Todos los detalles del altar del besapiés del Remedio de Ánimas

Como marcan los Estatutos de la Muy Humilde y Antigua Hermandad Sacramental del Santísimo Cristo del Remedio de Ánimas y Nuestra Señora Madre de Dios en sus Tristezas, cada primer viernes de marzo se expone en devoto besapiés la venerada imagen del Santísimo Cristo, para lo cual se ha preparado su capilla de tal modo que, no solo solemnice dicho acontecimiento, sino que también ofrezca públicamente una protestación de fe.

En este caso, se concretiza el momento final de nuestra vida, aquellas conocidas
postrimerías que comienzan con la muerte, siguen con el juicio y culminan en la condena o en la gloria eternas. Con esto bien presente, observamos un retablo negro y dorado que simboliza el momento de la muerte, verdad indefectible que a su vez nos recuerda la brevedad de nuestra vida, aquel tempus fugit que pasa frágilmente «como la nube», «como la sombra» (Job 7,9.14,2).

A cada lado, sendos pares de columnas enmarcan una cornucopia en su parte superior, mientras que en la inferior los ángeles tonantes portan elementos que refuerzan aquel discurrir de la existencia, como clamando aquello de las Sagradas Escrituras: «¿Qué es vuestra vida? Pues sois vapor que aparece un instante y después desaparece» (Sant 4,11). Arriba del vano, coronando la estructura, el frontón triangular exhibe los elementos de la Pasión, dando a entender que nuestra vida está cubierta por aquel tránsito tremendo que, asimismo, cubre nuestro camino hacia lo invisible.

Es aquí, en el vano que sirve de puerta, cuando aparece Cristo crucificado a nuestro paso, diciéndonos: «Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará» (Jn 10,9). Por tal razón manifiesta se ha situado la venerada imagen del Señor a la entrada de su capilla, hecho en sí nunca antes contemplado, pues Cristo viene hacia nosotros y nos espera a las puertas de la vida tras la muerte en virtud de su pasión para «dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20,28b). Con el suelo simulado, se escenifica también su divina mediación hacia el Padre con el fin de llevarnos al paraíso, lugar simbolizado en el interior de la capilla por diversos elementos, entre los que destacan las figuras de los ángeles, los cuales portan símbolos de aquella gloria futura conquistada por Cristo mediante su triunfo sobre el mundo, la muerte y el pecado. En su interior, tras pasar el arco, parecen resonar los ecos del Apocalipsis (22,14): «Bienaventurados los que lavan sus vestiduras para tener acceso al árbol de la vida y entrar por las puertas de la ciudad», ya que tras la muerte «verán su rostro, y su nombre estará sobre sus frentes, […] porque el Señor Dios los iluminará y reinarán por los siglos de los siglos» (Ap 22,4.5b).

Con esta declarativa escena nos congregamos una vez más ante la presencia del Santísimo Cristo del Remedio de Ánimas, haciendo nuestro aquel himno de San Pablo que parafrásticamente declama que Cristo, a pesar de su condición divina, se humilló obedientemente hasta la muerte en la cruz, siendo así ensalzado sobre todo nombre; «de modo que al nombre de Jesús, toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre» (Fil 2,20-22).