Andalucía se aferra a la luz de su Esperanza

Me cuesta pensar que haya una zona más mariana en todo el orbe cristiano que Andalucía. La importancia de la Virgen María en nuestra tierra y nuestro ser es algo profundamente arraigado en la esencia del andaluz, y es que quien más o quien menos tiene un lugar de privilegio en su corazón para la advocación mariana de sus amores.

Nuestro privilegiado rincón del sur posee auténticos baluartes en lo que a devociones marianas se refiere, y a todos se nos ocurrirán fácilmente advocaciones con un enorme arraigo popular desde la Aldea del Rocío hasta el Santuario de la Cabeza, atravesando el corazón de Andalucía a través de la Resolana de oriente a occidente, de norte a sur.

Sin embargo, creo que fácilmente se puede llegar a la conclusión de que si hay una advocación que brilla con luz especial en algún rinconcito del corazón del cofrade es, sin duda, la de la Esperanza. Más aún en esta época de miedo y desasosiego que nos ha tocado vivir, abocándonos a aferrarnos al ancla de la Esperanza de María más que nunca. Este 18 de diciembre de 2020, pese a no poder ni tan siquiera besar su mano, las distintas imágenes marianas de la más bella advocación presiden altares de culto con motivo de su onomástica, engalanados con mimo por todos aquellos que compartimos verde latido por Ella.

Entre tanta oscuridad e incertidumbre, una luz llama la atención del pueblo, que se encuentra en triste letargo. Un pequeño destello comienza a revolotear por nuestras calles, buscando dónde poder refugiarse del frío, y no hablo precisamente del tiempo, que acontece estos días del año.

Nada, ni una pandemia mundial, puede opacar su brillo. Y es que como sucediera en Belén hace más de 2.000 años, hay quienes ven esa luz y comienzan a seguirla con ilusión y fe, caminando por unas calles que están más vacías de la cuenta en este 2020 tan atípico y surrealista que nos ha tocado vivir en nuestra querida tierra, que quedó huérfana de sus más arraigadas pasiones y tradiciones.

Un destello resplandeciente que como cada Navidad atraviesa el Arco de la Macarena para después iluminar la estrechez de la calle Pureza, emanando su luz por la calle Castilla y María Auxiliadora. La Giralda se enciende con la verde y escurridiza lucecilla, mientras la ciudad aguarda a su Virgen.

Se deja entrever correteando por la Plaza de Capuchinos, para caminar con nostalgia la Cuesta del Bailío, posándose suavemente en cada escalón dejando verde estela tras de sí, para luego dirigirse a San Andrés, donde la vida misma habita y la recibe con su habitual dulzura.

A la vez, se asoma por la vieja Onuba con aromas de San Francisco iluminando los ecos del recuerdo del Brasil Grande, y se torna del color de la esmeralda al llegar a su calle, donde reluce en todo su esplendor solo bajo la luz de unos ojos color miel que allí se cobijan.

Una chispa que escapa de la Costa del Sol y amanece la más oscura noche por el barrio del Perchel. Revolotea inquieta, embocando la calle San Jacinto, donde los latidos se hacen más intensos, cruzándose entre la basílica y Nueva Málaga.

A compás, el pequeño halo de luz comienza a destellear alrededor del monumento a Lola Flores, llenando de luz la Plazuela de la Yedra y una ciudad que este año dejó el duende refugiado en casa. Mientras, un centelleo deslumbra la Plata de la Tacita, caminando por sus bellos rincones hasta desembocar en el Convento de San Francisco. Un resplandor que también se deja ver por la pequeña y coqueta Gaucín, al sur del sur.

Una niña en Santa Ana que recupera la sonrisa al contemplar el grácil aleteo del pequeño halo de luz que sobrevuela la Alhambra y circula inadvertido hasta colarse a los pies de la sacra imagen, pasión nazarí.

Un chispazo que vuelve a iluminar el Santo Reino y un barrio de Cristo Rey que quedó huérfano de su Esperanza, mientras que destellea por Almería con aires estudiantiles en el entorno catedralicio, a la vez que allí la Macarena también brilla con torera elegancia.

A fin de cuentas, una misma luz que con la fragilidad de su centelleo es capaz de iluminar unos corazones que, por un motivo u otro, se encuentran más bien en penumbra. Pero siempre queda una pequeña rendija abierta por la que la luz de María se cuela en el hogar del alma para brindar su candor maternal.

Es una luz que nunca nada ni nadie podrá apagar, porque brilla al albor de la Esperanza, sin importar en qué rinconcito habite. Que atraviesa el alma de Andalucía para que persevere en ese anhelo de que todo vuelva a la normalidad de su típica magia de siempre, con la confianza y, en definitiva, la esperanza, de que así sea más pronto que tarde. Los andaluces nos aferramos a la luz que desprende la Esperanza, la del cristiano, la del cofrade. Porque un verde destello atravesado por un halo de blanca pureza tiñe la bandera que reviste nuestra sangre y raíces. Por eso… por eso vivimos en la tierra de María, coronada como andaluza Reina. Desde y para siempre… Ella es nuestra Esperanza.