La revirá | El costalero que no necesita que nadie sepa quién es

La Semana Santa ha convertido al costalero en una figura cada vez más visible, cuando buena parte de su grandeza nació precisamente de lo contrario: de caminar oculto, de trabajar sin reclamar protagonismo y de asumir que su nombre era infinitamente menos importante que aquello que llevaba sobre los hombros. Existe algo profundamente contradictorio en la evolución contemporánea de este universo: cuanto más se habla de humildad, sacrificio y compromiso, mayor parece ser la necesidad de algunos de exhibir públicamente cada detalle de su condición de costalero. La trabajadera, que debería ser un espacio de comunión, comienza a parecer en determinados ambientes una pasarela; el costal, una pieza de identidad personal; la ropa, una declaración estética; la fotografía bajo el paso, una suerte de certificado de existencia; y la pertenencia a determinadas cuadrillas, un elemento de distinción social. Se ha construido alrededor del anonimato una industria de la notoriedad, y acaso convendría detenerse un instante para preguntarnos qué queda de aquella figura que entendía que su mayor mérito consistía precisamente en que nadie necesitara saber quién era.

No se trata de demonizar la evolución, ni de convertir la tradición en una pieza de museo, ni mucho menos de negar la importancia que tienen la técnica, la preparación física, la correcta colocación de la ropa o el cuidado de todos aquellos elementos que permiten desempeñar adecuadamente una labor exigente. Sería absurdo. El problema aparece cuando lo instrumental termina ocupando el lugar de lo esencial, cuando la preocupación por cómo se anda eclipsa la razón por la que se anda y cuando la estética termina sustituyendo a la ética. Porque una buena chicotá puede ser magnífica, una revirá perfectamente ejecutada puede provocar admiración y una cuadrilla puede alcanzar un nivel técnico extraordinario, pero nada de eso convierte automáticamente a quien se coloca bajo un paso en un mejor costalero entendido en su dimensión más profunda. El auténtico valor se encuentra en aquello que no siempre puede fotografiarse: la capacidad de sacrificarse por los demás, la puntualidad cuando nadie aplaude, el respeto hacia el compañero, la obediencia cuando la decisión no coincide con el criterio propio, la humildad para aceptar una corrección y la disposición para cargar con el peso sin convertir la carga en una plataforma para alimentar el ego. El costalero debería aspirar a ser imprescindible bajo las trabajaderas y perfectamente prescindible fuera de ellas.

Quizá por eso resulte especialmente preocupante la progresiva desaparición de ese costalero discreto que entendía su condición como una forma de servicio. No todo lo que se exhibe añade valor, ni todo lo que permanece oculto carece de importancia. Hay quienes parecen necesitar convertir cada momento en contenido, cada esfuerzo en escaparate y cada experiencia bajo un paso en una credencial pública de pertenencia. Y cuando la necesidad de ser reconocido se instala en el corazón de una cuadrilla, la fraternidad comienza a resentirse porque el grupo deja de ser una comunidad de hermanos para convertirse en una suma de individualidades empeñadas en demostrar su singularidad. La paradoja es magnífica: todos quieren ser diferentes y terminan pareciéndose extraordinariamente entre sí. La búsqueda desesperada de originalidad produce una uniformidad tan estridente como previsible. El costalero que necesita demostrar constantemente que es costalero quizá haya olvidado que la verdadera condición de cirineo no necesita publicidad. Bajo las trabajaderas no debería existir una competición por ocupar el centro del escenario, sino una conciencia compartida de que todos forman parte de algo que necesariamente está por encima de cada uno de ellos.

Y quizá haya que reivindicar, sin complejos y contra determinadas modas, la dignidad de desaparecer. Volver a entender que cargar un paso es una manifestación de fe antes que una disciplina deportiva, una forma de servicio antes que una credencial social y una experiencia colectiva antes que un proyecto de promoción personal. El anonimato no debería interpretarse como una carencia de reconocimiento, sino como una de las expresiones más hermosas de la humildad: trabajar para que otro brille, asumir el esfuerzo sin reclamar recompensa y aceptar que, cuando el paso termina su recorrido, el mérito pertenece mucho más a la Hermandad que a cada uno de quienes hicieron posible que caminara. Tal vez el costalero del futuro no necesite más cámaras, más etiquetas, más modas ni más mecanismos para distinguirse de los demás, sino algo bastante más difícil: recuperar la capacidad de pasar desapercibido. Porque cuando debajo de un paso todos dejan de preguntarse quién es el protagonista y comienzan a preocuparse por hacer bien aquello que les corresponde, entonces aparece la verdadera grandeza de una cuadrilla. Y quizá sea precisamente ahí, en ese lugar donde nadie necesita ser visto, donde todavía habite el auténtico costalero.