En un curso cofradiero tan frenético, donde vuelven las procesiones de gloria y tenemos por delante varios actos destacables, como la coronación de la Virgen del Amparo —ya era hora— o la salida extraordinaria del Señor de la Salud y Buen Viaje de San Esteban, es habitual que pronto nos olvidemos de polémicas pasadas. Aunque ya sabemos que, en Sevilla, el calendario, si fuera el habitual sin citas a reseñar, estaríamos igualmente con un ritmo imparable.
En agosto hemos tenido los actos y cultos en honor de la patrona de Sevilla y su archidiócesis, que tanto nos gusta repetir. Y llamó poderosamente la atención cómo se presentó la Virgen de los Reyes, a la que tante devoción tenía el rey santo. El calendario nos ha hecho creer que, una vez pasado agosto, es cuestión de meternos de lleno, antes, en las glorias, ahora en las penitenciales, que han acabado extendiéndose más allá de lo imaginable.
Sucede entonces que nos olvidamos ante la avalancha de actividades de un nuevo curso, pero lo acontecido este año no puede pasarse por alto. Una época en la que estamos de vacaciones no puede ser excusa para pasar página. Por eso, conviene repetirlo: “La presentación de la Virgen de los Reyes no ha sido muy afortunada”.
Primero, porque una imagen de la valía artística —la primera de la que se tiene constancia de que era vestida con telas— bien requiere elementos de primer nivel. Ahí están, por ejemplo, los pecherines, que son auténticas obras de arte por sí mismas, de una calidad que sorprende a quienes las han estudiado de cerca. Su patrimonio es tal que cuenta con piezas textiles de primer nivel, ¿por qué no se usan estas durante sus días grandes?
Y segundo, ¿cómo es posible que se presentara con las manos dispuestas de la forma en la que la pudimos observar? ¿Es el modo más idóneo de exponer así a la madre de todos los sevillanos? Muchas instantáneas para que veamos la afluencia de público que asistía, pero poca atención se prestaba a algunos de los asistentes, que no daban crédito a que la imagen apareciera de esta guisa.
Las voces más reconocidas apenas han levantado la voz. No se sabe si porque estaban retozando entre las cañas o por cobardía, pero no se puede callar ante la imagen a la que hemos asistido el mes pasado. Las Hermanas de la Cruz cuentan con el respeto de todos, del mismo modo que si las camareras fueran dominicas o franciscanas, pero no se puede obviar ciertos atavíos solo porque ellas sean quienes son. La cuestión no queda ahí, va más allá, encaminada a poner de manifiesto que la patrona debe presentarse del mejor modo posible. Y este año no ha sido así.






