Ocurrió un 3 de abril de 1935 en la ciudad de Córdoba y lo informó al día siguiente el diario ABC de Sevilla. Se reunieron en Córdoba D. José María Reales, de Almonte, y D. José Luís Hernández, de Sevilla, con objeto de cambiar impresiones con algunos elementos cordobeses, grandes entusiastas de la típica romería del Rocío, que deseaban constituir en Córdoba la hermandad para que anualmente, empezando por la próxima, concurran a la romería, en representación de la provincia cordobesa. Los comisionados fueron espléndidamente atendidos y se les invitó a un almuerzo, en su honor, en el que reinó el mayor entusiasmo, coincidiendo en conservar la pureza de todas aquellas fiestas típicas andaluzas, que dieron nombre por el mundo a esta región.
La hermandad quedó constituida por D. Antonio Cañero, como hermano mayor; D. Luís de Castañeda, como secretario; D. Antonio Herruzo, como tesorero; D. Eduardo Sotomayor, D. Pascual Calderón, D. Rafael López Alvear, D. Francisco Sotomayor, D. Rafael Espinosa de los Monteros, D. Alfonso Cruz Conde, D. Rafael González Madrid y D. Francisco Quesada, como diputados. Se nombró hermano mayor honorario al Señor Reales, que llevó a Almonte el saludo y un abrazo de sus compañeros de Córdoba, con el anticipo de que contribuirán al mayor éxito de la romería del Rocío, con su cooperación personal.
Este sucedido fue la culminación de una serie de acontecimientos que se desarrollaron en la ciudad de Córdoba en los últimos años de la década de los veinte y, posteriormente en los años treinta. En este sentido, la hermandad del Rocío de Córdoba afirma que las primeras noticias constatables que se poseen sobre la devoción rociera cordobesa se ciñen a este periodo temporal. Una afirmación que se basa en dos, el testimonio oral de dos participantes en los lejanos cultos que se desarrollaron por aquél entonces, Dña. Dolores Eraso Salinas y Dña. Pepita García Natera que contaron sus vivencias e informaron de que fue el famoso rejoneador D. Antonio Cañero quien ejercía de Hermano Mayor y quien mandó confeccionar el Simpecado, encargando la pintura de la Virgen del óvalo central a Julio Romero de Torres.
Los datos se confirman con el informe realizado por la directora de los museos municipales de Córdoba, Dña. Mercedes Valverde Candil, que acompañó al acta notarial del depósito que la hermandad realizó del Simpecado en el Museo de Julio Romero de Torres. En él se afirma que la pintura del Simpecado es obra del inmortal pintor y que por referencia oral de Rafael, Amalia y María Romero de Torres se conoce que fue encargada al célebre artista por el rejoneador D. Antonio Cañero, situando su fecha su ejecución hacia 1929 – 1930, siendo uno de sus últimos trabajos, ya que murió en 1930.
Pese a estos inicios, la llegada de la II República en abril de 1931 perjudicó el desarrollo de la incipiente corporación. Hasta que en 1935, se vuelven a producir noticias sobre la materialización de la devoción rociera en la ciudad de San Rafael que vuelve a emerger como el Guadiana. Tras la constitución del mes de abril, el 14 de mayo de 1935, una representación de aquellos osados rocieros cordobeses se dirigió al Obispo solicitando poder asistir en grupo al Santuario almonteño en las inminentes fiestas de Nuestra Señora del Rocío, que tendrían lugar el 8 de junio de 1935.
Tal y como citan los anales de la filial cordobesas, el documento argumentaba la escasez de tiempo para erigir la hermandad canónicamente y elegir su junta directiva. Y terminaba la solicitud suplicando al prelado que “se digne autorizar con carácter provisional el que por este año y en tanto queda para el próximo y venideros constituida la hermandad cordobesa de Nuestra Señora del Rocío, podamos asistir en colectividad los devotos cordobeses a los referidos actos religiosos”. Dicho documento fue cursado por D. Luis Ruiz de Castañeda y Aguilar, inspector técnico del Timbre, y avalado por una cincuentena de firmas de miembros de conocidas familias de la burguesía cordobesa de la época, como los Baquerizo, Fragero, Herruzo, Natera, Sepúlveda o Sotomayor destacando las firmas de personajes célebres del mundo taurino como Antonio Cañero, Rafael Guerra “Guerrita”, y Rafael González Madrid “Machaquito”. A esta solicitud acompañaba un anteproyecto de estatutos, fechado el 15 de mayo de 1935.
