La revirá | Encuentra las tres o cuatro diferencias

Hay veces en las que la inteligencia artificial demuestra que de inteligencia tiene lo que yo de astronauta. Y no porque la herramienta sea mala, sino porque hay quien se empeña en utilizarla como si fuera una mezcla de diseñador gráfico, archivero, historiador, prioste y testigo presencial de los acontecimientos, todo metido en una batidora digital y servido sin comprobar el resultado. El último episodio nos lleva hasta el universo rociero, donde alguien ha tenido la ocurrencia de plantar en un cartel la carreta del Simpecado de la Hermandad del Rocío de Córdoba tirando de imaginación, algoritmos y quién sabe si también de algún espíritu maligno especializado en patrimonio. El resultado, contemplado junto a una fotografía de la carreta real, tiene algo de «encuentra las tres o cuatro diferencias», aunque con la pequeña dificultad añadida de que probablemente haya bastantes más de tres o cuatro y algunas sean de esas que hacen que cualquier rociero se lleve las manos a la cabeza antes de llegar al segundo detalle. Porque una cosa es hacer un cartel creativo y otra muy distinta es fabricar un pastiche que pretende representar algo perfectamente reconocible y confiar en que nadie se dé cuenta. La inteligencia artificial puede hacer auténticas virguerías, pero si le pedimos que reproduzca una carreta concreta sin proporcionarle referencias suficientes, lo mismo nos entrega una maravilla que una especie de carreta rociera tuneada por un primo lejano de Salvador Dalí. Y ahí aparece el problema: la carreta no es un elemento genérico intercambiable por cualquier otra que el algoritmo encuentre en su imaginario colectivo. Tiene unas características determinadas, unos elementos reconocibles, una configuración concreta y una identidad que forma parte del patrimonio visual de una hermandad.

Así que ahí tenemos la fotografía de la carreta verdadera y, al lado, la criatura digital. Una al lado de la otra, como esos concursos de los periódicos de toda la vida, pero con una diferencia fundamental: aquí no se trata de entretener al personal durante el desayuno, sino de utilizar una representación de una hermandad. Busque usted las diferencias: mire los elementos ornamentales, observe los detalles, examine aquello que debería estar ahí y aquello que aparece porque a la inteligencia artificial le ha parecido oportuno. Y si después de jugar un rato uno termina pensando que aquello parece una carreta que ha pasado por tres romerías, dos filtros de Instagram y una noche especialmente complicada, quizá convenga volver al principio y preguntarse si realmente era buena idea utilizarla. Porque aquí llegamos a una cuestión bastante más importante que la propia guasa: la inteligencia artificial no conoce la hermandad. No ha ido a sus cultos, no ha visto la carreta por las calles de Córdoba, no sabe qué elemento está colocado exactamente en cada lugar ni tiene por qué distinguir entre una pieza auténtica y una ocurrencia estadísticamente plausible. La herramienta hace lo que puede con las instrucciones y las referencias que recibe. El problema empieza cuando quienes sí deberían conocer aquello que están representando dan por bueno el resultado sin detenerse a comprobarlo.

Y es ahí donde aparece la responsabilidad. Porque si alguien, de manera anónima, se sienta delante de un ordenador, introduce cuatro instrucciones, pulsa un botón y aparece semejante artefacto, probablemente el responsable de la IA se vaya a dormir tan tranquilo. Pero si después ese diseño pasa los filtros correspondientes, llega a quien tiene capacidad para decidir, se incorpora a una comunicación oficial o se utiliza públicamente en nombre de una hermandad, la responsabilidad deja de estar en el algoritmo. La máquina podrá haber hecho una barbaridad, pero quien decide publicarla es una persona. Y esa persona, o las personas que supervisan el proceso, sí tienen la obligación de saber qué están enseñando. No se trata de demonizar la inteligencia artificial ni de hacer una cruzada contra las herramientas digitales. Sería tan absurdo como culpar al Photoshop de una fotografía mal editada. La tecnología puede ser extraordinariamente útil y ofrece posibilidades enormes para la comunicación, el diseño y la creación de contenidos. Pero precisamente por eso exige algo que últimamente parece estar en peligro de extinción: criterio. Un cartel puede ser imaginativo, moderno, rompedor o incluso disparatado. Lo que no debería ser es incorrecto cuando pretende representar un elemento concreto del patrimonio de una hermandad. Porque después viene la fotografía de la carreta verdadera, aparece al lado el engendro generado por la máquina y empieza la feria. Uno mira una, mira la otra, vuelve a mirar la primera, se frota los ojos y termina preguntándose si la carreta falsa habrá salido de una romería celebrada en Marte.

Y ahí está la gracia de todo esto: que lo que quizá pretendía ser una herramienta para facilitar un cartel termina convirtiéndose en el cartel de la propia polémica. La inteligencia artificial quería ayudar y acaba organizando ella sola el Cabildo de las tres o cuatro diferencias. Pero conviene que la broma termine donde empieza la responsabilidad. Quienes tienen que decidir si un diseño así se utiliza o no deberían disponer del conocimiento suficiente de la carreta, de la hermandad y de aquello que están representando para detectar los errores antes de que el cartel vea la luz. Y esto vale para una carreta del Rocío, para una imagen titular, para un paso, para un patrimonio concreto o para cualquier otro elemento que forme parte de la identidad de una corporación. Porque cuando el producto sale al público con el nombre de una hermandad detrás, ya no importa demasiado quién escribió el prompt, quién pulsó el botón o quién hizo el montaje. El que queda en ridículo no es el ejecutante anónimo que manejó la herramienta; el que queda en ridículo es la propia hermandad. Por eso, antes de entregar las llaves del patrimonio a una inteligencia artificial, quizá convendría asegurarse de que al otro lado de la pantalla queda todavía alguien con la suficiente inteligencia humana para decir: «Esto no se parece a nuestra carreta. Vamos a hacerlo de nuevo».

Respecto al juego de las diferencias, jueguen, jueguen… Lo mismo la semana que viene les traigo la solución con circulitos.