Hay decisiones que, más allá de la decisión concreta, invitan a hacerse preguntas. Porque quizá lo verdaderamente preocupante no sea quién entra, quién sale o quién ocupa un determinado lugar. Lo preocupante es el criterio que estamos utilizando para decidirlo.
Y últimamente tengo la sensación de que la excelencia ya no siempre basta.
Vivimos en una época en la que todo parece medirse en interacciones, reproducciones, seguidores y capacidad para generar ruido. Hemos convertido las redes sociales en un escaparate permanente y, poco a poco, también en una especie de termómetro de aquello que consideramos importante. Si algo se comparte mucho, debe ser bueno. Si genera conversación, debe ser relevante. Si está de moda, parece que merece ocupar el primer plano.
Pero no funciona así.
La popularidad no es excelencia. La viralidad no es calidad. Y tener una enorme repercusión mediática no debería convertirse en sinónimo de ser mejor.
La música procesional, como cualquier manifestación artística, necesita algo mucho más difícil de conseguir que unos cuantos miles de interacciones: trabajo, constancia, trayectoria, personalidad, compromiso y un nivel que se sostenga cuando desaparecen las cámaras y se apagan las pantallas.
El problema aparece cuando empezamos a confundir lo que más se ve con lo que más vale.
Porque entonces corremos el riesgo de construir una Semana Santa en la que ya no se premia necesariamente la excelencia, sino la capacidad de generar conversación. En la que la trayectoria puede quedar relegada frente a la novedad. En la que el prestigio construido durante años pesa menos que la tendencia del momento.
Y eso debería hacernos reflexionar.
No estoy diciendo que lo nuevo sea peor. Ni que lo mediático carezca de valor. Ni que las redes sociales no sean una herramienta extraordinaria para difundir nuestra Semana Santa. Lo que cuestiono es que puedan convertirse en el criterio principal para determinar quién merece reconocimiento.
Porque si seguimos por ese camino, llegará un momento en el que no ganará quien mejor haga las cosas, sino quien mejor consiga que hablemos de él.
Y son dos cosas completamente diferentes.
Quizá por eso convenga recuperar algo tan sencillo como el criterio. Volver a valorar lo que permanece cuando pasa la moda, lo que ha demostrado su nivel cuando nadie estaba mirando y aquello que no necesita una campaña permanente para demostrar que merece estar donde está.
Porque las modas pasan. Las interacciones desaparecen. Los algoritmos cambian.
La excelencia, cuando es verdadera, permanece.
Y quizá deberíamos preocuparnos más por conservarla que por perseguir aquello que hoy está de moda.
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