Sendero de Sueños

Sendero de Sueños: Tenemos que aflojar y dar gracias

Pasan los días y los días sin sacar tiempo para nada. Estamos tan absortos en nuestros quehaceres diarios que no nos damos cuenta que el tiempo pasa. Somos esclavos de nuestro tiempo, de nuestro reloj. A todos los sitios vamos corriendo y no nos detenemos a mirar a nuestro alrededor, a contemplar lo que nos rodea, lo que verdaderamente nos haría feliz.
Siempre me decían que conforme fueran pasando los años eso cambiaba, que nuestra memoria se encargaba de ir desempolvando, poco a poco, los recuerdos que dormían plácidamente en nuestro baúl de los recuerdos. Eso es lo que me ha ocurrido estas dos últimas semanas.
Mi abuela, esa mujer a la que tanto me parezco, según dice la gente que la conoce, ha tenido que dormir unas cuantas noches en lo que mi padre acabó llamando «hotel». Ese hotel donde los botones, recepcionistas y demás trabajadores, visten de blanco como los ángeles, verde esperanza o azul, como la Virgen María.
Supongo que, debido a la cercanía de la romería del Rocío, mi baúl ha hecho aflorar recuerdos que creía dormidos. Y he podido recordar momentos vividos junto a ella. Momentos de los que estoy profundamente agradecida, y que sin embargo, nunca le he dicho.
Con ella hice siempre el camino con nuestra Hermandad y, aunque nos acompañaba mi madre, siempre iba cogida de su mano. De ella aprendí a ser fuerte, a decir las cosas altas y claras, sin ofender, claro está, y a no tener que esconder la cabeza, como una avestruz, o a bajar la mirada ante nadie. Soy Raquel Medina Rodríguez, cordobesa, cofrade, rociera y maestra.
De ella también aprendí a ser fiel, leal a mis ideas y valores, a defenderlos con toda mi alma, pero también a «bajarme del burro», como se suele decir, si veo que me estoy equivocando y mi interlocutor me muestra el camino correcto. También me enseñó a poner una sonrisa ante los contratiempos y adversidades.
Gracias abuela, por aquel primer día que de tu mano me acercaste contigo hasta el castizo barrio de San Basilio y sembraste en mí la semilla rociera, esa que se ha adentrado hasta lo más profundo de mi ser. Gracias por cogerme de tu mano en cada cansado camino y adentrarme contigo en el Jordán rociero, y con tus manos, rociarme con el agua bendita del Quema y bautizarme como peregrina.
El reloj sigue marcando las horas, sigue corriendo, pero de vez en cuando, tenemos que aflojar el ritmo para darnos cuenta de todo lo que poseemos y dar gracias públicamente por ello.
Raquel Medina Rodríguez

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