Córdoba recuerda al genial pintor, con especial intensidad, cada 9 de noviembre con motivo del aniversario de su nacimiento y cada 10 de mayo, fecha en la que falleció
La Semana Santa deja siempre para el recuerdo momentos intensos e históricos a partes iguales, muchos de ellos expuestos a toda clase de críticas, con los que para bien o para mal en algunos casos, se ha seguido escribiendo nuestra querida, extensa y antigua tradición. No obstante, aunque no cabe ninguna duda de que en los últimos tiempos estamos asistiendo a una fuerte renovación de la Semana Mayor cordobesa, repleta de ilusionantes proyectos llamados a convertirse en progreso e incesante crecimiento, siempre es un placer detenerse a comprobar que existen corporaciones por las que el tiempo no pasa, manteniendo intacto su sello y negándose a envejecer, como si, en cierto modo, ya hubiesen nacido con ese marcado carácter de la Córdoba más rancia.
Esa vasta historia que muchas tienen a sus espaldas ha servido para que una gran cantidad de figuras ilustres o influyentes se vinculasen de algún modo con nuestras cofradías, contribuyendo de esta forma a una mayor popularización de estas. Claros ejemplos de lo descrito fueron diestros como Lagartijo o Manolete en el seno de la Hermandad del Caído o el Marqués de Villaseca en la Hermandad del Resucitado, que apoyó y reimpulsó a la cofradía piconera a finales de la década de los 20 tras la disolución producida por los clásicos obstáculos que a menudo se presentaban.
Por supuesto, no cabía esperar menos de una devoción como la que Córdoba profesa a la Virgen de los Dolores, a la que como por todos es sabido, también veneraba el ya citado Manolete, dando a conocer dentro y fuera de la ciudad califal el nombre de la Señora de Córdoba. Sin embargo, hubo otro ilustre cordobés en la historia, cuyo nombre y obra quedó para siempre unido a Córdoba desde que sus cuadros comenzasen a ser la ventana desde la que uno podía asomarse a nuestra hermosa ciudad para conocer a sus mujeres, sus escenarios y paisajes y, cómo no, sus tradiciones y en resumen, el alma de la capital cordobesa.
Nos referimos, desde luego, a Julio Romero de Torres, a quien Córdoba recuerda con especial intensidad cada 9 de noviembre con motivo del aniversario de su nacimiento y cada 10 de mayo, fecha en la que falleció, que entre toda su amplia y célebre obra pictórica, no quiso dejar de plasmar en sus lienzos a Nuestra Señora de los Dolores. Fue en 1918 cuando el insigne pintor realizó La Saeta – cuya réplica en azulejo destaca entre los blancos muros de San Jacinto –, en la que un paisaje habitualmente imaginario de Córdoba hacía de entorno para una parte tan importante en nuestra Semana Santa como son el Santísimo Cristo de Gracia y la Virgen de los Dolores, que parecían recorrer las calles rodeados por el pueblo en medio de un representativo ambiente, cargado de un profundo misticismo, sobriedad y religiosidad.
Contemplando dicha escena, bien cabría pensar que, al margen de su típica simbología y reflejado apego a su ciudad natal, Romero de Torres hubiera escogido a estas dos grandes devociones cordobesas, una seguida de otra, como una proyección de la desaparecida procesión del Santo Entierro, en la que, al menos durante la década de los años 20, solían procesionar en riguroso orden las imágenes de Nuestro Padre Jesús de la Oración en el Huerto, el Señor Amarrado a la Columna, Nuestro Padre Jesús del Calvario, el Santísimo Cristo de Gracia, Nuestro Padre Jesús Caído, el Santísimo Cristo de la Expiración, Nuestra Señora de las Angustias, la Virgen de los Dolores, el Santo Sepulcro y Nuestra Señora del Mayor Dolor en su Soledad.

El lazo del artista con la Señora de San Jacinto – lugar donde finalmente se celebró el funeral de Romero de Torres – se hacía de nuevo aún más evidente si tenemos en cuenta otra de sus famosas obras: La Consagración de la Copla. Aunque, tal vez, La Saeta haya alcanzado más fama a lo largo del tiempo, en esta pieza, realizada anteriormente – en 1912 para ser más exactos – revelaba también el fervor y respeto que el pintor sintiese por la Virgen de los Dolores, que aparecía retratada a la izquierda de la pintura rodeada de devotos una vez más y portada sobre un paso en el que se aprecian unas ciertas diferencias en comparación con el representado más tarde en La Saeta. Así, en este variopinto cuadro, Julio Romero de Torres dejaba constancia de la trascendencia de la Señora en la sociedad cordobesa de aquellos lejanos años.
Por si sus obras y en particular las dos mencionadas, no fuesen lo suficientemente reveladoras sobre la relación del cordobés con la Semana Santa de la ciudad, cabe recordar nuevamente su destacado papel – del que ya hablábamos en previas publicaciones – en los siete días de Pasión. Su presencia no era nada extraño en los esperados concursos de saetas – que solían tener lugar en la Plaza del Conde de Priego y el Campo de la Merced – hasta el punto de que el certamen de 1925, como se ha podido saber por fuentes documentales de la época, contó con un magnífico jurado formado por Dora “la Cordobesita”, los cantaores Ramón García, Fernando Cárdena, Manuel Mondéjar y Onofre hijo como asesores y el propio Julio Romero de Torres en compañía de su hermano Enrique, protegiendo y defendiendo las amadas tradiciones de su querida y religiosa Córdoba.
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