La revirá | La Virgen molesta a quienes querrían una Córdoba sin incienso

Con los rescoldos todavía recientes de la salida procesional de la Virgen de la Fuensanta por las calles de Córdoba, después de recorrer la distancia que separa la Santa Iglesia Catedral de su santuario y del barrio que lleva su nombre, han vuelto a escucharse determinadas voces que parecen vivir instaladas en una suerte de prehistoria ideológica, incapaces de asumir que la religiosidad popular constituye una realidad profundamente arraigada en nuestra sociedad. Son los mismos de siempre, los profesionales del rechazo a cuanto huela a incienso, cera o devoción, esos que parecen experimentar una particular urticaria cada vez que una imagen sagrada abandona un templo para encontrarse con la ciudadanía. Sus ladridos, lejos de perjudicar a la Virgen o a quienes la acompañan, terminan produciendo un efecto casi pedagógico: demuestran que los cofrades cabalgamos, que la religiosidad popular continúa ocupando legítimamente el espacio público y que todavía existe un sector social, escorado ideológicamente hacia la izquierda, que parece no haber comprendido una cuestión elemental de cualquier sociedad democrática: la ciudadanía es heterogénea y nadie posee el monopolio moral sobre ella. Una convivencia saludable no consiste en conseguir que todos pensemos lo mismo, sino en aceptar que el vecino puede creer, sentir y vivir de una manera radicalmente diferente a la nuestra. Lo contrario no es progresismo, ni modernidad, ni avance social: es imposición, y cuando esa imposición pretende expulsar del espacio común aquello que incomoda a determinadas convicciones particulares, la contradicción con los principios elementales de una sociedad plural resulta sencillamente palmaria.

Entre los últimos ladridos se ha recuperado incluso una idea tan rancia, extemporánea y cateta como la de que alrededor de la Velá únicamente puede concebirse una celebración desprovista de cualquier presencia religiosa. Se ha llegado a reclamar, literalmente, una fiesta atea, como si la simple presencia de la Virgen constituyera una anomalía intolerable en un barrio que, por una de esas ironías que el sectarismo parece incapaz de percibir, lleva precisamente el nombre de la Fuensanta. Según esa particular concepción de la realidad, el barrio debería convertirse poco menos que en una gran comuna ideológica en la que no hubiera espacio para la religiosidad popular, para la tradición ni para una imagen mariana que forma parte de su propia identidad histórica. Y algunos llevan tanto tiempo empeñados en despojar a la Virgen incluso del lenguaje que han terminado llamando al barrio por el nombre del Santuario, como si la palabra que define el lugar pudiera contribuir a borrar aquello que alberga. Quizá habría que explicarles algo que cualquier persona mínimamente familiarizada con la terminología religiosa comprendería sin demasiadas dificultades: un santuario no es una alternativa a la Virgen, sino el hogar donde la Virgen recibe culto. Pero pedir rigor histórico, conocimiento de las tradiciones y una mínima comprensión de la realidad religiosa a quienes pretenden construir su discurso precisamente sobre la negación de todo ello parece, a estas alturas, una empresa excesivamente ambiciosa. Lo verdaderamente sorprendente no es que existan personas que no crean; lo verdaderamente preocupante es que algunas pretendan decidir qué puede creer y qué puede expresar públicamente el conjunto de la ciudadanía.

Y quizá la mejor manera de comprobar la deriva a la que ha llegado la propia Velá sea hacer algo tan prosaico como recorrerla. Tuve la mala fortuna de necesitar buscar aparcamiento para acudir a la procesión —en esta maldita ciudad en la que los aparcamientos son una especie en extinción—, circunstancia que me obligó a atravesar el recinto y que me permitió comprobar directamente una realidad bastante menos grandilocuente que la que algunos discursos pretenden presentar. En el supuesto día grande, apenas había nadie. La que antaño fue una gran feria de toda la ciudad —pregunten a sus madres y abuelas— ha terminado reducida, con el paso de las décadas, a una verbena de pueblo cada vez más menguada, desprovista de buena parte de aquella capacidad de convocatoria que en otro tiempo tuvo, pero muy de «kolectivo de barrio» . Y resulta particularmente paradójico que quienes tanto empeño ponen en presentar la presencia de la Virgen como un elemento extraño o perturbador de la celebración parezcan mostrar bastante menos preocupación ante la progresiva pérdida de atractivo de una fiesta que debería constituir uno de los grandes acontecimientos populares de Córdoba. Pocos vecinos —siquiera participantes, visitantes o asistentes— parecen acudir ya a una cita que ha ido perdiendo fuelle hasta convertirse en una celebración de escasa capacidad de convocatoria. Y quizá antes de culpar a la Virgen de aquello que algunos consideran un problema habría que preguntarse si el sectarismo de quienes han pretendido apropiarse ideológicamente del espacio festivo no ha contribuido precisamente a convertirlo en una celebración cada vez más pequeña, endogámica y alejada de buena parte de la sociedad.

Porque al final el problema nunca ha sido realmente la Virgen. El problema es que la Virgen está ahí, y su presencia recuerda que Córdoba tiene una historia, unas tradiciones y una identidad religiosa que determinados sectores preferirían mantener convenientemente ocultas. Pueden cambiar los nombres, disfrazar el discurso de modernidad, invocar una supuesta neutralidad o pretender convertir cualquier manifestación religiosa en una invasión del espacio público, pero la realidad permanece obstinadamente frente a ellos: la Virgen de la Fuensanta forma parte de Córdoba, de su memoria colectiva y de una religiosidad popular que nadie tiene derecho a borrar porque le resulte ideológicamente incómoda. Y si alguien considera que una procesión constituye una ofensa contra sus convicciones, dispone de una herramienta extraordinariamente sencilla y civilizada: respetarla del mismo modo que exige que sean respetadas las suyas. Lo que no resulta aceptable es pretender hablar en nombre de una ciudadanía que nadie les ha encomendado representar, atribuir a la sociedad una voluntad que nadie ha expresado y convertir la discrepancia ideológica en una cruzada contra quienes viven públicamente su fe. Los cofrades seguiremos cabalgando mientras algunos continúan ladrando. Y quizá lo verdaderamente lamentable sea que una ciudad como Córdoba, con semejante patrimonio histórico, religioso y cultural, tenga todavía que soportar que algunos pretendan explicar la convivencia mediante la exclusión. La Virgen seguirá en su santuario, continuará recibiendo culto y seguirá dando nombre a su barrio. Los ladridos, como casi siempre, acabarán perdiéndose en el ruido.