Sevilla

Sevilla: Un Miércoles Santo redondo

El sevillano aprovecha estos días de bonanza meteorológica
para recuperar sensaciones que seguro tenía olvidadas en algún perdido recoveco
de uno de sus dos hemisferios cerebrales. Eso de lanzarse a la calle a ver
cofradías sin la angustia de consultar a cada minuto los partes meteorológicos,
despreocupado de las intenciones que traen las nubes que a veces ocultan el
sol, es algo que parecía guardado en los cajones de la memoria de su más tierna
infancia. Qué lejano queda ya aquel 2009, año de la última Semana Santa de
plenitud. La falta de costumbre. Ayer, después del atípico Miércoles Santo del
año pasado -en el que La Sed, San Bernardo y El Buen Fin no salieron y Los
Panaderos… seguro que se acuerdan-, las nueve cofradías de la jornada
cumplieron felizmente sus estaciones de penitencia en un día nuevamente
radiante, de temperaturas primaverales y abanicos. La Semana Santa superó su ecuador
con un pleno de  cofradías en la calle. Y
sólo asoman nubes para el día de Pascua.
En su octava estación de penitencia a la Catedral, la
hermandad del Carmen Doloroso sigue sumando efectivos a sus filas. Unos 380
nazarenos y 60 monaguillos nutrieron el cortejo de la cofradía carmelita, que
en el proceso de conclusión del paso de misterio de las Negaciones de San Pedro
estrenó ayer la talla de la delantera y la trasera de los respiraderos y unas
airosas maniguetas, talladas por Sergio Acal. Merece la pena detenerse en la
contemplación del programa iconográfico de las cartelas del barco de Omnium
Sanctorum, con escenas de la vida de Jesús realizadas por José María Leal. El
tránsito de la cofradía por el bulevar de la Alameda se ha convertido en un
punto de gran animación familiar para presenciar a los nazarenos carmelitas.
José Loaiza, alcalde de San Fernando, la localidad gaditana donde germinó esta
hermandad, figuró en la presidencia del palio de la Virgen Marinera de la calle
Feria, que ayer lucía, de estreno, una bella saya en tisú de oro con bordados
de una casulla del XVIII.
El día arrancaba a eso del mediodía en el barrio de Nervión.
A los sones de Cristo de la Sed, de Gámez Laserna, hundida su cruz sobre un
pronunciado monte de claveles rojos, el Crucificado de Álvarez Duarte, tocado
con potencias y una exuberante corona de espinas que casi le ocultaba los ojos,
descendía la rampa de la parroquia de la Concepción para poner rumbo a la
Carrera Oficial. La reliquia de San Juan de Dios que abre el último de los
tramos del cortejo del Crucificado se da a besar a todos los componentes del
Consejo de Cofradías en el palquillo de la Campana. Después de dos años de
espera, el cielo de Sevilla volvía a reflejarse en los ojos azules de la Virgen
de Consolación.
Y de Nervión a San Bernardo. El viejo arrabal de Sevilla
volvió a vibrar con sus devociones y a lucir sus mejores galas en un día de
reencuentros y convivencia entre los antiguos vecinos y los actuales moradores
de un barrio que, a pesar de su notable transformación urbanística, conserva
sus mejores esencias cofradieras. En el año en que se conmemora el 250
aniversario de su primera estación de penitencia, el cortejo de los toreros
enseña músculo de cofradía poderosa: 2.250 nazarenos. Qué decir del clasicismo
de sus dos pasos. Dulzura en la muerte del Crucificado de Andrés Cansino y suma
elegancia en el palio de la Virgen del Refugio. Uno de sus candelabros de cola
se desprende en la calle Muñoz y Pabón. Nada que no arregle un buen alambre.
A la segunda fue la vencida. El presidente del Consejo,
Carlos Bourrellier, cumplió la ilusión de conceder la venia a su hermandad del
Buen Fin en el palquillo de la Campana. La cofradía del convento de San Antonio
de Padua está de reestreno. De los arcones de la memoria sus actuales rectores
