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Córdoba

Un conglomerado infinito de emociones

La mañana de Palmas había sido un hervidero de comentarios tras lo sucedido con la palmera de la Borriquita. Comentarios de todo tipo y vídeos virales que pasaban de teléfono en teléfono con fruición y jóvenes y no tan jóvenes devorando cualquier información que lograse ampliar lo que no había mas que una anécdota. «Lo he recibido estando en Madrid», comentaba un cofrade en una de las típicas tertulias que se multiplican a medio día en la jornada más hermosa del año, la de los encuentros, la memoria sobrevenida, los abrazos y las sonrisas repartidas por doquier. Afortunadamente lo sucedido con la palmera no pasó de un susto, sin más, una anécdota que se recordará muchos años, y una imagen atípica que ya forma parte de la historia de la Córdoba, la del paso de Borriquita sin palmera.

A medida que las manecillas del reloj fueron aproximándose a la hora mágica en que el Señor debía ser arropado por el alma de Córdoba, la emoción contenida fue apoderándose de los rostros congregados en el Alpargate, lugar al que miles de cordobeses peregrinaron para materializar el sueño de encontrarse cara a cara con el Cautivo trinitario, hasta que las puertas del local anexo a la iglesia de los Padres de Gracia se abrieron para que la cruz de guía se abriese camino entre el maremagnum de miradas que ansiaban reflejar sus pupilas son la de Jesús Rescatado y su Madre Amargura. Y todo se precipitó, el cortejo impoluto y perfectamente formado, que precedía el caminar del Señor, que nuevamente ocupaba el lugar que le corresponde sin que haya llegado el fin del mundo, por obra y gracia de una junta de gobierno que merece todos los aplausos por la valentía demostrada.

Como los merece el buen hacer de la cuadrilla que dirige Javier Santiago y sobre sus hombros lleva por Córdoba al Señor, que acompañado magistralmente por la dulzura que destila la personalísima e insustituible forma de interpretar de Coronación de Espinas, regaló al Domingo de Ramos, momentos de muchos quilates. Tras Él, María Santísima de la Amargura, por momentos alegre y en otros solemne, pero siempre elegante, derrochando un aroma inconfundible, tamizado por gotas del impecable rumbo que Carlos Quesada, ha sabido imprimir a su cuadrilla costalera. Muy de destacar fue el estreno de la Banda de la Estrella tras el palio trinitario, dejando muy buen sabor de boca.

A escasos minutos de atravesar la taurina hora de las cinco de la tarde, en la Calle del Sol se fundió el anhelo de volver a ser testigo de una nueva tarde de gloria en el océano en que cada año se convierte la calle Agustín Moreno con los tres golpes que, sobre el portón de Santiago, anunciaban que Las Penas salía a la calle. El sol comenzó a reinar poderoso  en el territorio que le pertenece, multiplicando el calor latente en las almas de los cordobeses que se habían dado cita para volver a ser partícipes de un instante irrepetible, mientras el público alborozado, comenzaba a ocupar su lugar de privilegio en las orillas del cauce, para permitir avanzar al cortejo, camino de la gloria.

El singular cortejo de la cofradía, con la seriedad que le es propia, y al mismo tiempo con ese regusto a hermandad de barrio que siempre tuvo la de Santiago, fue descontando distancia para encontrarse con Su Divina Majestad. De repente, la tempestad. El crucificado único al que rinden pleitesía en este maravilloso y genuino rincón del universo, asomó por el cancel de su feudo, y con en un suspiro, la calma mutó en derroche y en fuerza desbordante bajo las trabajaderas, como siempre ocurre. 

