Esta semana hemos tenido la suerte de vivir uno de esos momentos que, aunque forman parte de nuestro oficio, nunca deberían convertirse en rutina: la entrega de trabajos realizados para varias hermandades, una de Moguer, otra de Sanlúcar de Barrameda y Casariche.
Cuando una pieza sale del taller se marcha con muchas horas dentro.
Horas de trabajo, naturalmente, pero también de dudas, de decisiones, de volver a mirar lo que ya parecía terminado, de acercarse, alejarse y preguntarse una vez más si aquello está realmente como debe estar.
Porque trabajar para una hermandad tiene una particularidad que conocemos bien: lo que tenemos entre las manos no nos pertenece.
Pertenece a una corporación, a una historia y, sobre todo, a muchas personas que han depositado en nosotros su confianza para cuidar algo que para ellas tiene un valor que difícilmente puede medirse en euros.
Por eso hay un momento especialmente importante: la entrega.
Uno puede estar satisfecho con el trabajo realizado. Puede saber que técnicamente ha hecho cuanto estaba en su mano. Pero queda todavía una última mirada: la de quienes te confiaron la pieza.
Y cuando esa mirada se convierte en una sonrisa, en un apretón de manos, en unas palabras sinceras de agradecimiento o simplemente en esa expresión que dice que el resultado ha cumplido —o incluso superado— lo que esperaban, ocurre algo difícil de explicar.
El artesano también recibe.
Recibe la tranquilidad del deber cumplido y, especialmente, la certeza de que tantas horas han tenido sentido.
Vivimos en un tiempo en el que casi todo parece reducirse a presupuestos, plazos y facturas. Y naturalmente nuestro oficio es nuestro trabajo y de él vivimos. Pero quienes llevamos muchos años entre maderas, barnices, oros y herramientas sabemos que existe otra forma de pago que no figura en ningún presupuesto.
La gratitud.
Que una hermandad valore el trabajo, que comprenda el esfuerzo que ha requerido y que manifieste su satisfacción tiene para nosotros un enorme valor.
No porque necesitemos el halago.
Sino porque detrás de cada pieza existe una responsabilidad.
Hay patrimonio que ha sobrevivido a generaciones y que, durante unas semanas o unos meses, queda bajo nuestras manos. Nosotros somos sólo un pequeño eslabón de una cadena mucho más larga. Antes hubo otros artesanos y después vendrán otros. Nuestra obligación consiste en procurar que aquello que recibimos continúe su camino en las mejores condiciones posibles.
Por eso esta semana, con las entregas realizadas, volvemos al taller agradecidos nosotros también.
Agradecidos por la confianza.
Agradecidos por el trato recibido.
Y agradecidos porque todavía existen personas capaces de mirar una pieza terminada y comprender que detrás de ella no hay solamente materiales y horas de trabajo.
Hay oficio.
Hay responsabilidad.
Hay respeto.
Y hay una parte de quienes la trabajaron que, de alguna manera, se marcha también con ella.
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