No hay nada comparable una tarde de Domingo de Ramos, cuando la ilusión, incrustada en las pupilas, se expresa en cada mirada.
Es un ritual atávico, un escalofrío que traspasa de generación a generación como un legado invisible, pero constante como la equis de la ecuación. Y, de la misma, la incógnita es el misterio inscrito en la mirada que te devuelve la vida desde un paso de palio.
Entonces las cofradías cobran todo su sentido y da igual que sea Domingo de Ramos o la víspera de Todos los Santos, porque la Virgen, la de la Estrella, te atrapa como la primera vez.
Es un sortilegio, algo casi mágico. Hay quien lo llama gracia, un término que se puede aplicar a la Estrella, la valiente, que teme lo mismo a una guerra que a un temporal y este se detiene para acariciar su rostro con unos tímidos rayos de sol, que se ruborizan con su presencia.
Es una cuestión de concepto, de ese escalofrío que se traspasa de generación en generación y cuyo ejemplo se ve en todas partes. Hasta en la pizarra de un bar, que borra las tas escritas con tiza, para hacer de cartel improvisado anunciando su procesión.






