Verde Esperanza

Verde Esperanza: Apología de lo propio

Estamos inmersos en una sociedad que se globaliza a una velocidad de
vértigo, arrasando con todo lo que hay y tratando de imponer lo que viene de
fuera sobre lo que había dentro. Ocurre en las empresas, ¿en qué ciudad no hay
un McDonald’s actualmente? También sucede con respecto a la cultura y la
religión, y nuestro país es el perfecto exponente de ello: observamos cómo se
pisa de forma sistemática e implacable la religión y costumbres cristianas pero
en cambio se mima hasta el ridículo otras religiones, incluso movimientos
anticristianos. Y por supuesto sucede a una escala diferente en la Semana
Santa, pero a eso volveré luego.

No quiero que se malinterpreten mis palabras como un rechazo hacia la
globalización, ya que sería absolutamente estúpido negar este fenómeno o infravalorarlo.
La globalización no es ningún movimiento político, ni si quiera ciudadano, es
un acontecimiento que está presente en cualquier sociedad de la actualidad. El
avance de los medios de comunicación y de transporte de hoy día han permitido
que cualquier ciudadano del mundo se ponga en contacto con cualquier otro de
forma casi instantánea, posibilitan que uno pueda conocer la cultura y las
costumbres del país más recóndito del planeta. Sin duda, es un fenómeno en su
mayoría positivo. Ya lo he comentado en otras ocasiones, el intercambio y
diálogo entre sociedades, culturas y religiones es sumamente beneficioso para todas
las partes. Yo te ofrezco mi cultura y mis tradiciones y tú haces lo propio,
incluso pueden importarse o adaptarse las costumbres de unos en las de otros. Hasta
ahí no existe ningún problema, somos ciudadanos de un lugar llamado mundo, como
dice la canción, y como tal hemos saber respetar, valorar y convivir con
cualquier persona, sea del lugar que sea y tenga la cultura que tenga. La parte
menos positiva comienza cuando cada pequeño lugar del planeta, con su
idiosincrasia que la hace única y diferente a todas las demás, pierde su
identidad para acoger a ciegas lo que viene de fuera. El ejemplo que puse
anteriormente de nuestro país lo refleja a la perfección. Eso no es
globalización, más bien es colonización.

