Sevilla

Sevilla: La crisis cualitativa

Si nos ponemos a reducir, como hacen los cocineros de la nouvelle cuisine para elaborar las salsas que maquillan el exiguo condumio que apenas llena el centro del plato, llegaremos a las dos crisis que pueden afectar a la Semana Santa: la crisis cuantitativa y la crisis cualitativa. En Román cofradiero: la crisis de la cantidad, y la crisis de la calidad. La primera se ha dado a veces a lo largo de su prolija historia. Las cofradías han tenido que alquilar nazarenos y se han quedado sin costaleros para sacar sus pasos. Se han formado bandas de cornetas y tambores con una docena de músicos, y por las calles del pasado han discurrido los cortejos más solos que la una.

Las crisis cuantitativas son muy vistosas  dan el cante al momento. Pero no son las más peligrosas. Basta un ´boom´ como el de los años 80 del pasado siglo para que se pase del zócalo a la azotea, de los números bajos a las cantidades astronómicas impensables hasta entonces. ¿Una cofradía con más de dos mil nazarenos? ¿Bandas de música con más de cien integrantes? Nos hemos acostumbrados a esas magnitudes y ahora nos parecen lo más normal del mundo.
El problema de verdad llega cuando viene la crisis cualitativa, o sea, cuando la calidad baja hasta los sótanos donde se guardan los fantasmas de la frivolidad, del todo vale, del frikismo que impera en la Semana Santa de estos albores –palabra rancia donde las haya- del siglo XXI. Las calles se llenan, los tramos se hacen interminables, la Semana Santa se consume –ojo al verbo- durante todo el año. Pero uno se pregunta por lo bajini si debajo de todo esto hay algo. Si estamos ante un escaparate sin trastienda espiritual. Si hemos convertido este fenómeno en una fenomenal puesta en escena que sirve para rellenar el ocio. Si la Semana Santa se ha convertido en una forma de pasar el tiempo, esto es, en una afición como otra cualquiera.
Debajo del asunto cuantitativo del conteo de nazarenos se adivina esa crisis cualitativa de la que hablamos. Si nos ponemos a contar capirotes para que las hermandades puedan seguir peleándose a cuenta de los cinco minutos -¡minutos!- de paso por la Campana que la una no está dispuesta a cederle a la otra, mal vamos. 
¿Dónde está la caridad? ¿Dónde el amor fraterno? ¿O es que vamos a importar el modelo de los partidos políticos para hacer del mundo de las cofradías un sucedáneo del peor politiqueo al uso?
Que una fiesta que cuenta su historia por siglos se dedique a contar nazarenos en junio es digno de estudio. Pero no de un estudio estadístico, sino de un análisis psicológico, por no decir psiquiátrico. ¿Hasta dónde vamos a llegar con este amaneramiento, con esta fijación por los asuntos más instrascendentes mientras buena parte de la ciudad le da la espalda a la Semana Santa, o la trata como si fuera un espectáculo carente de cualquier dimensión espiritual, devocional, emotiva o familiar?
Esta crisis cualitativa es mucho más profunda de lo que algunos creen. La cantidad de árboles nos impide ver la podredumbre del bosque. Pues sigamos contando nazarenos mientras la Semana Santa se hunde en una frivolidad que ha superado, en algunos aspectos, los límites grotescos del frikismo.



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