Así como el Santísimo Cristo del Remedio de Ánimas preside el altar mayor por su Quinario, la bendita imagen de Nuestra Señora, Madre de Dios en sus Tristezas, colma las hechuras de su capilla en el día de su devoto besamanos. Es por eso que rubrica la escena el lema Reina de todos los Santos, pues «en efecto, la Madre de Cristo es glorificada como «Reina universal» ya que, por su mediación subordinada al Redentor, contribuye de manera especial a la unión de la Iglesia peregrina en la tierra con la realidad escatológica y celestial de la comunión de los santos» (Redemptoris Mater, III, 1, 41).
Justamente en la entrada se aprecian dos ángeles. Uno de ellos porta el Santo Rosario y el sol, atributos y signos propios de la Orden de Predicadores fundada por Santo Domingo. Ese rosario responde a las suplicas lanzadas por el santo a Nuestra Señora, la cual se le apareció y le entrego el bienaventurado sacramental para ayudarle en su labor pastoral. Del mismo modo, hoy la Iglesia lo celebra como un gran medio de oración, especialmente por los difuntos, otorgándole numerosas indulgencias; pues el Rosario forma parte de la mejor y más reconocida tradición de la contemplación cristiana» (Rosarium Virginis Mariae, 5). El otro ángel porta la luna y el Escapulario, signo el primero que nos recuerda a aquella misma luna que era hollada por los pies de la mujer del Apocalipsis (12,1-9). El Escapulario es una referencia directa a la Orden de los Carmelitas y a San Simón Stock, quien recibió de María, al modo de Santo Domingo, este otro afamado sacramental, cargado de multitud de indulgencias para sus devotos.
Asimismo, en el interior se puede observar una puerta que simboliza el Purgatorio, aquel lugar del que habla el apóstol San Pablo cuando dice que «si la obra de uno se quema, sufrirá el castigo; mas él se salvará, aunque como quien escapa del fuego» (1 Cor 3,15). Dos ángeles la abren: uno de ellos lleva un ancla y, a sus pies, descansa el globo terráqueo, viniendo a significar todo que María es la esperanza del mundo; el otro, por su parte, luce la corona real, símbolo tanto de la realeza de Nuestra Señora ya citada como de aquella corona incorruptible de la que escribe San Pablo (cf. 1 Cor 9,25) y que podemos sobreentender como premio de los que perseveran y se purifican.
De este modo, toda la escena que se dibuja bajo la bóveda de la capilla converge en una única y profunda idea catequética: María, la felicitada por todas las generaciones (cf. Lc 1,47), por su admirable intercesión ante Dios, se convierte en «ancla del mundo» y «Reina de todos los Santos>>> en virtud de los méritos de su dulcísimo Hijo; el cual viene a nuestro encuentro mediante el rosario y el escapulario, pues el primero tiene como centro la contemplación del misterio del Salvador a través de su Madre (cf. Ros. Virg. Mar.), mientras el segundo nos sirve de asidero a la voluntad divina al modo del yugo ligero del cual nos habla el Evangelio (cf. Mt 11,28-30). Por ambos medios y con el beatísimo auxilio de Nuestra Señora, las puertas del Purgatorio no pueden sino ceder ante la misericordia divina y dejar paso a la gloria venidera, en el cual nos espera «la reina enjoyada con oro de Ofir» (Sal 44,10), es decir, la mismísima María.













