Llegamos hoy a uno de esos «tres jueves que relucen más que el sol». De ellos solo queda uno en la tradición popular: el Jueves Santo. Los otros, de acuerdo con los nuevos tiempos y las nuevas normas establecidas, se han tenido que ir adaptando a las circunstancias laborales, perdiendo su carácter festivo si exceptuamos algunos lugares especiales de nuestra geografía.
Pero para nosotros, la evocación del Día de Corpus siempre será permanente. Celebramos en ella el mejor homenaje a la Eucaristía y quienes seguimos siendo fieles a las tradiciones de nuestra Iglesia católica, no podemos olvidar esta fecha, ahora trasladada al domingo siguiente. Recordar es vivir de nuevo. Y para los que abundamos en años y en memoria viva de una vida llena de color y de bellos simbolismos, hoy es un día en el que nos trasladamos en la distancia a aquellas décadas en que la fiesta de Corpus se celebraba con un esplendor inusitado que saltaba de lo puramente religioso a la alegría popular. Recuerdos de un día de gran solemnidad y brillantez, donde en Córdoba se celebraba la festividad de la adoración del Cuerpo y la Sangre de Cristo, representado en la Custodia. Su procesión, fue siempre cita obligada para cordobeses y visitantes que disfrutaban de la Custodia por las calles del centro o del baile de los seises.
Por fin, esto año parece que el Cabildo se ha propuesto la recuperación de la fiesta. Una meta que viene demandándose por parte de todos desde hace años. Pero que todavía queda hacer más cambios para que la fiesta vuelva a parecerse a la de antaño, por lo pronto que la Procesión sea por la mañana.
Pero también el día del Corpus Christi, es el tradicional «Día de la Caridad», en el que hemos de percibir de un modo singularísimo como cristianos, el dolor y los problemas de cuantos sufren. El ser humano, que en estos tiempos no cree más que en realidades concretas y visibles, tiene que volver a mirar al Evangelio como plenitud de vida espiritual. Una Iglesia, que no se encarna en los problemas humanos, que no sirve a las personas en sus necesidades, y que no da de lo que tiene, no representa la verdadera Iglesia de Cristo.
Este Día de la Caridad adquiere su fuerza y su acicate de la fiesta del Corpus Christi, de la Eucaristía, en que se enmarca. Este Sacramento de Unidad, este Símbolo eficaz de Amor, ambienta y anima el trabajo por la justicia social a que de modo comprometido y comprometedor debe siempre llevar. Por eso desde esta columna, hoy más que nunca, un fuerte aplauso para Cáritas.
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