La proximidad del Traslado de la Virgen del Rocío a Almonte vuelve a situar sobre la mesa una cuestión que debería abordarse desde la serenidad, la responsabilidad y, sobre todo, desde el amor a la propia Señora. No se trata de alterar una tradición ni de cuestionar la esencia de una de las manifestaciones devocionales más singulares de Andalucía, sino de preguntarse si, dadas las circunstancias climatológicas propias del mes de agosto y la extraordinaria duración del recorrido, existe una hora más adecuada para que la Virgen emprenda el camino hacia su pueblo. En este contexto adquieren especial relevancia las palabras de Juan Ignacio Reales, uno de los presidentes más respetados y valorados de cuantos ha tenido la Hermandad Matriz de Almonte, cuya trayectoria le ha proporcionado un predicamento y una autoridad moral difícilmente discutibles. Su reflexión no nace de la ocurrencia ni de la voluntad de protagonismo, sino de la experiencia y de una preocupación perfectamente comprensible: que la Virgen pueda realizar su camino en las mejores condiciones posibles y que quienes tienen el privilegio de llevarla y acompañarla puedan hacerlo sin someterse innecesariamente a unas condiciones de calor y esfuerzo que pueden resultar especialmente exigentes.
El planteamiento formulado por Reales parte, además, de un dato concreto que merece ser tenido en consideración. En agosto de 2019, la salida se produjo a las 14:45 horas, una hora en la que el sol y las temperaturas propias de la canícula todavía pueden alcanzar una intensidad considerable y cuando quedan por delante muchas horas de recorrido hasta la llegada al templo parroquial de Almonte, prevista hacia media mañana del día siguiente, prácticamente veinticuatro horas después. El antiguo presidente de la Matriz ha planteado que, el próximo 19 de agosto, la Virgen pueda salir al atardecer, sumándose así a las voces de numerosos almonteños que reclaman una decisión más prudente. Y su argumento merece ser escuchado precisamente porque no se limita a contemplar a la imagen como objeto devocional, sino que incorpora a quienes hacen posible el Traslado: los hombres y mujeres que la llevan durante horas y quienes desean acompañarla durante todo el camino, entre ellos no pocas personas de edad avanzada. Reducir la exposición de la Virgen al sol y al calor durante las horas centrales del día y evitar un desgaste físico innecesario no parece una extravagancia, sino una consideración razonable ante una jornada que exige un esfuerzo extraordinario.
La cuestión adquiere así una dimensión que supera ampliamente el debate sobre una determinada hora. Mirar a la Virgen significa también procurar lo mejor para Ella, pero significa igualmente cuidar de quienes permanecen a su alrededor durante ese larguísimo itinerario. La devoción no debería estar reñida con la prudencia, del mismo modo que la tradición no tiene por qué confundirse con la inmovilidad. El Rocío ha demostrado históricamente una extraordinaria capacidad para conservar su esencia adaptándose a las circunstancias, y la propia naturaleza del Traslado permite recordar una realidad fundamental: la Virgen no tiene una hora concreta e inamovible para iniciar su camino. Como sucede cada año en la procesión de Pentecostés, son los almonteños quienes determinan cuándo llega el momento de que la Señora comience a caminar. Esa particularidad constituye una parte sustancial de la propia identidad del rito y permite que la decisión pueda adoptarse atendiendo a las circunstancias del momento, sin convertir el reloj en una autoridad superior al sentido común.
Me sumo absolutamente a la propuesta de Juan Ignacio Reales y deseo sinceramente que sus palabras sean escuchadas y no terminen cayendo en saco roto. No porque una voz deba imponerse sobre otra, sino porque cuando una reflexión procede de alguien con su trayectoria, su conocimiento de la Hermandad Matriz y su autoridad moral, merece al menos una consideración serena. Si existe la posibilidad de que la Virgen salga al atardecer y con ello se reduzcan las horas de exposición al sol, se alivie parcialmente el esfuerzo de quienes la portan y se facilite el acompañamiento de quienes desean permanecer junto a Ella hasta Almonte, parece razonable que esa posibilidad sea valorada. Al final, como ha expresado Reales, se trata de mirar a la Virgen, buscar lo mejor para Ella y ponerlo todo en sus manos. Y quizá no exista una manera más sencilla ni más profunda de afrontar esta decisión: que sean los almonteños quienes, mirando a su Patrona, determinen el momento más conveniente para que comience a caminar.





