El rincón de Costal Hero | Quien mucho abarca…

¡Tos por igual, valientes! ¡A esta es!

Algunos refranes llevan siglos esperando el momento exacto para bajar a la calle y ponerse un costal. “Quien mucho abarca, poco aprieta”. Y mira que el refranero español tiene respuestas para casi todo, pero pocas veces una frase ha descrito con tanta precisión esa extraña enfermedad que afecta a determinados capataces: coger, coger y volver a coger hasta que uno ya no sabe si está delante de un capataz o del dueño de una colección privada de llamadores. Paso que queda libre, martillo que aparece en el radar. Otro llamador disponible, allá que va. Y así, poquito a poquito, algunos parecen estar inmersos en una competición olímpica cuya única medalla consiste en poder decir “este también lo mando yo”.

Porque una cosa es tener capacidad para mandar pasos y otra muy diferente querer mandarlos todos. El talento también necesita saber decir que no, mi arma. Hay capataces que han alcanzado un nivel, un conocimiento y un bagaje que muchos ya querríamos para nosotros, y precisamente por eso resulta difícil entender qué fartita hase seguir acumulando trabajaderas como quien colecciona cromos. ¿Qué necesidad hay? Si ya tienen un nombre, una trayectoria y un currículum que habla por sí solo, ¿para qué embarcarse en otra aventura, y luego en otra, y después en otra? A veces parece que existe una clasificación secreta donde puntúa más la cantidad de pasos que el cuidado con el que se manda cada uno. Más llamadores, más muescas en la culata y a seguir sumando, aunque por el camino la atención tenga que repartirse en tantas direcciones que ya no sepa uno dónde está mirando el capataz y cuándo está mirando el calendario.

Y aquí viene lo que a Costal Hero le chirría. Mandar un paso debería ser mucho más que añadirlo al currículum. Debería ser conocerlo, estudiarlo, mimarlo, entender su idiosincrasia, a su gente, su forma de caminar y hasta ese pequeño detalle que hace que una cuadrilla sea diferente a cualquier otra. Sembrar una semilla y verla crecer. Construir un estilo propio. Dejar detrás un trabajo cuidado, único e irrepetible, de esos que permanecen cuando ya no queda ni el martillo ni el capataz delante. Porque el legado no se mide por el número de llamadores que uno ha tocado, sino por la huella que deja allí donde ha tenido la responsabilidad de ponerse al frente. Y si para conseguirlo hay que elegir menos, pues se elige menos. Que no pasa absolutamente nada por decir “esto no lo cojo”. Al contrario: a veces la verdadera grandeza está precisamente en saber cuál es el paso que merece tu tiempo.

Pero aquí seguimos, valientes, viendo cómo algunos de los grandes y de los que aspiran a acercarse parecen empeñados en jugar al “a ver cuántos me caben en la agenda”, como si el año tuviera diecisiete Cuaresmas y el cuerpo viniera con batería de repuesto. Y luego nos preguntamos los cofrades rasos qué necesidad hay de seguir acumulando cuando ya se ha demostrado todo lo que había que demostrar. Porque quizá ha llegado el momento de comprender que la excelencia también consiste en renunciar, en escoger aquello donde realmente puedas poner toda tu maestría y no repartirla como si fueran estampitas a la salida de misa. Que nadie va a quitarte mérito por llevar menos martillos si los que llevas están tratados como oro en paño. Así que Costal Hero seguirá con la faja puesta, el radar encendido y la Cruzcampo en mano, observando esta particular carrera de fondo. Porque al final, mi arma, quien mucho abarca, poco aprieta. Y hay llamadores que pesan bastante menos que el legado que uno deja cuando decide hacer las cosas bien.

¡Ahí quedó!