Hay noches que no pertenecen únicamente al calendario, porque su significado desborda la fecha que las encierra y se instala en ese territorio más profundo donde una ciudad guarda sus afectos, sus recuerdos y sus devociones más arraigadas. Esta víspera de la Natividad de María ha sido nuevamente una de esas noches para Córdoba, una jornada en la que la ciudad califal ha vuelto a encontrarse con su Copatrona, la Virgen de la Fuensanta, y en la que las calles han adquirido esa particular condición de templo abierto que solo alcanzan cuando una imagen venerada abandona su santuario para caminar entre quienes la esperan. La Reina del Santuario ha vuelto a salir al encuentro de sus hijos y, con Ella, han regresado también las miradas, las plegarias, la memoria y ese sentimiento difícil de explicar que hace que una ciudad entera reconozca en una imagen mariana una parte inseparable de su propia identidad.
La tarde se ha ido consumiendo lentamente bajo un calor intenso, de esos que parecen quedarse prendidos en las piedras cuando el sol comienza a declinar. Sin embargo, la temperatura no ha sido suficiente para disuadir a quienes habían decidido acompañar a la Virgen. Cofrades, cordobeses y devotos han acudido en número notable, demostrando que hay llamadas que se escuchan mucho más allá de cualquier circunstancia meteorológica. Mientras la luz comenzaba a perder su fuerza, la espera se hacía cada vez más solemne y Córdoba parecía contener el aliento ante la proximidad de ese instante tantas veces esperado. Entonces, cuando el día comenzaba a rendirse ante la noche, las campanas de la Santa Iglesia Catedral han repicado a gloria, llevando por encima de las piedras y de las calles el anuncio de una de las grandes jornadas de las Glorias de Córdoba: la salida de Nuestra Señora de la Fuensanta.
Y ha sido entonces cuando la Reina del Pocito —cuya presencia anunciaban los siempre espectaculares sones de la banda de cornetas y tambores Caído y Fuensanta—, ha comenzado a caminar de manera solemne. Sobre los hombros de la cuadrilla dirigida por Federico Jiménez Reloba, Nuestra Señora ha avanzado con una elegancia serena y un andar impecable, ofreciendo esa conjunción de majestad y dulzura que convierte cada uno de sus movimientos en una escena cargada de significado. La Virgen ha salido buscando las miradas de quienes se habían congregado para recibirla, con la alegría propia de una Madre que vuelve a encontrarse con sus hijos después de una espera que parece demasiado larga cuando la devoción se lleva dentro. En torno a Ella se ha formado, un año más, el cortejo integrado por las Hermandades de la ciudad, mientras el Patio de los Naranjos, abarrotado de cordobeses y turistas, se convertía en testigo privilegiado de ese instante en el que la Virgen abandona la quietud de su templo y comienza a convertirse, nuevamente, en presencia viva dentro de la ciudad.
Pero quizá la grandeza de una noche como esta no se encuentre únicamente en la solemnidad del cortejo, en la perfección del andar o en la belleza de una salida, sino en esas pequeñas historias que suceden entre la multitud y que explican mucho mejor que cualquier discurso por qué determinadas devociones consiguen atravesar el tiempo. Entre quienes acompañaban a la Copatrona podía contemplarse una escena de una extraordinaria hondura: una abuela, visiblemente emocionada, caminaba junto a su nieta mientras le explicaba de dónde emanaba su profunda devoción por la Reina del Santuario. Aquella mujer no estaba simplemente contando una historia; estaba entregando a la pequeña una parte de su propia memoria, hablándole de una fe que había crecido con ella y que ahora encontraba en aquella niña un nuevo lugar donde permanecer. Mientras la Virgen avanzaba, la abuela —una de las tantas vecinas del Santuario que cada noche se acuerdan de ella antes de entregarse en brazos de Morfeo— señalaba, explicaba y recordaba, y la nieta escuchaba con esa mezcla de atención y asombro que acompaña a quienes empiezan a descubrir que detrás de una imagen existe también una historia familiar, una tradición y un sentimiento que se transmite de generación en generación. En aquella escena, acaso inadvertida para muchos, estaba condensado uno de los misterios más hermosos de la devoción popular: la capacidad de una Madre para reunir a quienes fueron, a quienes son y a quienes todavía están aprendiendo a quererla.
