Amaneció más temprano de lo normal en casa. Había que recorrer unos cuantos kilómetros para ir en su busca. Un silencio en el coche que no se entendía, pero es que lo mejor estaba por llegar. Entrada en Sevilla. Búsqueda de aparcamiento , taxi y directos a la Basílica, antes de las 10:00 horas había que personarse. Café en Casa Manolo. Monaguillos comiendo churros y charlas sobre donde estarían los pasos: «El Sentencia por Feria y La Esperanza por las monjitas». Café y… para el atrio.
¡Qué soledad!, pero en un abrir y cerrar de ojos el nazareno llama tres veces a la puerta. Centuria Juvenil que sueña con plumas blancas en un juego de niños. Un revuelo de capas merinas y antifaces morados se adueñan de ese trocito de cielo sevillano buscando un hueco después de una maravillosa madrugá.
Corrillos de familias y amigos. Generaciones familiares recordando esta y otras muchas albas de Viernes Santo por calle Feria. Llamadas a quienes no han podido estar por algún u otro motivo. A los familiares para comunicar que todo está bien. Conversaciones triviales y búsqueda de información de lo acontecido durante la noche. «Nosotros no hemos dejado retraso, menos mal», comentaba un nazareno de cruz, comentario que ha provocado las risas entre los que allí nos encontrábamos.
Poco a poco se va escuchando la Centuria. Los moraos vienen tranquilos. El Señor se acerca al arco y se realiza el último relevo. A las 11:28 horas, Sentencia entra al atrio y desde el balcón se entona una saeta. Última levantá por parte de Ernesto Sanguino. Esa última levantá que lo llevará hasta dentro al son de Sentencia de Cristo. Una levantá por todo el cuerpo de nazarenos que lo han acompañado por Sevilla.
El sol ya está en alto. Se quiere hacer rey, sin saber que la estrella más luminosa enfila calle Parras. De tres en tres entran los tramos de la Virgen, aun así van lentos. Nazarenos con niños que han soñado con su hábito y vivir una mañana en familia con su Madre del Cielo.
Una parada bajo el arco, buscando algo de sombra, me hace vivir una conversación entre un Diputado de Tramo y un cirio verde: «disculpa, pero para entrar a la hora, tenemos que dar…» «Tranquilo», contesta. Ambos saben, son conocedores que uno debe sacrificarse por Ella, pero el otro sabe que el nazareno es su hermano.
Rojas Marcos dirige la cuadrilla de esos elegidos que llevan sobre su cerviz a la Madre de Dios. Los dirige por Resolana, que explota en un clamor popular que la hace reinar más que nunca en su barrio en la mañana más esperada durante el año.
Un momento bajo el arco buscando la sombra y al momento… Ella nos mira con sus ojos cansados pero llenos de amor, como lo de una madre, porque eso es Ella. Ella es la Madre de Dios y madre nuestra. Una madre que ayuda, tal y como el capataz del palio le ha dicho a sus hombres en la levantá antes de entrar en el atrio: «…a cuánta gente habrá ayudado esta noche…» «Esta levantá va por la banda del Carmen, que se ha entregado igual que vosotros. Al cielo con la Esperanza»
Al levantar, vi su cara entre la candelería consumida de toda la madrugá alumbrando a la que es luz de nuestras almas, el ancla de nuestra fe. El faro que guía el sendero de nuestros sueños, unos sueños que se van recitando a la vez que se le canta el himno. Parada en el atrio, saeta de Argentina y la marcha Coronación de la Macarena. Mi nana. Con la que soñaba con plumas entre mariquillas de esmeraldas. Con morados y verdes caminando por Sor Ángela, Feria, Parras y Resolana. Sueños de una niña macarena que al besar su manto puso en sus manos todas sus ilusiones.


































































































































































































































































