Los artesanos | La medida del tiempo y el compás del taller

Hay una línea muy fina entre la ambición de sacar adelante el taller y la trampa de querer abarcar más de lo que las manos, el día y las fuerzas pueden dar. En estos oficios de tiempos largos, de secados que no entienden de prisas y de materias que exigen su respeto, la previsión es casi un arte mayor. Calcular el tajo, medir las semanas y acertar con el volumen de trabajo que uno puede aceptar sin perder la salud ni la decencia es un ejercicio de equilibrista constante.

​A veces, tentados por el gusanillo de no decir que no a nada o por la cabezonería de querer llegar a todo, uno se carga la mochila más de la cuenta. Y es ahí cuando empiezan los apuros, las horas robadas al descanso y la tensión de ver que el calendario aprieta. Porque el error en la previsión se paga caro: se resiente la obra, se acelera lo que pide pausa y el taller entero se encrespa. Acertar, en cambio, es saber decir que no a tiempo, aceptar solo lo que uno puede sacar con la máxima dignidad y dejar que las cosas respiren.

​Pero claro, para que esa maquinaria funcione hace falta también algo que hoy en día escasea tanto como una buena madera noble: flexibilidad.

​Parece que se nos olvida que un artesano no es una cadena de montaje de polígono industrial ni una máquina de freír churros. Trabajamos con materias vivas, con imprevistos que surgen bajo el barnizado, con preparaciones de dorado donde cada capa de bol y cada hoja de oro fino exigen su temple exacto, y con un cuerpo que tiene sus límites. Exigir fechas de entrega inflexibles, cronometrar el arte como si fuera un paquete de mensajería urgente y no entender que la creación noble necesita su tiempo es de una ignorancia tremenda.

​La flexibilidad con los plazos no es formalidad mal entendida ni informalidad de bufón; es la garantía misma de la calidad. Un encargo hecho a carrerillas, presionado por la espada y la pared de una fecha inamovible, pierde el alma y se convierte en un bodrio. El que de verdad sabe lo que se cuece entre estos muros entiende perfectamente que las cosas buenas no se pueden despachar con un bocinazo en la puerta.

​Menos latigazos con el calendario y más respeto por el compás del taller. Acertar con el trabajo que se acepta es cosa nuestra; saber esperarlo y entender que la obra bien hecha no entiende de prisas debería ser obligación de todos. Al final, las fechas pasan y se olvidan, pero lo que queda bajo la luz del taller es la verdad de un trabajo hecho sin atajos. Y eso, sencillamente, no tiene prisa.