Después de tomar fuerzas para lo que la tarde del Domingo de Ramos me deparara, me encaminé a ver a las Hermandad de las Penas, en el barrio de Santiago.
El sol brilla en la calle Agustín Moreno y el barrio espera la salida de su “moreno”, como mi nuevo amigo de ayer me dice que le llaman. Sólo han pasado unas horas y el que iba a lomos de una borriquita entre vítores y palmas, está muerto en la cruz arbórea con su Madre y su discípulo amado.
Se abre la puerta de Santiago y la Cruz de Guía se abre paso entre los vecinos del Cristo de las Penas, quienes conviven con Él todo el año, quienes le rezan a diario.
Suena la Agrupación Musical Santa Cecilia, que viene de la localidad de la campiña de Aguilar de la Frontera. La Marcha Real y costaleros levantando casi desde el suelo el Calvario que porta la Cruz, a Ntra. Sra. Madre de los Desamparados y a San Juan Evangelista.
Rompiendo el horizonte azul, dos palos que cruzan la luz. Y a los pies, la Madre… Madre que ha perdido a un Hijo en la Cruz, pero que encuentra otro a los pies. Qué duro ha debido ser escuchar de labios de Jesús que Ella es ahora la Madre de quien muere… pero también de quienes lo han matado. Puñal que atraviesa su corazón, y que estrena, obra de Alejandro Gavilán en plata sobredorada. Toda la escena sobre un monte de lirios morados.
Nazarenos de negro y rojo en fila para hacer el camino hasta el paso de palio de María Santísima de la Concepción, la Virgen de las camelias blancas. la de mirada perdida en el Cielo, buscando mil porqués. La Virgen con los ojos de Omayra, aquella niña que nos estremeció a todos tras el desastre del Nevado del Ruiz.
Sólo la música de la Banda de Las Golondrinas, de Vélez-Málaga, con el andar sobrio y elegante del paso de palio, me hizo salir de aquel recuerdo, de aquella mirada, y devolverme a las calles de Córdoba.















































