El cielo plomizo de la fría mañana de febrero, dio paso al azul inmaculado en el que, como una metamorfosis perfecta, quiso convertirse el palio infinito de la ciudad de San Rafael para acompañar al Santísimo Cristo de Gracia en una de sus citas más importantes, de todas cuantas celebra este 2018, con motivo del cuarto siglo que lleva repartiendo su grandeza por los rincones de nuestra idiosincrasia.
Una marea de cordobeses ha acompañado el devenir del crucificado indiano, camino del centro neurálgico de la devoción popular de la ciudad de San Rafael, la Santa Iglesia Catedral, precedido de un nutrido cortejo que ha derramado la inconfundible esencia y el sabor añejo y tradicional que siempre emana de esta singular cofradía. Sobriedad, elegancia y recogimiento, han trufado el ambiente al paso del Esparraguero, en medio de una ciudad que iba enmudeciendo, a medida que su presencia lo inundaba todo.
Conscientes de que estaban protagonizando un traslado, camino de un acto de culto esencial para la Cuaresma cordobesa, a celebrar entre los muros catedralicios del mayor templo de la diócesis de Osio, los hermanos de la corporación trinitaria, sin artificio innecesario alguno, desarrollaron su caminar con una agilidad y una austeridad dignas de mención, dejando para el recuerdo algunos instantes de especial emotividad como el vivido a las puertas de la Compañía, donde una sentida oración puso voz al sentimiento reinante por los miles de presentes.
Un traslado que ha dejado a su paso un aroma inconfundible de penetrante Cuaresma, aderezado por el olor de la incipiente primavera que comienza a recorrer atrevida por los rincones de la ciudad de los califas, como recorren por doquier los ensayos costaleros que se multiplican a la vuelta de la esquina y el regusto del incienso que acompañaba al imponente crucificado. Todo ello entremezclado por el deseo latente de fieles, cofrades y devotos, que han acompañado su caminar bajo el raso azul del cielo, de respirar con plena intensidad cada instante de cuantos conforman esta maravillosa cuenta atrás rumbo a la mañana en la que Córdoba estrena sonrisa, y el anhelo de que vuelen las fechas para que la Semana Santa nos estalle entre las manos con plena intensidad.
A las 18:45, con puntualidad británica, la cruz de guía esparraguera atravesó la Puerta de Santa Catalina para adentrarse en el Patio de los Naranjos y recordar, metafóricamente a los cordobeses, que era allí donde había que estar. Una sensación a la que, de algún modo quiso contribuir la insufrible dicción de quienes perpetraban la manifiestamente mejorable retransmisión institucional del Cabildo Catedral, incapaces de distinguir entre hablar andaluz y hablar rematadamente mal, insoportablemente mal, con una vocalización sencillamente ridícula. Una retransmisión, a cuyos regidores habrá que aconsejarles en el futuro que no abran los micrófonos tan pronto porque se escucha lo que no se debe, tan impropia del evento más importante de la Cuaresma de la ciudad de Córdoba, como impropio ha sido el cartel anunciador del evento.
Aun así, más allá de estos factores residuales, directamente derivados de la condición parasitaria que algunos rescoldos han adquirido con el paso de los años, por obra y gracia del agradecimiento por los servicios prestados, el recogimiento volvió a inundar el ambiente con el rezo del Vía Crucis, mientras el Hijo de Dios fue recorriendo el bosque de columnas de la Mezquita Aljama derramando su Gracia infinita por los corazones, a medida que se fueron desgranando las estaciones, y la introspección y la llamada a la oración fue apoderándose de los presentes.
Un recogimiento que ni siquiera fueron capaces de difuminar algunos miembros de la seguridad del edificio y ciertos componentes de la organización del cortejo cuyo exceso de celo traspasó, en ocasiones, los límites de la lógica, olvidando que en el término medio está la virtud. No estaría de más que alguien les recordase a los primeros, que los fieles que acompañan al Cristo entre los muros de la Catedral, lo hacen para rezar junto a Él y no para ver la Catedral de tapadillo y a los segundos, que una foto no hace daño alguno, aunque el fotógrafo se sitúe por un instante delante del Cristo, y que si recordásemos con mayor frecuencia aquellos años en los que las imágenes recorrían las calles de Córdoba prácticamente en completa soledad, entre la indiferencia de propios y extraños, a lo mejor más de uno con complejo de nuevo rico, se lo pensaba dos veces antes de echar de mala manera a un fotógrafo que está allí para ayudar a difundir nuestra fe, exactamente igual que quienes visten traje y corbata.
A la conclusión del Vía Crucis, cuando la noche de febrero se había apoderado de cada centímetro de luz, el cortejo volvió a recuperar su sobriedad inicial para buscar el cercano Convento de la Encarnación, lugar en el que el Cristo de Gracia ha de esperar la llegada de la mañana del Domingo para regresar al Alpargate, acompañado de sus hijos, y volver a regalarnos una nueva jornada para el recuerdo y la memoria colectiva de la Córdoba Cofrade.
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