La Fuensanta ha continuado entonces su caminar rumbo al corazón de su barrio, derramando su aroma por los rincones de San Francisco y Santiago, acompañada magistralmente por los sones de la Banda del Maestro Tejera, que ha vuelto a poner de manifiesto su indiscutible calidad musical. Las composiciones han ido envolviendo el paso de la Virgen mientras la noche terminaba de extenderse sobre Córdoba y, casi al mismo tiempo, el aire comenzaba a llenarse del inconfundible aroma de los nardos. Había algo profundamente evocador en aquella conjunción de elementos: la música que avanzaba con Ella, las flores que dejaban su perfume en las calles, el calor que todavía permanecía en el ambiente y una multitud que seguía caminando detrás de la Copatrona. Por unos instantes, todo parecía formar parte de una misma plegaria, como si Córdoba hubiese encontrado una manera de rezar sin necesidad de pronunciar una sola palabra, dejando que fueran los pasos, las miradas, la música y el perfume quienes hablaran por todos.
Y la Virgen no ha estado sola en ningún momento. Una multitud de cofrades, devotos y fieles ha permanecido junto a Ella durante todo el recorrido, acompañando a la Madre de Dios en su encuentro con la ciudad. Algunos caminaban en silencio; otros contemplaban su paso; otros buscaban conservar para siempre una imagen de aquella noche, pero todos parecían compartir el mismo deseo de permanecer cerca de la Copatrona. El calor, lejos de quebrar la presencia de los cordobeses, ha terminado convirtiéndose en una circunstancia menor frente a la fuerza de una devoción que vuelve cada año a las calles. Porque cuando la Fuensanta sale, no se trata únicamente de que una imagen mariana recorra un itinerario; se trata de que Córdoba entera vuelve a reconocerse detrás de Ella, de que las generaciones se encuentran y de que aquello que un día recibió una abuela puede comenzar a arraigar en el corazón de una nieta.
Mientras la noche avanzaba y la Reina del Pocito continuaba su camino, resultaba inevitable pensar que las ciudades también tienen memoria y que esa memoria no siempre se conserva en los monumentos, en los archivos o en las piedras, sino que permanece viva en las personas que transmiten aquello que aman. La abuela que aquella noche caminaba junto a su nieta era, de algún modo, depositaria de una historia que no quería dejar morir. Su emoción, su relato y su manera de mirar a la Virgen constituían una forma de pregón silencioso, mucho más poderosa que cualquier palabra escrita, porque hablaba de una devoción que no necesita justificarse para ser comprendida por quien la siente. Y mientras la niña escuchaba, la Fuensanta seguía caminando delante de ellas, como si aquella noche estuviera escribiendo una nueva página en una historia que todavía no ha terminado.
Así ha transcurrido esta víspera de la Natividad de María, con Córdoba rendida ante su Copatrona y con la Reina del Santuario avanzando entre sus hijos mientras la música, los nardos y las miradas componían el paisaje sentimental de una noche marcada por la devoción. El calor no pudo con quienes quisieron acompañarla; las campanas anunciaron su llegada; las Hermandades de la ciudad caminaron junto a Ella; los costaleros de Federico Jiménez Reloba imprimieron la debida elegancia y precisión a la puesta en escena; la banda del Maestro Tejera ofrendó una auténtica sinfonía a su caminar y los nardos dejaron en el aire ese perfume que parece inseparable de determinadas noches marianas. Pero por encima de todo ello quedó algo mucho más profundo: una ciudad que volvió a caminar detrás de su Madre y una abuela que, mientras la contemplaba, enseñó a su nieta por qué la Fuensanta forma parte de su vida.
Porque cuando llegue el momento en que las luces se apaguen, la música se transforme en silencio y el paso vuelva a descontar doce lunas de espera, después de haber recorrido las calles de la ciudad de la Fuensanta, cuando se convierta en memoria colectiva una nueva víspera de la Natividad de María, quizá aquella niña vuelva a recordar aquella noche en que caminó junto a su abuela bajo el calor de septiembre, escuchando cómo le hablaba de la Virgen que tanto amaba. Y entonces comprenderá que aquello que parecía una simple conversación entre una abuela y su nieta era, en realidad, la transmisión de una herencia espiritual, el hilo invisible que une a quienes ya no están con quienes permanecen y a quienes hoy aprenden con quienes mañana enseñarán. Porque la Fuensanta no solo sale a las calles: sale al encuentro de la memoria de Córdoba, y mientras haya alguien dispuesto a contarle a otra generación por qué la ama, la Reina del Santuario seguirá caminando eternamente en el corazón de sus hijos.














































