Sevilla

«Quinario del Señor» de Antonio Burgos

Si siempre es Domingo de Ramos en la palma de bronce de la Giralda, balcón del aire de Sevilla, en la Plaza de San Lorenzo siempre es Viernes Santo. Allí está El Señor, de quinario. Basta con ese nombre. Todos sabemos qué Señor es el Señor. El Señor llamamos al Señor los que creemos que es el Rey de la Creación, el que hizo la maravilla de este señorío suyo que es la ciudad. Dios existe porque yo voy a San Lorenzo y entro a verlo cada vez que paso por allí cerca. El Señor Dios de los ejércitos de gorriones que cantan en los árboles de la plaza al atardecer, de las voces de seises de los niños que juegan y corretean entre sus bancos. Hubo un hombre enviado por Dios para que nos dejara su verdadero retrato en Sevilla. Su nombre era Juan: Juan de Mesa.
Las mejores cinco vías de Santo Tomás para demostrar la existencia de Dios son estas cinco vías de Sevilla que nos traen hasta su Señor: Conde de Barajas, Eslava, Juan Rabadán, Cardenal Spínola y Santa Clara. Entras a ver al Señor y bajo la cúpula de su basílica te sientes como dentro de la bola del mundo que creó. Hablan de la Tierra de María Santísima. Que es Sevilla. Lo que no se dice tanto, y aquí lo proclamo, es que Sevilla es la Tierra del Hijo de María Santísima, que está en San Lorenzo y sale el Viernes de Madrugada, cuando suenan las campanadas del reloj de la torre de la parroquia, y en la noche Dios vuelve de nuevo a crear la Luz. La Luz de la cera color tiniebla. Las tinieblas de la noche del Viernes Santo son las de su cera ardida.
Toda esta ciudad es la Tierra del Señor. La Sevilla del Señor. El Señor de la zancada, cargando la suerte de su Muerte para salvarnos. Ese Señor de la vieja lámina enmarcada que preside un puesto del Mercado de la calle Feria. Ese Señor de la medalla de Hermandad que un abuelo, un padre, un tío, llevó colgada a su cuello de nazareno tantas madrugadas, y que ahora parece que sigue rezando por ellos desde la esquina del cabecero de la cama del que penden con su cordón morado. Ese Señor del viejo recordatorio de una función principal metida debajo del cristal de la mesilla de noche. El Señor de la estampa con la túnica blanca, ¿o no era blanca, que le quitaron la color los besos que le dieron, como también los labios venerantes le pusieron blanca su Divina Mano? Ese Señor de las estampas puestas en la cabecera de las camas del Hospital Virgen del Rocío, del Macarena, de Valme. Ese Señor del almanaque de la tienda de comestibles, del taller del electricista del barrio, del corredor de seguros.
Ese señor de los vencejos del amanecer en la Plaza del Museo. Ese Señor del besamanos del Domingo de Ramos, ese paño blanco que le pasa por las manos un hermano que no puede aguantar las lágrimas al oír lo que le piden, lo que le agradecen, lo que le suplican, a viva voz, porque Él oye, las madres, las abuelas, las novias de Sevilla. El Señor que en su paso del Viernes Santo no es que parezca que anda, es que anda, como cuando fue sobre la mar del verso del sevillano Machado, que seguro que lo vio caminar sobre la mar de gorrillas y sombreros de ala ancha que ahora permanecen en las viejas fotografías de una entrada en San Lorenzo. El Señor de los arqueros finos de las saetas que se entrecruzan cuando sale, todas a un tiempo, como flechas que hieren y por las que se desangra el largo quejío del cante hecho oración.
El Señor pintado en el país de los abanicos del escaparate de Casa Rubio, pericones del alma de Sevilla. El Señor bordado en las sedas un capote de paseo que luego extienden sobre los ladrillos de una primera fila de barrera.El Señor del viejo cine mudo, del Movietone Fox, del No-Do, de «Vía Dolorosa», Dios en 35 milímetros. El Señor que llega a la soledad de la casa de los abuelos impedidos en la Madrugada, por la televisión que lo está dando desde La Campana. El Señor grabado sobre el mármol de las lápidas del cementerio. El Señor del viejo librito de la Novena con los textos de Fray Diego de Cádiz. El Señor de los señores de la Hermandad del Señor. El Señor de Sevilla en la Sevilla del Señor. Es absolutamente innecesario que diga que estoy hablando del Gran Poder.
(Este texto recoge parte de «El Señor de Sevilla, la Sevilla del Señor», publicado en el Anuario 2013 de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder)






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