La cuadrilla de las Penas es única, no hay otra que se le asemeje; así ha sido siempre y así será. Sin diques que puedan contener su avance y el poderío que atesora. Y así ocurrió con cada centímetro de calle que el Cristo de las Penas y su Madre de los Desamparados fueron acariciando, con rotundidad y esencia costalera para lograr emocionar el suspiro y erizar el sentimiento. El misterio salió a la calle con «Perdona a tu pueblo» y el paso de palio con «Amarguras». Después llegó María Santísima de la Concepción, la noche tras el día, la calma frente al torrente, con la dulzura y la elegancia que la mano de Carlos Lara ha logrado plasmar en la cuadrilla que tiene el privilegio de sentirla muy cerquita, regalando a los paladares más exigentes instantes de muy elevada categoría. Un caminar de altos vuelos que, al igual que sucede con el paso de misterio, merece una gran banda detrás. 

Casi simultáneamente, La Esperanza puso en la calle su cruz de guía, con ánimo de conquistar el mundo. Pasadas las cinco menos cuarto, la apertura de las puertas del templo propició que el cortejo blanco y verde avanzase camino de su objetivo hasta que, de repente, se hizo el silencio. Y Jesús de las Penas, el Rey de los Gitanos, se asomó a la inmensidad para servir de consuelo a los corazones afligidos. A hombros de la mejor cuadrilla de Córdoba en su estilo, el impactante misterio de Antonio Bernal es todo un lujo para los sentidos. Un lujo que adquiere otra dimensión en virtud de la estratosférica calidad de Pasión de Linares que, una vez más, y en brazos de un repertorio perfecto, hechizó a todos los corazones con ese aroma a canela y clavo que solamente se respira en este rincón de la ciudad de San Rafael. Provocando un gran impacto a lo largo de todo su recorrido, la perfecta simbiosis entre la cuadrilla de la Gente de Manué y la banda linarense permite subrayar que es una de las combinaciones top de la Semana Santa de Córdoba.

Y entonces llegó Ella, poderosa, incontenible, derramándose como se derrama las flor por las esquinas de su velero, al compás de esa banda con mayúsculas que lleva con orgullo su nombre, para servir de asidero a propios y extraños y de ancla a quienes navegan en la deriva de sus tribulaciones. Nada puede hacer palidecer el arte del que emana su alegre caminar, de Gitana y de Reina, de Reina y de Gitana, por obra y gracia de su propia esencia y la de su cofradía, seña de identidad imperecedera, que no necesita ni siquiera del Bailío para ser destino insustituible para quienes buscan la magia y el compás.

El Domingo de contrastes pareció querer profundizar en su irrenunciable esencia en el preciso instante en el que la cofradía del Huerto precipitó su cortejo a las calles de Córdoba. Ansia convertida en satisfacción cuando el poderoso misterio de la Oración atravesó la frontera de San Francisco para conquistar el Compás homónimo. Un misterio que se antoja un conjunto primoroso, conformando uno de los mejores pasos de misterio de la Semana Santa de Córdoba. Una condición que endulzada por la puesta en escena que regala cada año a la ciudad de Córdoba, en base al buen hacer del equipo de capataces que manda a su cuadrilla y el magnífico contrapunto que supone para el Huerto, Redención de Córdoba, un binomio que jamás se debió perder, recuperado felizmente para la Córdoba Cofrade.

Tras sus pasos, incrustado en un cortejo que se presentó en Carrera Oficial de manera impecable, juntos los nazarenos y sin los cortes de los que antaño las cofradías cordobesas adolecían, llegó el paso del Amarrado, exornado con un gusto exquisito, otro de esos lujos que no suele salir en las listas de los pasos preferidos, pero que se desenvuelve de manera magistral, de la mano de Luís Miguel Carrión «Curro», a quien será absurdo descubrir a estas alturas, una leyenda viva de los martillos de Córdoba, que tenemos la suerte de disfrutar año tras años derramando su sabiduría a golpe de llamador. La revirá en el palquillo de entrada en Carrera Oficial fue sencillamente magistral, la mejor de la tardeUna maestría que también se denota en la elegancia sublime del palio de la Candelaria, un fijo entre los pasos que se mueven con mayor distinción de cada Semana Santa, pero que no por ello no han merecer que se destaque. La entrada en Carrera Oficial a los sones de «Saeta Cordobesa» fue una auténtica delicia. Una maestría aderezada – veremos por cuánto tiempo – por dos de las mejores bandas de música que pisan territorio cordobés cada Semana Santa, Tubamirum y Amueci; palabras mayores. Cabe destacar que el Amarrado sufrió un pequeño percance con la rotura de una de las potencias en las inmediaciones de la calle Escultor Juan de Mesa, lo que provocó que las tres le fueran retiradas.