han desempolvado algunas de las señas de identidad de la cofradía. Es el caso
de la recuperación, después de 27 años, de las velas rizadas en el palio de la
Virgen de la Palma o del reestreno de los ocho angelitos pasionarios de Seco
Velasco que lucieron entre las jarras violeteras y que aportaban una imagen
renovada de la delantera de este paso, exornado ayer con unas rosas de color
champán abiertas manualmente pétalo a pétalo. Una delicia escuchar a la
Centuria tras el Crucificado del Buen Fin. En esa tarea de bucear en su pasado
más glorioso, ayer la hermandad recuperó la marcha Virgen de la Palma,
compuesta en el año 1950 por uno de los grandes genios de la música española,
el maestro Quiroga.
A veces basta que una cofradía cambie de florista para que
sus pasos presenten una imagen renovada, distinta. Ayer le ocurrió eso a La
Lanzada, que se ha hecho con los servicios de Floristería Grado. Una combinación
asilvestrada de rosas, tulipanes, hipericum, calas, pitiminí y falsa pimienta
alfombraban el misterio de la Sagrada Lanzada, tras cuya estela cumplía ayer 25
años la banda de las Tres Caídas. Rosas vendelas de color rosa palo, rosas de
pitiminí y frecsias componen el exorno del palio de la Virgen del Buen Fin,
tras cuyo paso la hemandad recuperó ayer un cortejo de preste.
Sobre un tupido monte de claveles rojos, una nueva sábana,
elaborada por las hermanas en el costurero de la hermandad y embellecida con
encaje de Almagro, envolvió ayer el cuerpo inerte del Cristo de la Misericordia
en el regazo de la Virgen de la Piedad. Hay prisas por cumplir los horarios y
casi la totalidad de los 1.500 nazarenos del cortejo del Baratillo discurren de
tres en fondo por la Campana. Precioso el exorno floral de la Virgen de la
Caridad, compuesto exclusivamente de rosas de pitiminí.
Son ahora los nazarenos del Cristo de Burgos, la única
cofradía de negro de la jornada, los que discurren por la calle central de la
Campana. El primer teniente de alcalde de Burgos, Ángel Ibáñez, encabeza la
representación de la ciudad castellana. El exquisito repertorio musical que
interpreta la Banda del Maestro Tejera tras el paso de Madre de Dios de la
Palma y la belleza del itinerario han convertido el regreso de esta cofradía en
cita ineludible para una gran legión de cofrades. A ese repertorio se sumó ayer
la marcha Nuestro Padre Jesús de la Pasión, de Joaquín Turina.
La Archicofradía de las Siete Palabras concitó ayer gran
parte de las novedades y estrenos del día. Un recorrido jubilar por el 150
aniversario de la primera salida de su romántico misterio y el estreno de la
bambalina delantera del ahora estilizado y más armónico en sus proporciones
palio de la Virgen de la Cabeza, primer atisbo del proyecto ideado por Pepe
Asián y que mejora ostensiblemente lo que había.  Hasta cinco pequeños nazarenos del primero de
los pasos de la cofradía discurren por la Carrera Oficial sin antifaz. Llaman
la atención. Siguen echándose de menos las águilas bicéfalas de plata en la
trasera del paso del Nazareno de la Divina Misericordia. Una representación de
paisano de la hermandad de la Virgen de la Cabeza de Andújar precede a la de la
Guardia Civil de gala ante el palio de la Virgen de la Cabeza, cuyo capataz,
Rufino Madrigal, dedica la levantá en la Campana al bicentenario de la
hermandad del Rocío de Umbrete.

Ya a mediodía había personas apostadas en Orfila para
presenciar la salida de Los Panaderos. Túnica de pelo de camello para el Señor
del Soberano Poder. Hermosísimo el exorno floral de la Virgen de Regla, con
distintos tipos de flores en tonos rosas donde se mezclaban jacintos, rosas,
espigas verdes, euros y flores de cera. El retraso de la jornada es
inapreciable.

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