“Tienes que aprender a mentir sin que se note que lo estás haciendo”. Esa frase me la dijeron hace tantos años, que ya solo sería capaz de contextualizarla en los años ’80.
La autora de la misma fue mi abuela paterna, de la que heredé parte de mi complexión, un amor (casi adicción) por las pipas, el carácter difícil y lo poco o lo mucho que sé jugar a las cartas.
Y a colación de eso último venía la frase, pues empezó enseñándome las artes de la Brisca y una tarde en la que olía a brasero de picón llegó el turno del Mentiroso. No sé si fue porque me veía preparado o porque sintió la necesidad de la enseñanza vital.
Pero era psicología inversa, eso lo descubrí cuando comencé a escribir y a relacionarme a regañadientes con los integrantes del gremio del que nunca he sido ni me he sentido ni he querido ser parte. Aunque esto último me pasa con casi todo, el avenate asocial que lo llaman.
Pero la primera incursión en el corporativismo mediático fue singular, pues utilizaron una frase que se la dejo a una futura columna de mi director.
De eso hará diez años y, desde entonces hasta hoy, casi todos los estilitas que se autoproclaman periodistas (sin tener ni de lejos el talento de Napoleón cuando hizo lo propio para erigirse emperador) se han quitado la careta y ahora (algo que trajeron Navarro y Sardá y elevaron a la enésima potencia potencia Pedrerol y Vázquez) supuestos informadores y opinadores se han convertido en sus propios personajes, o caricatura de sí mismos, depende del observador.
Así se puede atacar con la impunidad que bordea el insulto constante, para poner o quitar a tal banda o tal capataz. Y quien se presenta a unas elecciones puede soslayar, de modo oportuno, que vas a cambiar de banda o vas a traer de vuelta a tal capataz.
Así, si la jugada sale bien, cuando te quedas sin cartas ganas la partida y puedes comenzar una nueva, ya sea en tu programa (o en el de tu ideólogo en la sombra), en tus actuaciones o dirigiendo una cofradía. El daño no importa, porque esto es un juego en el que solo importa quedarte sin cartas, ganar y repartir de nuevo. Se llama el Mentiroso.
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