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2020, el año en que descubrimos que no éramos invencibles

2020 pasará a la historia de la humanidad por muchas cuestiones de diversa índole, casi ninguna halagüeña, pero, por encima de todo, lo hará por ser el año en el que los seres humanos descubrimos, repentinamente, que no éramos invencibles, por más que a lo largo de los siglos nos enseñasen lo contrario. Vivíamos en una especie de nebulosa de divinidad que nos hacía creer a salvo del oleaje, una ensoñación que se ha demostrado tan falsa como las promesas de Pedro Sánchez y que la crudeza de este año terrible se ha encargado de demostrar.

Una vulnerabilidad constatada en todos los ámbitos de la sociedad, empezando por el de nuestra propia existencia y la situación que nos corresponde en la escala natural como especie, instalados metafóricamente en una cúspide de la que un aparentemente pequeño enemigo invisible se ha encargado de hacernos descender hasta devolvernos al lugar que nos es propio, al que siempre pertenecimos. El lugar del que nuestra propia prepotencia, la que nos indujo a jugar a ser Dios, nos quiso elevar y a la que la enfermedad, la muerte y la desolación nos ha devuelto repentinamente. Una fragilidad que ha derrumbado como un castillo de naipes nuestra presuntamente súper poderosa economía, la supuestamente inexpugnable sociedad del bienestar –socialista y falaz– y los cimientos de nuestra propia idiosincrasia y nuestra realidad cotidiana, envuelta en elementos de distanciamiento y protección –más o menos efectivos– que está por ver si nos han cambiado para siempre.

Esta debilidad se ha revelado con toda su crudeza en todos los ámbitos de la sociedad, también en el de las cofradías, universo que durante décadas ha experimentado un increíble crecimiento exponencial que ha propiciado el convencimiento generalizado de que nada podría dañar su fortaleza y que en sólo unos meses se ha difuminado para siempre. Porque si algo nos ha enseñado esta terrible crisis sanitaria a quienes navegamos en el proceloso océano de las hermandades es que los cimientos que sustentan todo este cosmos, que huele permanentemente a incienso, no son tan sólidos como parecían.

La realidad ha venido a evidenciar las flaquezas de muchas hermandades cuyas economías han pasado de una preocupante dependencia de factores aleatorios, como el climatológico o el discrecional/digital –léase la concesión de subvenciones públicas, en ocasiones enmascaradas bajo la estimulante pero engañosa figura del convenio–, a un auténtico erial que ha dejado con el culo al aire muchas cuentas bancarias convertidas en un páramo sin mayor contenido que las minúsculas y menguantes cuotas de hermano incapaces de compensar las ingentes partidas de gastos que la incompetencia y la inconsciencia de muchos dirigentes se han encargado de incrementar hasta límites inconcebibles. Hasta el punto de que otro factor externo, acaso inimaginable pero factible como así ha quedado demostrado, ha convertido en imposibles de sostener. Y no será que algunos no lo advertimos cuando otros sacaban pecho, henchidos de orgullo, por una presunta fortaleza que el tiempo y la pandemia han demostrado que era tan falsa como sus promesas de abrir las puertas de la casa hermandad a los desterrados hijos de Eva…

Fragilidad que ha dañado a todos los ámbitos que se desarrollan alrededor de las hermandades. El mundo del costal (que a ver cómo se recupera de toda esta tempestad), orfebres, bordadores, cereros y artistas de muy diversa índole, conglomerado heterogéneo que conforma una auténtica industria de la que comen muchas familias y que depende, qué duda cabe, de las cofradías y que ha visto temblar sus pilares a consecuencia de las carencias económicas derivadas de los efectos de la ausencia de casi todo. Es cierto que se han continuado desvelando proyectos y estrenos pero a un ritmo desacelerado, más como consecuencia de la inercia previa que por genuina robustez. Ritmo que promete desacelerarse aún más en los próximos meses y seguir causando estragos.

¿Y qué decir de las bandas? Durante años hemos constatado la sensación de que las bandas eran invencibles y que nada las podía afectar. Que cuando se cerraba una puerta se abría un universo de posibilidades casi inagotable. Y hemos sido testigos –que le pregunten a los tesoreros de muchas cofradías– de un continuo apretar de tuercas por parte de las bandas más poderosas amparado en la sensación de que, junto con los costaleros, eran los elementos esenciales de una celebración cuyo crecimiento parecía inagotable. En ocasiones con cierto talante mafioso, detentando un poder que en absoluto les corresponde, ni a costaleros ni a músicos.

Una pretendida invulnerabilidad que ha quedado derribada como ocurrió con la de los Estados Unidos tras el miserable atentado contra el World Trade Center. Aquello supuso un auténtico shock para el pretencioso americano medio, incapaz de asumir, de repente, que no era invencible. Y algo así ha ocurrido con las bandas, especialmente con las que carecen del reconfortante colchón de seguridad que proporcionan los ayuntamientos –cuyo dinero “no es de nadie”, ya saben– o las grandes hermandades de Andalucía, verdaderos trasatlánticos cuya fortaleza está amparada en un importantísimo caladero de hermanos –el único seguro de vida que se ha demostrado válido, hasta ahora–. La pandemia ha hecho caer a las bandas de bruces frente a sus propias miserias, las que son consecuencia directa de la dependencia de sus economías de las cuentas de las hermandades. Y dañadas éstas, heridas de muerte aquellas, para incredulidad de quienes han vivido todos estos años imaginando que su poderío era inexpugnable y que una trompeta o una corneta les convertía en todopoderosos.

Quizá este sea uno de los pocos beneficios que a la larga podamos extraer de esta cruel tragedia, la oportunidad que tenemos de aprender a ser más humildes, todos. Determinados dirigentes de algunas hermandades que piensan que pueden endeudarse hasta niveles obscenos y que ojalá hayan aprendido –igual pido demasiado– que si sus ingresos dependen directamente de factores incontrolables hay que diversificar las fuentes urgentemente a través del incremento del número de hermanos –marcándose este objetivo como prioritario–. Algunos presidentes de agrupaciones y consejos –y quienes pululan permanentemente a su alrededor, influyendo en la sombra sin arriesgar– que siguen creyéndose dirigentes de grandes potencias internacionales con auténtico poder de decisión, que sitúan en el horizonte una cumbre estéril de alto standing para hacerse unas fotitos y “tomar decisiones comunes” cuando las criaturitas tienen capacidad de decisión nula toda vez que quien realmente ha de decidir lleva sotana –les guste o no. A ellos y a quienes parece querer pretender una revolución anarco cofrade–. O ciertos responsables de bandas que esperemos que hayan llegado a la conclusión de que tal vez no sea tan inteligente apretar y apretar, como diría Torra, hasta asfixiar a quienes ahora se les pide comprensión y empatía para salir del atolladero. Una oportunidad para entender, de una puñetera vez, que todos estamos en el mismo barco y que ni somos invencibles ni nunca lo fuimos.

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