Nuestra Semana Santa es inminente. En cuanto asome por la esquina, nos envolverá en brillos, colores, olores y sonidos, inundando nuestra vista con imágenes tan poderosas que ni el mejor escritor, con toda su prosa y su paciencia, sería capaz de describir sin quedarse corto. Una belleza sin igual, sí, pero también una puesta en escena tan exuberante que a veces parece diseñada para competir con cualquier superproducción cinematográfica. Y claro, entre tanta espectacularidad, uno corre el riesgo de olvidar que todo esto empezó siendo algo bastante más sencillo.
El incienso, ese viejo conocido que se cuela en cada rendija, diluye miradas, satura fosas nasales y se mezcla con las marchas más melodiosas, interpretadas por las bandas más caras y comerciales, esas que todas las hermandades desean pero que solo unas pocas pueden pagar sin pestañear.
Mientras tanto, el brillo de los hilos de oro de las bambalinas, quizá venidos de algún taller lejano donde el oro parece más barato que el pan, sigue compitiendo con los talleres artesanales de maestros y aprendices, que mantienen su dignidad aunque no puedan competir con los precios de la industria global.
El golpe del llamador, esa pequeña droga emocional para quienes han sido picados por la serpiente del brillo, el sonido y el estatus cofrade, obnubila la vista al ritmo cadencioso del fleco de bellota, grueso y pesado, que con su vaivén hipnótico nos roba la atención como si fuera un péndulo de hipnotizador.
El tintineo de las campanillas de los varales mece el techo de palio, compitiendo con el tintineo más discreto de las coronillas de los arbóreos del misterio, mientras un grupo escultórico del artista de moda dispersa nuestras miradas como si estuviéramos en una exposición de arte contemporáneo. Y con todos los sentidos saturados, vista cegada, oído taponado por cornetas y tambores, piel erizada y olfato derrotado por la humareda de incienso, quizá estemos perdiendo lo más importante. Y no, no hablo del dorado del paso, ni de sus capillas, ni de las esquinas, ni de los talones, ni de la flor, ni de las gualdrapas nuevas (por supuesto bordadas), ni de los ciriales labrados en el metal más puro, ni de la presidencia repleta de mandos, jerarcas y autoridades que parecen desfilar con más solemnidad que el propio paso.
Con tanto brillo, sonido, olor y distracción, al final parece que lo único que nos queda por admirar es la técnica de los costaleros, el carisma del capataz, la elegancia del andar, el uniforme perfectamente conjuntado a golpe de bordado en costal, sudadera, camiseta y pantalón. También el lugar de las mantillas, su decoro, su orden perfecto, compitiendo con su propia belleza como si fueran parte de un desfile cuidadosamente coreografiado.
Y sin embargo, entre tanto deslumbramiento, tanto brillo y tanto ruido… se me ha pasado mirar a la cara al bendito titular que pasaba justo delante. Porque, al final, la riqueza y el oro tienen esa habilidad tan humana de taparlo todo, incluso lo que debería ser el centro importante de la escena.
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