El obispado respondió afirmativamente a través de un oficio fechado el 21 de mayo de 1935, en el que se aceptaba la asistencia colectiva a las fiestas en honor de la Virgen del Rocío, en su santuario de las marismas almonteñas. En la prensa del día 8 de junio aparecía una nota informando que habían marchado a Almonte para asistir a los actos del Rocío unas setenta personas y que se habían enviado además cuarenta y dos caballos que utilizarían los romeros. La noticia concluía precisando que al día siguiente saldrían cien más con los estandartes”. El nutrido número de participantes nos da idea de que la devoción rociera estaba bastante extendida entre los cordobeses.
La historia de la corporación cordobesa recoge que la partida hacia la Ermita almonteña en la víspera de la celebración evidencia que el camino se hizo en medios motorizados hasta las proximidades del santuario donde ya se utilizaban las cabalgaduras. En concreto cita a fuentes orales que informaron de que el trayecto se realizó en autobús hasta la Palma del Condado y desde allí a caballo. De esta presencia se conservan en el archivo de la Hermandad testimonios gráficos. Pero lo que se efectuó con gran brillantez fue la llegada a Córdoba a la vuelta del Rocío.
Los rocieros recorrieron procesionalmente las calles cordobesas con el mayor esplendor posible. D. Eduardo Sotomayor Criado, que hacía las funciones de Hermano mayor, informaba en la prensa local con detalle de todo lo relacionado con dicha comitiva. Citaba a los romeros para las cinco de la tarde del domingo 16 de Junio en la caseta del Tiro de Pichón en terrenos de la Electro-Mecánicas a fin de organizar la comitiva. Y describía también el largo itinerario a seguir iniciándose en el Paseo de la Victoria para continuar por el Campo Santo de los Mártires, Cardenal González, Feria y por Claudio Marcelo subir a las Tendillas. Después seguirían por Gondomar, Gran Capitán, Avenida de Canalejas y a través de la Puerta del Rincón y Alfaros llegar a San Pablo para depositar los estandartes en casa de la “Hermana mayor” Dña. Teresa García Natera.
Del gran lucimiento de dicho cortejo y del amplio eco que tuvo en el pueblo cordobés que asistió en masa a contemplarlo deba detallada información el mismo medio de comunicación. Indicaba “El Defensor de Córdoba”, que los hermanos del Rocío entraron en la ciudad a las nueve de la noche procedentes de Córdoba la Vieja donde se había formado la comitiva, la cual se componía de gran número de rocieros a caballo con bellas señoritas a la grupa y algunas carretas, precedidas de bengalas y cohetes anunciadores, figurando también varios estandartes.
Tras estos lucidos actos todo hacía suponer que, tal como se prometía en las instancias dirigida al Obispo, a las fiestas del Rocío de 1936 se asistiría ya como hermandad canónicamente instituida. Sin embargo, los acontecimientos que se desencadenarían ese año frustraron, como tantos otros proyectos, los deseos de los rocieros cordobeses. Obviamente, en estas circunstancias la fundación de la hermandad quedó en suspenso y en aquella primavera no se pudo organizar la peregrinación a la aldea almonteña que con tanta solemnidad había discurrido el año anterior. Sí celebraron, en cambio, un Triduo en Honor de la Santísima Virgen del Rocío que tuvo lugar durante los días 24, 25 y 26 de junio, a las siete de la tarde, en el convento de Capuchinos, asistiendo la Hermandad con sus insignias.
De todos es conocido lo ocurrido veinte días después de aquella solemne función religiosa. Aquel proyecto en ciernes, quedó malogrado. El simpecado y otros atributos que se custodiaban en el domicilio de la Srta. García Natera fueron depositados en el cercano convento de Santa Marta, el día 25 de julio de 1936. Habrían de transcurrir más de cuatro décadas para que de nuevo el movimiento rociero cordobés se pusiera en marcha y, esta vez sí, se fundara la actual cofradía canónicamente erigida, si bien la devoción rociera cordobesa nunca llegó a extinguirse totalmente.
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