El capirote | De plátanos y vírgenes

Cuando hace unos años expresaba en una clase de Pensamiento crítico en el arte contemporáneo que la obra Comedian, de Maurizio Cattelan, no me parecía una obra de arte, la profesora, en un estado fuera de sí, se subía por las paredes al no dar crédito de lo que acababa de oír. Ella, que se había pasado las clases contándonos que nunca había conocido al amor de su vida -por favor, si lees esto, sigue escondido- comenzó a disparar dejándome cuanto menos como si fuera un completo ignorante.

Acabó la clase y se acercaron los compañeros a darme la razón, y a uno se le acaba quedando la misma cara que cuando te regalan un décimo después de haberse realizado el sorteo. Pero el asunto no quedó ahí. Porque en otra materia el tema volvió a salir y uno, que no es precisamente de darse por vencido, volvió a exponer lo que le parecía el plátano más famoso de la historia. Entonces el profesor nos hizo un recorrido por cómo el arte -sobre todo el contemporáneo- está totalmente movido por unos hilos que son los que legitiman el mercado.

Vimos un reportaje, emitido en televisión hace unos años, donde unos expertos en arte contemporáneo analizaban unas obras -sin conocer al autor- y hacían un exhaustivo análisis de las mismas. Aquellos trazos sin sentido, aquellos giros del pincel acabaron siendo definidos como ejecutados con una tremenda fuerza, con un impulso irracional. Salieron de allí maravillados. En efecto, los autores detrás de aquellas obras de arte era genios: unos niños de entre cuatro y cinco años. Dicho de otro modo, el mundo del arte actual está organizado de modo que triunfa el que nace con suerte o está legitimado por todo lo que hay detrás que no vemos. Así se entiende, por ejemplo, que Salvatore Garau vendiera una obra que no es visible, compuesta por aire, por 18 000 euros.

Io Sono, de Salvatore Garau

Si usted o yo hubiéramos pegado una banana en la pared o hecho la misma obra de Luis Gordillo nos habríamos comido los mocos. Pero al hacerlo ellos se convierte ipso facto en una magistral condensación de genialidad que no se ha visto nunca en todos los millones de años que tiene la Tierra. Por lo tanto, cuando se contacta con un autor para la realización de un cartel, da exactamente igual lo que pinte porque el nombre es aquí lo que impera. Y surgen personalidades como José de León que hiperventilan al ver tan inconmensurable obra, aunque si te acercas con un trazo de tu sobrino y le preguntas qué le parece, quizá la excitación no sea la misma. O sí.

En medio de este vodevil que es el arte contemporáneo la hermandad de la Macarena, muy consciente de cómo pinta Gordillo, quiere el nombre, la obra de un autor reconocido, aunque hubiera plasmado un plátano en el lienzo. Los afines a la corporación vendrán a darnos lecciones sobre un universo que conozco de primera mano. Porque si no supiera de esto, mejor escribir de otro asunto. Por cierto, es lo que señala hoy Mario Daza en su artículo, que es mejor no opinar de lo que uno no sabe. Me pregunto entonces por qué aseguró que la Macarena es la primera dolorosa del mundo en tener la Rosa de oro. Él, que sabe de primera mano que se va a intervenir el manto de los Cisneros, que nos cuente mejor si es una apuesta por el patrimonio por parte de la junta de gobierno o es la consecuencia de aquel aguacero que le cayó por el fallo en el sistema antiincendios. Seguro que vosotros sabéis en qué lado de la balanza se situaría. Pues así, más o menos, es el arte contemporáneo.