Como decía la globalización es un hecho real e innegable, que está
posibilitado por la existencia de tantas culturas como pueblos pueda haber en
el planeta. En el momento en el que la globalización se convierta en una lucha
de poder por ver qué cultura se impone sobre las demás, la sociedad mundial
estará perdiendo el rumbo, puesto que para saber hacia dónde avanzamos hay que
saber de dónde hemos venido. Si en España dentro de 25, 50 o 100 años
desaparece la Semana Santa, por ejemplo, como es la intención de muchos que se
congratulan de ir a favor del progreso, estaremos talando irremediablemente nuestras
raíces, las que nos han llevado al momento y al lugar de ahora. La historia del
pueblo español está arraigada per se
en la religión católica, por mucho que moleste a una pequeña parte de la
población. Sería imposible entender nuestras ciudades, nuestra gente, si
eliminamos todo lo católico de la sociedad. Supondría perder nuestra seña de
identidad, en favor de culturas externas que, en muchos casos –en otros no-
nada han tenido que ver con nuestro territorio históricamente. En resumidas
cuentas, y para no alargarme con esta introducción –creo que ya es un poco
tarde para ello-, la globalización puede ser un fenómeno enormemente
beneficioso para cualquier cultura, pero si se comienzan a eliminar costumbres,
tradiciones, religiones y culturas históricamente enraizadas en nuestra
sociedad, estaremos dejando de ser nosotros mismos para convertirnos en algo
que nunca hemos sido. En el intercambio cultural de la globalización no
tendremos nada que ofrecer, y quedaremos como esclavos de la moda de turno
impuesta por la multinacional de turno.
Esto también sucede en el orbe cofrade. Por supuesto a una escala mucho
menor que todo lo anteriormente comentado, y con una relevancia que, en
principio, puede parecer pequeña con respecto a ello. Alguna vez he tratado el
tema de las imitaciones en Semana Santa, ya sea de pasos, estilos de bordado o
de música procesional. Para refrescar la memoria, comenté hace algún tiempo que
es ridículo hablar de “copias de” en Semana Santa. Ello se debe a que poco
lugar a la innovación –con cabeza- queda en el mundillo de lo cofrade, que toda
idea proviene de una anterior y a que no estamos ante un concurso de
originalidad. Les recuerdo este artículo por si desean ahondar en el tema (https://www.gentedepaz.es/las-imitaciones-en-el-mundo-cofrade-son/).
Por otra parte, también comentaba hace pocas semanas que la Semana Santa que
históricamente había sido espejo donde mirarse, la sevillana, había dejado de
serlo. Vuelvo a dejar el enlace del mencionado artículo (https://www.gentedepaz.es/verde-esperanza-sevilla-dejaste-de-ser/).
Hoy quiero darle una vuelta de tuerca más al tema en cuestión. Con la
Semana Santa de Sevilla sucede como con el efecto negativo de la globalización
que comentaba al comienzo del texto. Es indudable el beneficio histórico que ha
aportado en las formas, estilo, incluso arte sacro con respecto a muchísimos
lugares de España. Pero se corre el riesgo de olvidar las propias raíces por
quedar embobado con las capitalinas. Inspirarse en una Cofradía sevillana para
fundar una nueva Hermandad no está mal, ¡faltaría más! El problema viene cuando
esa adoración, por no utilizar el término idolatría, por la Semana Santa
hispalense nos lleva a infravalorar y a dejar de lado la propia cultura cofrade
de cada lugar. Como decía en el último artículo citado, a mi parecer la Sevilla
cofrade ya no es un espejo universal donde mirarse. Cada Hermandad de cada
lugar hace unas cosas bien, otras regular y otras muchas rematadamente mal.
Pero empujados por el marketing y la corriente social cofrade hispalense,
tendemos a ignorar lo que tenemos en nuestra propia casa, que sin duda tiene un
gran valor cultural.
No se trata de una defensa fanática, como sucede por ejemplo en Cádiz con
la forma de andar de algunos pasos que recuerdan a la hispalense, en detrimento
del estilo de carga históricamente gaditano. Como digo, el intercambio
cultural, incluso la adaptación de elementos de una Semana Santa a otra es
positiva. Se aprende muchísimo estando en contacto con las distintas formas de
interpretar la Pasión de Cristo a lo largo del territorio andaluz, y por
supuesto fuera de él. Es altamente enriquecedor, pero lo importante es no
olvidar quiénes somos, cofrademente hablando.
A estas alturas del texto, con tantas idas y venidas, puede usted estar
preguntándose: ¿pero a qué se refiere el artículo en concreto? Déjeme exponerle
un ejemplo con el que seguramente le quedará claro de lo que hablo. ¿Hay
procesiones en su ciudad en el intervalo de tiempo que hay desde el Jueves
Santo hasta el Viernes Santo, Madrugá incluida? También son perfectamente
válidas para ejemplificar las demás jornadas, pero quedémonos con estas dos. Si
la respuesta es afirmativa… ¿Cómo están las calles? Los puntos claves pueden
estar a rebosar –o no-, por aquella población que, por cualquier motivo, no se
desplaza a otros puntos para ver Hermandades. Pero hay muchos tramos de las
estaciones de penitencia en los que las Hermandades van solas, es una realidad.
Triste, pero realidad al fin y al cabo. En mi ciudad ocurre esto, y estoy
seguro de que sucede hasta en algunas capitales de provincia que no sean
Sevilla. El motivo es que mucha gente prefiere abandonar las Cofradías de su
pueblo para desplazarse a la capital, para ver a la Macarena o al Tres Caídas,
o a la Hermandad del Gran Poder, o Montesión, o la Conversión del Buen Ladrón.
Lo curioso es que esa propia gente el resto del año hace defensa de lo
proveniente de su ciudad natal, incluso se quejará del poco apoyo que se ofrece
del exterior, sin caer en la cuenta de que ellos mismos son los que tiran las
primeras piedras sobre el tejado municipal.
No entraré en razones de fe, por supuesto. Si uno es de la Macarena desde
pequeño, por el motivo que sea, alabado sea por tener la fuerza de voluntad de
desplazarse año tras año a la Resolana para verla salir o recogerse. Pero
cuando entra en juego el factor afición, ahí ya me escuece levemente. Como les
decía, en mi ciudad se puede ver las siete Hermandades que procesionan entre
esas dos jornadas con facilidad, y lo mismo pasa con las otras siete que
realizan estación de penitencia desde el Domingo de Ramos hasta el Miércoles
Santo. Incluso en carrera oficial se las puede ver más de una vez, aunque esto
también está facilitado por la falta de sillas en el mismo. Me da muchísima
pena cuando veo tallas de Castrillo Lastrucci, Ortega Brú, Dubé de Luque o
Pedro Moreira caminar sin público por las calles linenses. Me pregunto dónde
están todos aquellos que se traspasan el pecho a base de darse golpes durante
todo el año diciendo que son muy cofrades, y la respuesta que encuentro es que
están en Sevilla esperando de pie veinte horas si hace falta para que la
Hermandad de turno pase frente a ellos.
Podría estar uno tentado a pensar que en Sevilla está lo mejor de lo
mejor y que allí se disfruta más que en ninguna parte de las Cofradías en la
calle. Mi experiencia dice que no es así. A estas alturas del mundo cofrade, en
cualquier lugar hay grandísima imaginería religiosa sobre los pasos, unos pasos
que tienen un tallado cada vez mejor, exornados floralmente de forma exquisita
y con cada vez mejores bandas detrás de ellos. Es más, les confieso que en 2009
estuve en aquella bendita ciudad casi toda la Semana Santa, exceptuando el
Viernes Santo, y echaba de menos lo mío, lo que yo había “mamado” durante los
años que había estado en mi ciudad, es decir, todos desde que nací. Por aquel
entonces era un chaval deslumbrado por el dorado de los misterios sevillanos,
pero bastó con vivir aquello para caer en la cuenta de que mi lugar durante mi
bendita locura llamada Semana Santa, se encontraba en mi tierra. No existe
ningún recelo contra lo sevillano, sino orgullo herido de que el propio linense
–en mi caso, aunque como ya digo es extrapolable a cualquier lugar- no valore
lo que hay en su tierra. Yo, José Barea, -cada uno que hable sí mismo-,
prefiero disfrutar del procesionar del Gran Poder, nazareno de Lastrucci, un
Jueves Santo que esperar dos horas y media a que pase el palio de cualquiera de
las dos Esperanzas de la Madrugá sevillana, y sin duda prefiero ser los pies
del Cristo del Amor y deleitarme con el palio de la Esperanza el Viernes Santo
que aguardar entre el gentío inquieto y en muchas ocasiones irrespetuoso de
cualquier Hermandad de dicha jornada en otra ciudad. Y lo mismo podría decir de
todas y cada una de las jornadas de mi ciudad que convierten su Semana Santa en
una de interés turístico Nacional de Andalucía.


