Corría el año de 1937 y el pueblo de la ciudad califal se preparaba para celebrar su Semana Mayor. Una Semana Mayor que en lo que al ámbito procesional se refiere, debía aguardar hasta la jornada de un Miércoles Santo que en aquel momento solo contaba con las cofradías de Nuestro Padre Jesús en el Huerto y Jesús amarrado a la columna, Nuestro Padre Jesús del Calvario y el Santísimo Cristo de la Misericordia, partiendo esta última desde su primitiva sede en la Iglesia de la Magdalena.
El Jueves Santo, por su parte, traería a las calles cordobesas cofradías tan clásicas como la de Nuestra Señora de las Angustias – aún desde el Convento de San Agustín –, la de Nuestro Padre Jesús Caído y Nuestra Señora de la Soledad y el Santísimo Cristo de Gracia. Por último, el Viernes Santo se erigía como un día especialmente señalado en el calendario atendiendo a la denominada procesión oficial del Santo Entierro, en la que no podían dejar de participar las hermandades de la Expiración, los Dolores y, por supuesto, la del Santo Sepulcro.
Así quedaba reflejado en la desaparecida publicación titulada Cofradías Cordobesas, que ante la inminente llegada de la Semana Santa, informaba puntualmente sobre algunos de los aspectos más reseñables y característicos de ella como la instalación de las tribunas “ante las cuales desfilarán todas las cofradías, esperándose que las mujeres cordobesas presten realce a estos actos pregoneros del catolicismo de nuestro pueblo, luciendo la afiligranada peineta y la clásica mantilla, airón de España”.
En este contexto de la Córdoba cofrade de 1937, la mencionada edición de Cofradías Cordobesas destacaba la historia de las hermandades que por aquel entonces conformaban nuestra Semana Santa y entre las que llama considerablemente la atención la de la Hermandad del Santo Sepulcro, plasmada con el acompañamiento de la fotografía que encabeza este artículo y en la que se muestra la talla del yacente, ya en el interior de la hermosa urna y custodiado por cuatro ángeles en las esquinas, sosteniendo todos ellos unos curiosos candelabros. Igualmente llamativos son, sin duda, los respiraderos de aquel paso que años ha portase el cuerpo sin vida de Nuestro Señor Jesucristo y que fue costeado por la Condesa de Cárdenas entre 1900 y 1910.

Se centraba, antes que nada, aquel número de la olvidada publicación en la imagen de Cristo, sobre la que se decía que, a pesar de los esfuerzos “nos ha sido imposible obtener datos concretos con respecto a la procedencia de esta aceptable escultura de Cristo Yacente”, de la que solo se conocía con certeza lo siguiente:
Solo sabemos que en tiempos remotos se veneraba en la iglesia del Convento del Carmen (Puerta Nueva) y que tradicionalmente figuraba en la procesión del Viernes Santo. Cuando la exclaustración del citado convento fué trasladada la imagen a la parroquia del Salvador y Santo Domingo de Silos, donde actualmente se le rinde culto.
Al margen de esos antecedentes y de conformidad con los documentos conservados hasta esa fecha, no parece que jamás anteriormente se hubiese constituido cofradía alguna en torno a la talla del enigmático yacente, aunque sí es cierto que hubo un momento en que el Conde de Torres Cabrera trató por todos los medios de fundar la hermandad. Un intento que se vio frustrado debido a las complicaciones e inconvenientes que fueron surgiendo con el paso del tiempo y que, definitivamente, empujaron al aristócrata a abandonar su ilusionante proyecto.
Ya en los últimos años de la década de los 30 y desde 1932 más concretamente, “un entusiasta devoto del Cristo”, Juan Serrano Rosas, se empleó a fondo en la difícil tarea de crear la Hermandad del Santo Sepulcro, labor para la cual contó con la inestimable ayuda del entonces alcalde de Córdoba, José Castanys Jiménez, quien asimismo apoyó por aquella misma época otras iniciativas como la de Francisco Melguizo en relación con el Santísimo Cristo de la Misericordia.
El interés y los desvelos de Serrano Rosas no tardarían mucho en dar sus frutos, ya que para el citado año de 1937, la cofradía gozaba de una gran vitalidad hasta el punto de haber encargado una “notable reforma del paso” al célebre pintor y decorador Rafael Díaz Peno.
Haciendo gala de ese dinamismo y esplendor, estaba previsto que para la estación de penitencia del correspondiente Viernes Santo, los miembros de la corporación de la Compañía lucieran “ricas vestiduras y su desfile constituirá una nota acreditativa del futuro prestigio de nuestra Semana Santa”, vaticinando así el prometedor porvenir de una Córdoba que aún habría de hacer escenario de no pocas vicisitudes y exitosos resurgimientos.
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