano explica también la mirada de la Madre al vientre del Hijo, porque no se trata de establecer una relación dramática de dolor incontenible, que se expresaría con el encuentro de los rostros, sino una relación patética, de dolor contenido, que invita a una reflexión acerca del misterio. La Virgen muestra a Cristo invitando a la contemplación, recordando el lamento con que Jeremías evoca la caída de Jerusalén, utilizado por la Iglesia en las celebraciones de Semana Santa: “Vosotros, los que por aquí pasáis: Mirad y ved si hay dolor comparable a mi dolor, al dolor con que estoy atormentada”.
Los cofrades, partidarios sin duda de una catequesis más cercana a lo real, colocaron sobre el seno de Cristo, adonde mira la Madre , un corporal con la corona de espinas, símbolo del martirio y referencia eucarística en la cultura del conceptismo, por su forma redonda y por estar impregnada del cuerpo y la sangre de Cristo. En la realidad del drama la Madre sostiene en el regazo al Hijo de sus entrañas muerto cruelmente. En el lenguaje de la mística la Madre sirve de altar en el que el Hijo inmolado se ofrece al Padre y Esposo. Para corroborar este sentido sacrificial la Virgen muestra una espina en su mano derecha.
La relación de los cofrades con las comunidades de algunos conventos femeninos cercanos dio como resultado que se hicieran versiones del grupo pintadas sobre lienzo. Ello nos ha proporcionado una visión exacta de cómo se veneró originalmente la imagen de Nuestra Señora de las Angustias. Las pinturas localizadas se encuentran hoy en el convento de las Capuchinas, en el de Santa Marta, en la parroquia de San Andrés, en la de San Lorenzo, todos en Córdoba, y en la parroquia de la Asunción en Bujalance.
La imagen ha salido de Córdoba en dos ocasiones. La primera para participar en una exposición de arte cordobés en la Biblioteca Nacional de Madrid, con motivo de la concesión a la ciudad de la Medalla de oro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en 1955. La segunda para sufrir una restauración en los Reales Alcázares de Sevilla, a cargo del equipo que dirigía Francisco Peláez del Espino, en 1976.
Alberto Villar Movellán
Catedrático Historia del Arte

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