La apología de lo propio que he hecho de mi Semana Santa es trasladable a
la de cada lector. Tengo la certeza de ello porque gracias a esa bendita
herramienta llamada Internet –una de las causantes y frutos de la
globalización- he tenido la oportunidad de establecer contacto con las
Hermandades de muchos lugares, y cada una con su idiosincrasia la convierten en
única e irrepetible. La Hermandad de las Fusionadas de Málaga, el Cristo de los
Favores de Granada, el conjunto escultórico de las Angustias de Córdoba, la
Banda del Nazareno y la de la Salud de Huelva, el misterio de los Afligidos de
Cádiz, la Banda de la Asunción de Jódar (Jaén), los tres pasos de la Hermandad
del Prendimiento de Almería, son algunos –quizá me he excedido con las
capitales de provincia, pero en cada pequeño pueblo hay algo digno de ser
conocido y mencionado- de los muchísimos exponentes de la riqueza cofrade que
nuestra bendita tierra atesora. Y los cofrades autóctonos deberían valorar eso,
en mi opinión, antes que descender su propia Semana Santa a segunda división
para acudir a la capital andaluza, la Champions League, siguiendo con el símil
futbolero. Antes que olvidar las propias raíces y edificar sobre ellas con
materiales de producción “de moda”. Antes que enterrar años, décadas, incluso
siglos de historia. De esta manera se acaba el enriquecedor intercambio
cultural cofrade, para dejar paso al monopolio cultural cofrade. Por el bien de
la Semana Santa, en su sentido más localista y cultural, urge una apología de
lo propio en el cofrade de provincia.
José Barea

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