Esta semana tenía como hito la presentación de la talla del mal ladrón, Gestas, del grupo escultórico del paso del misterio de la hermandad de la Conversión; nosotros vamos a intentar ir más allá de una crítica al imaginero por los acierto o errores que pudiera tener la imagen, queremos reflexionar sobre el momento de la imaginería, hacia dónde camina, o nos quieren hacer caminar una nueva, eso parece, forma de entender este arte.
Córdoba medita poco, quizás porque aquí se lee poco y se “cangrejea” mucho; es una ciudad cofrade instalada en lo contingente y aconsejada por las prisas. Tanto que no hay tiempo para un diagnostico mesurado sobre qué propuestas nos dejan imágenes como la del escultor e imaginero Pedro García Velasco. Y no se trata de discutir la hermosura o no de un crucificado, o una figura secundaria, eso siempre estará adscrito al libro de los gustos; lo que debe discernirse es si la herramienta que se nos presenta para la evangelización desde un paso de misterio, o un palio, es la adecuada; o incluso, y eso es preocupante, si hoy en día esa misión es el motivo para una procesión de Semana Santa.
El imaginero nunca ha sido un pintor de iconos, para el creyente ortodoxo el icono tiene una dimensión mucho más espiritual y mística porque garantiza el paso de lo visible a lo invisible, asumiendo en consecuencia una función mediadora entre la forma concreta inmediatamente perfectible y el mundo celeste que escapa a nuestros sentidos. En resumen, pintar un icono es acto orante, con unas reglas muy rígidas y marcadas; en nuestra tradición parecía que había un canon parecido a lo que vale para los ortodoxos; Andalucía es tan mediterránea como lo es Grecia, o lo fuera Bizancio; en nuestra tierra no es ajeno un sentimiento místico que juega y conjuga lo visible con lo trascendente. ¿pero cómo se materializaba en nuestras cofradías, en nuestros titulares, en nuestras procesiones esa mediación celestial? La respuesta era con un estilo artístico tan nuestro como el Barroco, a través de él se construyó un subconsciente colectivo sobre lo que debemos esperar de la experiencia cofrade.
Pero vivimos en el siglo XXI, una era en la que se entiende el arte y la religión de una manera distinta a centurias precedentes, y ello inevitablemente ha influenciado a la semana santa, diríamos que la ha golpeado con saña, provocando que todo se ponga en cuestión. La idealización barroca ha pasado a ser sólo una opción entre muchas, en la actualidad un imaginero puede ejecutar su obra siendo completamente naturalista, y no es una cuestión que nazca del propio imaginero pues en una Iglesia en la que parece se huye del barroquismo en los ritos y se buscan referentes ajenos, y que desde el Vaticano II se hace eclesiología incrustada en la búsqueda del hombre- Dios, separándose de épocas no tan lejanas en la que el discurso preferencial era un catecismo sobre el Dios-hombre; determina un resultado que conlleva a que ciertos símbolos con los que se comunicaba al pueblo cristiano hoy carezcan de importancia
Para muchos, un ejemplo es la ubicación de San Dimas y Gestas en el Calvario acompañando a Jesús. ¿Que esto es baladí? Así lo han señalado ya muchas personas, dentro del mundo cofrade, admitiendo que ese discurso de comunicarse y evangelizar al pueblo cristiano, al que antes nos referíamos, para buena parte de los que se dicen cofrades está obsoleto. No es de extrañar pues que a la imagenería le salgan apellidos, algunos casi surrealistas o directamente inapropiados, así se puede hablar de nuevas tendencias como la del hiperrealismo idealizado y su transición al exceso hiperrealista, la post imaginería, o el neobarroco gay.
Al final la imaginería no sería sino otro producto en plena sociedad de consumo, desarraigada de sus raíces, pero adaptada a lo que la contemporaneidad exige. ¿Eso es bueno, es malo? Dejémosle la sentencia al lector, nosotros esperamos ahondar en algunas cuestiones que hemos apuntado en siguientes artículos, si Dios quiere.
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