Prueba superada con nota por parte de la Hermandad del Cerro, envuelta en los últimos años en una desazón institucional que por fin parece haber concluido tras la estabilidad alcanzada después de un proceso electoral que pese a que en algunos llegó a generar ciertas dudas, se ha demostrado positivo. Una estabilidad que ni tan siquiera el lío monumental y absolutamente extemporáneo provocado hace unas semanas por un grupo de costaleros del paso del Cristo del Amor ha sido capaz de enturbiar. La Junta de Gobierno que dirige Rocío Arranz ha demostrado una gran madurez a la hora de gestionar un grave problema que podría haber crecido hasta descontrolarse y que, en cambio, fue atajado con firmeza, determinación y claridad. 

Una estabilidad que se ha dejado sentir en la puesta en escena de la cofradía, superando con creces la evidenciada el año pasado. Desde el primer nazareno del cortejo hasta el último de sus pasos representó un auténtico soplo de aire fresco para quienes pusimos de manifiesto la pasada primavera que la hermandad del Cerro merecía mucho más. Y mucho más es lo que ahora tiene, tan solo después de unos meses de trabajo serio y esfuerzo colectivo. La presencia de Lorenzo de Juan, un auténtico maestro, con un mundo de experiencia sobre sus espaldas, ponía el contrapunto a la música de la Banda de la Salud, un auténtico diamante que sigue sorprendiendo con su fuerza inabarcable y la calidad de sus interpretaciones, un valor seguro que el Amor no puede dejar escapar.

El paso de misterio de Nuestro Padre Jesús del Silencio fue otro de los elementos destacables de un Domingo de Ramos con una nota general muy elevada. El efecto que presenta aun sin estar concluido es excelente, y así se hizo notar entre el comentario generalizado del público, harto de pasos inacabados desde el origen de los tiempos con los que algunas cofradías castigan a Córdoba. La obra, prácticamente culminada con el paso del Silencio, demuestra que, en ocasiones, se trata más de dirigir el rumbo hacia un objetivo alcanzable, en lugar de apostar por quimeras, y tener la valentía de hacer lo posible por superar los retos. Como meritoria fue la mejoría evidenciada por el paso de la Virgen de la Encarnación, uno de los palios que, tradicionalmente, suelen ser recibidos con mayores dosis de cariño por la Córdoba Cofrade y que suele dejar buen sabor de boca, que el año pasado no estuvo bien, y que de la mano de Carlos Herencia, parece haber recuperado su sello inequívoco, personal e intransferible.

A medida que las hileras de nazarenos se fueron confundiendo con la memoria de los cordobeses, la tarde se fue difuminando paulatinamente para convertirse en noche profunda. Una noche de primavera que sentó las bases de la que ha de ser una maravillosa Semana Santa en el corazón de una ciudad que está deseosa de que estalle por sus rincones si el tiempo caprichoso que amenaza con romperla por la mitad lo permite. La música, la luz, el aroma y la fe… un conglomerado infinito de emociones, que propiciará miles de escenas para el recuerdo, ha comenzado a florecer en el alma de la ciudad. Es momento de que saboreemos la esencia de cada instante, para paladearlo como merece y no permitir escapar ni un sólo detalle, en la búsqueda de que los sueños, que tantas veces hemos soñado, se conviertan en realidad.

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